Escribe Gabriel Tchabrassian

Siempre que tengo que escribir sobre el genocidio armenio tengo un problema: no sé qué decir. ¿Tengo que contar qué pasó en el Genocidio Armenio? “El Genocidio Armenio fue …” y después de todas esas dudas me pregunto algo aún peor: ¿Para qué escribir una nota sobre el Genocidio Armenio?

La pregunta que surge es qué función debe cumplir una nota sobre este tema. Quizás algunos entiendan que hablar del Genocidio Armenio es decir que el 24 de abril de 1915 el ejército turco secuestró y asesinó a alrededor de 600 referentes de la comunidad armenia en Constantinopla dando inicio a ese proceso. También habrá que decir que las políticas genocidas que llevaron adelante las autoridades del decadente Imperio Otomano y la naciente república de Turquía no sólo tuvieron como víctimas a los armenios que habitaban la región, sino a todas aquellas identidades que no fuesen la identidad turca. Es así que asesinaron también a griegos, asirios y kurdos, entre otros.

Durante más de cinco siglos, diferentes identidades nacionales habían convivido al interior del Imperio Otomano, con todas sus virtudes y con todas sus complicaciones. Pero a fines del siglo XIX y principios del siglo XX algo cambió: la transformación de una estructura imperial feudal en otra de tipo capitalista, en su fase imperialista, que modificó las relaciones sociales en la región, dejando abierto el paso a la constitución de diferentes Estados Nacionales. Y allí, en la futura República de Turquía solo cabrían turcos. La convivencia que venía decayendo a raíz de la pérdida de gran parte del territorio del Imperio Otomano, se empezó a tornar un problema para las clases dominantes turcas.

Como era de esperar, las potencias europeas -occidente y la modernidad-, en alianza con las clases dominantes turcas, llevaron adelante sus intereses geopolíticos en la región.

la transformación de una estructura imperial feudal en otra de tipo capitalista, en su fase imperialista, que modificó las relaciones sociales en la región, dejando abierto el paso a la constitución de diferentes Estados Nacionales. Y allí, en la futura República de Turquía solo cabrían turcos.

Entonces, ¿qué función cumple una nota sobre el Genocidio Armenio en una revista que se edita en la Argentina en el año 2019? En principio alguien nos contestaría que sirve para hacer memoria. A lo que yo retrucaría (como para no perder la costumbre) “¿Y de qué sirve hacer memoria?” y algún desprevenido me contestaría: “para que no vuelva a ocurrir”. Sin embargo, sin necesidad de hacer un gran esfuerzo para recolectar pruebas, podríamos aseverar que los genocidios siguen ocurriendo aunque los recordemos, los estudiemos y los repudiemos.

Pensar a la memoria como algo que está bien hacer cada tanto, cuando se cumple alguna fecha en particular, o porque hay algo en eso que nos relaciona con nuestra propia existencia no es suficiente. No nos termina de aclarar qué tiene que ver lo que pasó hace más de 100 años en el Imperio Otomano con nuestro presente como tercera generación en la Argentina del 2019. Hacer memoria es reflexionar sobre nuestro pasado, en función de comprender nuestro presente, para entendernos a nosotros mismos y poder transformar nuestro futuro. Un futuro donde los genocidios no quepan. Este ejercicio de memoria nos sirve para estar alertas ante elementos del pasado que vuelven a aparecer. Articular diferentes acontecimientos históricos nos ayuda a atar cabos y a comprender cómo funcionan algunas cosas. Y si se sabe cómo funcionan, es más fácil saber cómo se las combate.

¿Cómo hubiera podido comprender la madrugada del 24 de marzo de 1976 cuando las Fuerzas Armadas Argentinas secuestraron y desaparecieron a los principales activistas, referentes obreros y funcionarios del gobierno depuesto, sin saber que la madrugada del 24 de abril de 1915 el ejército turco secuestró y asesinó a alrededor de 600 dirigentes, intelectuales, políticos y escritores armenios? ¿Cómo hubiera podido comprender lo que significa la apropiación de la identidad de hijos de los desaparecidos sin conocer la historia de mi bisabuelo que, antes de escapar, dejó a mi abuelo al cuidado de una familia turca vecina diciéndole que nunca se olvidara de que él era armenio antes de que se lo “turquificara” e “islamizara”? ¿Cómo hubiera podido escuchar con tanta atención los testimonios de sobrevivientes de los centros clandestinos de detención sin haber pasado tardes enteras escuchando a mi abuela contar cómo escaparon y sobrevivieron refugiándose en otras tierras? ¿Cómo logré comprender el ajusticiamiento al fusilador Aramburu por parte de Montoneros sin haber sabido que en 1921, en la ciudad de Berlín, un tal Soghomon Tehlirian ultimó de un disparo a Talaat Pasha, uno de los integrantes del Triunvirato del Partido Comité Unión y Progreso que aplicó las políticas genocidas al interior del Imperio Otomano? ¿Cómo hubiera entendido que los fusilamientos de 16 revolucionarios en Trelew el 22 de agosto de 1972 fue un antecedente al genocidio que vendría cuatro años después sin saber sobre los 20 militantes del partido Social Demócrata Armenio ahorcados en la plaza Sultán Bayazid de Estambul el 15 de junio de 1915? ¿Cómo comprender la valentía de los líderes de las organizaciones revolucionarias que lograron fugarse del Penal de Rawson en 1972 sin haber escuchado una y mil veces la historia sobre los 40 días de Musa Dagh, donde los armenios resistieron heroicamente al ejército turco? ¿Cómo hubiera podido comprender a Las Madres de los Sábados que día a día reclaman en Turquía por la aparición con vida de sus hijos, si no hubiera sabido sobre nuestras Madres de Plaza de Mayo que hace más de 40 años siguen luchando por memoria, verdad y justicia? ¿Cómo podría alegrarme ante cada nuevo nietx recuperadx por nuestras Abuelas si no supiera que aún hoy en Turquía siguen apareciendo cientos de miles de “armenios ocultos” que no son más que los descendientes de niños y niñas huérfanos que hoy descubren que sus antepasados eran armenios? ¿Cómo podría haber comprendido la matriz negacionista del gobierno macrista si no hubiera escuchado el discurso del Estado Turco que hace 100 años sigue diciendo que “fue una guerra”, que “murió gente de los dos lados” y que “no fueron un millón y medio”? ¿Cómo hubiese hecho para identificar como peligroso el discurso oficial de nuestro Estado Nacional diciendo que el pueblo Mapuche quiere separarse de la Argentina si no hubiese sabido que se acusaba de lo mismo a los armenios? ¿Cómo hubiera hecho para comprender la teoría del enemigo interno al servicio de intereses extranjeros si los armenios no hubieran sido acusados de colaborar con los rusos y ser una amenaza para la integridad del Imperio Otomano?

Entonces, ¿para qué sirve hablar de Genocidio Armenio? Ayuda a comprender nuestra propia historia y la de quienes en distintos lugares del mundo sufren las mismas políticas genocidas, donde las causas estructurales de dichos procesos se repiten aquí y allá, y las resistencias de los pueblos se repiten aquí y allá.

Hablar de genocidio armenio ayuda a comprender nuestra propia historia y la de quienes en distintos lugares del mundo sufren las mismas políticas genocidas.

Saber sobre el Genocidio Armenio, o cualquier otro genocidio, nos ayuda a pensar qué de todo ese pasado aparece en nuestro presente. Pero como dijo un viejo conocido, no se trata sólo de pensar el mundo, sino de transformarlo.