Escribe Ayelén Reyes

La palabra incomoda, transgrede, replica. La palabra cuestiona y hasta puede ser hiriente. Las palabras son certezas, medios de lucha, son refugio en tiempos de prohibiciones. Las palabras nos nombran, nos conectan, proyectan nuestra visión de mundo en el mundo. Privilegiar unas sobre otras da cuenta de cómo elegimos habitar el entorno, la realidad percibida. Todas ellas pueden tornarse peligrosas, ser sustancia de deseos profundos, profetizar el cambio en su propia constante.

Las palabras comunican y en el intercambio circunscriben pensamientos y emociones. Convergen en cadenas discursivas, respuestas y silencios que en el devenir manifiestan cómo cada hablante ha de recorrer el territorio que es la lengua. Y es aquí entonces donde la potestad del decir se transforma en terreno de conquista. El cómo debe decirse y de qué manera constituye una tensión entre los hablantes, una suerte de disputa en relación a quién tiene más poder sobre el derecho a la expresión ajena. ¿Y esto por qué?

El cómo debe decirse y de qué manera constituye una tensión entre los hablantes

Diferentes son los ámbitos en donde las discusiones en torno al lenguaje se constituyen. Y más allá de las peculiaridades que conlleva cada uno, muchos se encuentran cimentados sobre relaciones de poder. Sin ir más lejos, las escuelas, por ejemplo, son un espacio que cristaliza esta realidad. Allí, el registro de la institución docente (el que debería manejarse en el aula) entra en paralelo con el que emplean niños y jóvenes. Se hace visible un continuo tire y afloje en relación al “cómo se debería hablar” y al “que está prohibido decir”. El problema aquí no es que seamos conscientes sobre los modos en los que necesitamos adecuar nuestro lenguaje, nuestra expresión a fin de acceder a las posibilidades que ofrece el futuro. El problema es que no haya lugar para la diversidad, para la identidad, para la voz heredada. La convivencia lingüística, en muchos casos, pareciera no existir.

Quien tiene “la voz autorizada” decide sobre los derechos lingüísticos de  los demás hablantes, quitando la autoridad del sujeto sobre su capacidad de expresión. Existe así una educación en la negatividad del lenguaje, no en su diversidad.

Pero, ¿qué nos sorprende? Nos posicionamos como hablantes del español ante el mundo. No siempre recordamos hacer referencia al idioma castellano y, al decir español, depositamos en el otro, España, la jurisprudencia de cómo hablar. Cedemos nuestros derechos como hablantes del castellano rioplatense. La mirada está puesta en el afuera, en Europa. La palabra es inmigrante, no es nuestra. Muchos hablantes se asen de un supuesto terruño lingüístico. Se olvidan de que estamos conjugando el presente, y de que hacerlo permite que el futuro sea expresado por todos.

El rey de España y su súbdito, en el Congreso de la Lengua Española.

En estos días, se estuvieron desarrollando en la ciudad de Córdoba dos eventos importantes: el VIII Congreso Internacional de la Lengua Española y, paralelamente, el I Encuentro Internacional: Derechos Lingüísticos como Derechos Humanos. El primero, en su mayoría, enmarcado por la Real Academia Española y el Instituto Cervantes y el segundo, de la mano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba. Otro ejemplo de tensión lingüística. Por un lado, el Congreso de La Lengua Española: la única; y por otro, como contrapartida, la lengua como derecho humano: diversa. Qué importante que se generen espacios de discusión, pero, tal vez, aún más importante, que estos espacios puedan ser diferentes.

Cabe destacar que dichos encuentros lingüísticos, entre muchos temas, abordaron el lenguaje inclusivo. Un asunto de malestar social en nuestro país. Molesta escucharlo y más en boca de los jóvenes. Que no sea que corrompan el futuro. Que no sea que la lengua, como diría la RAE, deje de ser limpia, pura y de esplendor.

Ya lo dijo Saussure (1) allá por el 1919: una cosa es la lengua, la que corresponde a una comunidad lingüística específica (y pensemos realmente lo que significa ser una comunidad) y otra cosa es el habla, la expresión individual del hablante.

Ya lo dijo Saussure, una de las características fundamentales del signo lingüístico es su mutabilidad. Y es que la lengua está viva y, si la vida existe, también el movimiento.

Somos sujetos activos frente al uso de la lengua. Nuestra interacción con ella da cuenta de las necesidades que tenemos como hablantes. Comunicarse es hacerse presente, es existir y no siempre la palabra preexistente nos permite hacer uso pleno de nuestra identidad. De hecho, la lengua es una suerte de molde performativo al que agiornarse. La lengua es una cárcel. Hoy, el lenguaje inclusivo se constituye como un nuevo modo de corporizar las problemáticas a la hora de expresarnos: las mujeres no somos tenidas en cuenta, no aparecemos, en líneas generales, en la pluralidad gramatical. Las mujeres somos, pero individualmente. Lo colectivo pertenece a lo masculino y el lenguaje inclusivo lo que reclama es que la pluralidad sea democrática, que dé cuenta de una verdadera comunidad lingüística.

Existe un miedo reaccionario al cambio. ¿Miedo a qué? ¿A la igualdad de oportunidades? ¿A la diversidad? Ojalá que no. Ojalá que el futuro sea de todxs y para todxs. Porque la palabra que incomoda, la que transgrede no es la que exhibe las diferencias, es la que las prohíbe. La palabra peligrosa es la que borra, la que limita. Y afortunadamente, existen muchxs hablantes del castellano rioplatense que luchan con la palabra y por ella, que desean que al hablar, todxs seamos sujetos plenos de derecho lingüístico.

 

(1) Ferdinand de Saussure: lingüista suizo, cuyas ideas sirvieron para el inicio y posterior desarrollo del estudio de la lingüística moderna en el siglo XX.