Escribe: Natalia Morandeira

El punto de partida de Laika Zaruk, personaje principal y narradora de Formosa es su padre, el Mataco. A lo largo de la novela, Laika revisa la historia de su familia y separa la paja del trigo: ¿de cuáles de los mandatos de su padre –que enseguida sabemos abusador– podrá apropiarse?, ¿hay algo de su infancia que permanezca impoluto?, ¿es que todos los valores e ideologías quedaron asqueados, arrasados, por la perversión del Mataco? Formosa (Ed. Municipal de Córdoba, 2019) es la primera novela de Anahí Pérez Pávez y obtuvo el primer premio de literatura “Luis José de Tejeda” 2018 de la Municipalidad de Córdoba.

Anahí encontró en la primera persona la forma de contar lo que tenía para decir: se armó de un personaje, Laika Zaruk, que pudiera recoger elementos autobiográficos y transitarlos con su propia dinámica, entre paisajes y sucesos que son propios y auténticos en el universo literario que plantea. Laika entregó su cuerpo ficcional para sacar del silencio el abuso en la infancia, para transformarse y desarticular –en la autora primero y en quienes leemos después– algunas violencias de las que nos hacemos conscientes al calor del feminismo.

Anahí Pérez Pávez.
FOTO: Carmen Herrera.

Conozco a Anahí hace unos 14 años. Una de las primeras veces que la vi llevaba una revista, hoy le diríamos fanzine, con poesías que eran fruto del taller literario colectivo de un mercado recuperado. Que Formosa haya sido premiada recreó una experiencia: como aquellas veces en el mercado pudimos primero escuchar leer a Anahí, luego llevarnos su texto escrito. Antes de tener el libro en mis manos, me conmoví las varias veces que escuché a Anahí anticipar fragmentos de la novela. Cuando las lecturas terminaban se hacía un silencio: ¿qué podíamos decir, ahora que la palabra de Anahí ya había develado tanto? ¿Alguien podía sumar alguna verdad más profunda? Luego, al leer Formosa en mi propio tiempo y silencio, escucho una voz dulce y firme, que no trastabilla, que puede llevar a Laika a abrirse paso entre la violencia. Quiero traer algo de esa voz, porque estoy convencida de que la narrativa de Anahí es más fuerte de lo que pueda escribir acá a modo de reseña.

Revuelta y revolución eran algunos de los temas preferidos de papá. Quejarse de un superior y renegar la autoridad, otra predilección. Para el Mataco la responsabilidad siempre estaba afuera. Todo era culpa del capitalismo y de las distintas formas de propiedad. Cuando las conversaciones tendían a profundizarse él empezaba: –Usted no entiende. ¡El problema es el sistema capitalista!”. Formosa es el génesis. Es el lugar en el que nace el Mataco, donde arranca la historia de Laika Zaruk, donde incluso cobra vida la leyenda de uno de sus nombres, y donde deberá ir a buscar otro comienzo.

Para cuando Lucila nos contó de nuevo sobre el juego que le proponía papá, ya estábamos en el instituto de menores, en el horario de visitas, donde la resguardaron luego de que lo denunciara. Resguardo es una manera de decir porque en los noventa por alguna razón que mis diez años no lograban descifrar –y que mis veintiséis aún no entienden– cuidar a una menor de un abusador era encerrarla”. La contradicción es una de las tensiones que sostiene el relato y este primer encierro, el de la hermana, es premonitorio de las siguientes clausuras, de las emboscadas en las que entra Laika Zaruk. “En aquel momento mis ojos vieron en el instituto donde estuvo mi media hermana un lugar precioso”, escribe Anahí.

En la presentación de Formosa junto a Alejandra Laurencich y Mariana Docampo.
FOTO: Carmen Herrera.

La mayor parte de la historia de Laika está narrada en pasado, con una distancia que le permite analizar qué le está pasando y hasta qué punto es consciente de las violencias y machismos a los que es sometida, o a los que se entrega como si buscara repetir la dominación y el abuso. Hay un juego de relaciones superficiales, con hombres de un poder construido en el lobby de la obsecuencia, como uno que “llenaba su Facebook de flyers fanáticos porque ‘hay que cuidarse de no quedar mal parados con los dirigentes para construir una referencia política’”, con hombres cuya mayor ansia es una candidatura o sentarse en la mesa chica. Laika se vincula con quienes practican una militancia contrapuesta a la que el padre Mataco llevaba en el barrio, ante vecinos que ignoraban el poder que ejercía dentro de su hogar. “La política y el sexo van de la mano”, le dice a Laika un hombre de la política, y ella se amolda a esa forma: “Se fueron un par de bailarines aficionados que nos rondaban, dejando una estela de marihuana y tabaco sahumando la madrugada, y le dije que mi fantasía era cobrar”.

Vuelvo al principio de la novela: “Mi padre fue la primera persona a quien escuché hablar sobre el derecho de pernada. Mi padre, el Mataco, decía repudiar a los señores feudales que en la Edad Media cogían vasallas durante la noche de bodas. Hay rastros de esa costumbre del medioevo en fuentes orales de tipo judicial que documentan cómo la cultura popular enfrentó ese abuso con su derecho de revuelta”. A lo largo de la novela hay una búsqueda por ejercer el derecho de revuelta, tanto de Anahí como escritora como de Laika como personaje, por resignificar los temas preferidos del Mataco “revuelta y revolución”. La búsqueda empieza en la intimidad de Laika Zaruk, palabra a palabra; en el despojo Laika se va quedando sola para encontrarse a ella misma y volver al colectivo. La búsqueda empieza en la voz que nos deja oír Anahí, profunda, llena de matices entre lo personal y lo político, como reivindica el feminismo. Hay una frase del Che, que me traigo de esos días en el mercado recuperado: “Hay que endurecerse sin perder la ternura jamás”. Anahí encontró en la literatura una forma de hacerse de esa enseñanza, de no perder su ternura pero a pluma firme lograr ejercer su derecho de revuelta.

Sin anticipar finales, la narración del último capítulo es de un presente: un lugar y una identidad a la que Laika llega atravesando la década kirchnerista, donde empieza a vislumbrarse como feminista y deja entrever que los espacios que a partir de entonces comenzará a ocupar deberán ser subvertidos: la política, el placer, el tango, la familia. “En algún momento te encontrás ranchando sola en la oscuridad del monte formoseño”, escribe Anahí. En Formosa se construye una mujer.