Texto: Horacio Verbitsky

Hace hoy 15 años, un pelotón emboscó a Rodolfo J. Walsh. El marino Alfredo Astiz debía entregarlo con vida para su interrogatorio en la sala de torturas. El autor de Operación Masacre le arruinó el plan al empuñar la diminuta pistola Walther PPK del calibre 22 que escondía en el sitio menos previsible, inútil para romper el cerco de quince bocas de fuego, pero elocuente sobre su voluntad de no dejarse tocar. Cinco prisioneros conocieron los preparativos de la operación, y uno vio luego en la Escuela de Mecánica de la Armada el cadáver segado por las balas y los objetos que le secuestraron.
En ese lapso se han difundido noticias inexactas: que cultivó una estética de la muerte, que su secuestro y asesinato ocurrieron en represalia por su Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar[i]. Walsh habría sido así o un fanático de la dialéctica falangista de los puños y las pistolas, o un ingenuo desesperado que desafió con su catilinaria a un gobierno sangriento y se sentó en su casa que todos conocían a esperar la consumación del suicidio por mano ajena, como en un cuento policial. Una y otra descalifican sus opciones vitales.


Desde la caída de su hija Vicki en una casa rodeada por el Ejército en 1976, Rodolfo supo que la Capital era territorio sitiado que debía abandonar. La organización Montoneros le ofrecía un pasaje hacia Roma, pero él buscaba en el mapa de la Provincia de Buenos Aires la ruta de las lagunas el sur para iniciar su parte en lo que describió como el repliegue de las masas ‘‘hacia su propia historia, su propia cultura y su propia psicología”. Con la falsa identidad de un profesor de inglés retirado compró una casita en San Vicente. Metódico, empezó por desmalezar el terreno cubierto de yuyos. En la tierra, que le daría los medios para subsistir, y en el simultáneo reencuentro con la escritura, buscaba otra forma de vida.
La casa, con piso de ladrillo y bomba de agua manual, no tenía gas, ni luz eléctrica, pero Rodolfo estaba entusiasmado. Perseguía hormigueros con una estaca, cortaba el pasto con una guadaña, ordenaba carpetas y escribía. Había trocado el fusil de la guerra, que antes que nadie reconoció perdida, por la máquina de escribir de la que brotaban sus cartas polémicas, inspiradas en las invectivas latinas. Su compañera Lilia lo recordó recitando, en un tono entre épico e irónico: “Quosque tandem, Videla, abutere patientia nostra!’’[ii]
La conducción de Montoneros aceptó que firmara la Carta pero objetó el párrafo según el cual no era la represión, sino la miseria del pueblo, planificada por la política económica, la peor violación a los derechos humanos. Rodolfo desacató esa censura, inspirada en una exaltación romántica de la sangre. Cuando discutía políticas, señalaba la diferencia entre una vanguardia y una patrulla perdida. En la intimidad, arrojó con furia contra la pared un ejemplar de la revista Evita Montonera, donde autodenominados comandantes predicaban las retóricas consignas bélicas del jet set revolucionario internacional. Le parecían una burla a la gente que a duras penas conseguía sobrevivir.


El 24 de marzo pasó en limpio y firmó la Carta, con su texto original, y el cuento Juan se iba por el río[iii]. Casi había concluido otro sobre su padre jugador. Haber alcanzado ese día era una apuesta ganada y se propuso festejarla conociendo a su primer nieto varón, hijo de Patricia. Urgió a Lilia a cubrir la cama con una colcha floreada y colgar las cortinas de algodón de las ventanas. Por la tarde removieron la tierra y sembraron un almácigo de lechugas, siguiendo las directivas desde el alambrado de un vecino amistoso, cuyos hijos correteaban alrededor. Por la noche, la luz de kerosén se reflejó en las cortinas, una amarilla, la otra roja. Lo conmovían la calidez y la hermosura de su nueva casa. Pensaba en su padre, en sus hijas y en sus nietos. Gozaba de la vida.
El viernes 25 por la mañana se colocó el sombrero de paja de su disfraz de jubilado, y, mientras Lilia encargaba dos kilos de asado para la fiesta, siguió hasta la estación. El dueño de la inmobiliaria le alcanzó en el camino los papeles de la casa, que guardó en su portafolios de plástico. La viuda de uno de los compañeros muertos junto a Vicki le había escrito una carta desgarradora sobre la falta de solidaridad de la organización, que no cuidaba de ella y de sus hijos. Decidió hacerse cargo, y esa tarde debía combinar el encuentro para llevarla a su casa, debilitando su propia seguridad, construida con tanto cuidado. Por no perder el tren, y la cita con quien le había transmitido aquel pedido de ayuda, cometió la imprudencia de llevar el título consigo.
En la mesa de tortura ese compañero había entregado la cita: caminando por San Juan, de Entre Ríos hacia el Oeste. Cuando el mayor del Ejército Juan Carlos Coronel abrió fuego, nadie sabía de la Carta, cuyas primeras copias fueron arrojadas al buzón minutos antes. La dirección que les permitió asaltar la casa clandestina la encontraron entre sus papeles.
Se habían separado en Constitución. El volvería a San Vicente esa misma tarde. Lilia el sábado, guiando a la hija y el nieto.
—No te olvides de regar las lechugas —lo despidió ella.
Rodolfo sonrió. Levantó la mano y se perdió entre la gente.

Referencias:
[i] Se puede acceder a su contenido y alguna información complementaria más en: http://www.nuevaliteratura.com.ar/carta%20abierta%20a%20la%20junta%20militar%20por%20Rodolfo%20Walsh.pdf  
[ii] “Hasta cuándo, Videla, abusarás de nuestra paciencia”, paráfrasis de una famosa frase de Cicerón interpelando a Catilina, su oponente político en la antigua Roma.
[iii] Para obtener mayor información sobre este cuento se puede consultar http://www.letraslibres.com/mexico-espana/el-ultimo-cuento-rodolfo-walsh

Contratapa de Página/12 del miércoles 25 de marzo de 1992.

Rescate de EDUARDO PAGANINI

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