Escribe: Martín Burgos*
Ilustra: Matías Chenzo

Publicada originalmente en edición papel #32 de Revista Hamartia

Un fantasma pareciera recorrer el mundo, el de una derecha violenta hacia la izquierda y el progresismo y que, a la vez, vocifera contra los partidos de gobiernos neoliberales. En muchos casos parecidos a los gobiernos fascistas de los años treinta, Marine Le Pen, Matteo Salvini, Jair Bolsonaro, Iván Duque, o hasta Donald Trump son quienes, desde una diversidad de trayectorias políticas, están surfeando sobre esa ola derechista.

Tanto en sus formas como en el contenido de sus discursos y la práctica de su política, estos personajes son totalmente distintos de los típicos neoliberales de traje y corbata que conocimos durante el auge del capitalismo sin oponente de los años noventa. Hoy, en una fuerte crisis de legitimidad, ese neoliberalismo “tardío” es representado típicamente por Mauricio Macri en Argentina y Emmanuel Macron en Francia.

Macron y Macri

Para poner en perspectiva esa ola electoral, podemos poner como punto de partida la elección de Donald Trump en 2016, que surgió de las internas de un partido tradicional de Estados Unidos, a partir de un discurso de ruptura respecto de la globalización neoliberal. Su electorado fue el de los desplazados de los cinturones industriales, el llamado “Rust Belt” (cordón oxidado), y los agricultores conservadores del Middle East, atraídos por su programa de proteccionismo y de freno a la inmigración. Al año siguiente, Marine Le Pen consiguió el 33% de los votos en la segunda vuelta de las elecciones de 2017 en Francia, con un discurso similar al de Trump. Ya en 2018, Matteo Salvini consiguió formar gobierno en alianza con el partido “antisistema” M5S (Movimiento de las 5 estrellas) en Italia. Por último, las elecciones brasileñas del año pasado llevaron sorpresivamente a la presidencia a Jair Bolsonaro, mientras que en Colombia se imponía Iván Duque, delfín de Álvaro Uribe.

Aunque el efecto sincrónico nos permite hablar de un ciclo potente, es necesario diferenciar el fenómeno europeo, el estadounidense y el sudamericano. En Estados Unidos y en Europa, parece clave entender que la extrema derecha supo captar el descontento del electorado antiglobalización, harto de la alternancia entre derecha clásica y progresismo neoliberal (partidos demócratas y socialistas). En todos los casos, una de las claves del éxito de esa derecha atípica fue el discurso nacionalista, tanto en términos económicos como sociopolíticos. Si bien la izquierda “no socialdemócrata” también fue creciendo en estos años (Mélenchon, Sanders, Podemos, Corbyn, o el caso portugués), no logra tantos votos como la extrema derecha. Una explicación lógica es que todo proyecto de izquierda es combatido por los grandes poderes económicos y sus medios de comunicación, lo que hace muy dificultosa la instalación de un discurso distinto. Pero además, el discurso nacionalista parece más eficaz como crítica antiglobalización, y este “nacionalismo popular” del cual estamos más acostumbrados en América Latina, no logra articularse con la tradición internacionalista de la izquierda europea.

Ilustración de Matías Chenzo.

Esta derecha autoritaria articula un discurso violento contra la izquierda, el feminismo y el progresismo en general, pero también es muy crítico de los medios de comunicación y las políticas neoliberales. Si tomamos el ejemplo de Trump, su instalación en esos medios de comunicación se hace a través de un perfil de “curiosidad” política, logrando conocimiento y luego pudiendo penetrar con su discurso. Esa política “freak” pareciera inscribirse en la noción según la cual “no hay publicidad mala”. Pero al lado de Trump los medios de comunicación tienen políticos que rotulan abiertamente como “peligrosos” y los tratan como tales, siendo el caso de Marine Le Pen el más conocido. Si les sumamos que su agenda de política no es la del establishment financiero sino que responde a un nacionalismo económico, esto nos lleva a pensar que estos candidatos no son los elegidos del poder económico, sino que este se termina acomodando y negociando con esos personajes.

Muchos de ellos son “outsiders” que hacen política por fuera de las estructuras partidarias históricas, respondiendo a un voto anti-partido y anti-político a veces, sin poner en duda el sistema para intentar cambiarlo. En un punto, aparecen  como una necesidad para encauzar institucionalmente la reacción al impacto negativo de la globalización en los ingresos populares.

Estos candidatos no son los elegidos del poder económico, sino que este se termina acomodando y negociando con esos personajes

Lo más sintomático de este fenómeno es que en los países donde la derecha antiglobalización no llega al poder -como en Francia, por ejemplo- emergen fuertes procesos de rechazo que toman ribetes de rupturas institucionales como lo vemos con los “Chalecos amarillos”.

Si bien en el caso de Bolsonaro encontramos los mismos rasgos, la gran diferencia es que Brasil vivió un período de gran redistribución del ingreso desde el principio del gobierno de Lula, y por lo tanto la llegada de esa derecha se debe más a un movimiento de reacción a los gobiernos de izquierda, que a una reacción a la globalización. De hecho, si bien el discurso nacionalista está presente en Bolsonaro, este es más cultural que económico: nada de proteccionismo y nada de nacionalización de empresas. Por eso su política económica ya se vislumbra más pro-mercado. En eso, habrá continuidad y profundización respecto de lo llevado adelante por el gobierno de Temer, cuyos resultados fueron calamitosos. Lo que sí está muy presente en el discurso de Bolsonaro es una proclama abiertamente anti-izquierda, mucho más que en Europa donde el propio concepto de izquierda se encuentra en crisis. Por lo tanto la gran diferencia entre la extrema derecha del norte y del sur es que en el sur sólo se trata de un cambio de envase respecto de la política económica llevada adelante por los gobiernos neoliberales.  

Ahora, ¿Es posible un Bolsonaro en Argentina? No sólo es posible, es probable. El proyecto de Cambiemos de alianza entre oligarquía y clase media no pudo aguantar las demandas económicas de ambos sectores: la fuga de capitales de la oligarquía no deja lugar para que la clase media pueda ahorrar en dólares, y en 2018 se vio cómo se esfumaron los ingresos de los trabajadores y las Pymes. Ese sacrificio de la clase media genera muchos arrepentidos que, lejos de volver a votar al peronismo, van a buscar candidatos que les ofrezcan “orden”. Ahí aparecen, por lo tanto, las opciones libertarias/autoritarias, los Milei, Giacomini y los Espert, que tienen mucho espacio en los medios de comunicación y mucho eco en la clase media. Su discurso es el libre mercado llevado a todos lados: solucionar la seguridad dando la libertad de portar armas a la población, destruir el sector público y con él todo rastro de sindicatos y justicia social. Queda claro que el plan económico de libertarismo económico sólo se puede llevar adelante con violencia política, algo que ya vivimos durante la última dictadura militar. Es necesario advertir esa situación y no pensar que la política “freaky” es un entretenimiento sin sustancia ni consecuencias. Es tiempo de tomar en serio a esos personajes, antes de que se suban a la ola electoral existente a nivel mundial.

*Coordinador del Departamento de Economía Política del Centro Cultural de la Cooperación.