Escribe: Mireya Dávila Brito

Ana y Manuel se levantan todos los días a las 6:00 AM. Ella despierta a los nenes, se encarga de ayudarles a cepillar sus dientes, bañarlos y vestirlos para ir a la escuela, mientras prepara el café. Manuel se alista para llegar a tiempo a la venta de autos donde trabaja. Ana, preocupada por cumplir con el horario escolar, rápidamente sirve el desayuno para toda la familia. Manuel toma el café y le comenta a Juan Manuel, su hijo mayor, que en la tarde lo recogerá en el club deportivo para traerlo de vuelta a casa. Antes de marcharse besa a sus hijos y a su esposa, y a ella le recuerda que en la noche irá con amigos a ver el partido y no cenará en casa. Ana deja a lxs pibes en la escuela, se maquilla y entra a la oficina. En el ascensor, se encuentra con el jefe que le pide imprima urgente un informe y prepare la sala de reunión para toda la directiva. Ella asiste a todo el personal de la oficina, se encarga de llevar la agenda y de organizar la correspondencia. Al regresar a casa, Manuel la espera con sus hijxs. Él sale a compartir con sus amigos, pero para ella no ha terminado aún la jornada: les ayuda con las tareas escolares, prepara la cena, limpia la cocina, pone la ropa a lavar, les lee un cuento para dormir y, finalmente, cuando llega Manuel, Ana toma un baño y aparta un momento para revisar su correo. Al finalizar el día, Ana tuvo muy poco tiempo para el cuidado propio y mucho menos para su entretenimiento.

¿Acaso somos nosotras las únicas habilitadas para cuidar y proteger a personas vulnerables -como niñxs, ancianxs o personas enfermas? ¿Por qué esto implicaría renunciar a nuestro propio cuidado?

El trabajo doméstico y la acumulación capitalista

 

El género como categoría analítica permite pensar en el modo que se producen las relaciones entre los sexos ¿Cómo se producen estas relaciones de género al momento de la repartición de las tareas de cuidado?

Las mujeres se enfrentan a empleos precarizados, a oficios feminizados, a la expropiación de su fuerza de trabajo y al control patriarcal sobre sus cuerpos. Esta opresión, se produce, en primer lugar, en la doble jornada laboral. La economía feminista pone en el centro de su análisis la sostenibilidad de la vida y la reproducción social -entendida como todas aquellas actividades de cuidado que garantizan la existencia humana- para explicar que las tareas de cuidado genera fuerza de trabajo, en consecuencia, es trabajo no pago. Las mujeres somos las encargadas de estas tareas de reproducción biológica y social. Mujeres rurales y urbanas están sujetas al orden patriarcal en la medida en que su trabajo doméstico, puertas adentro, está al servicio de los hombres, a su desarrollo y capacitación, y además esta labor es vista como algo menor en comparación con la idea de trabajo productivo, fuera del hogar. Las tareas de cuidado son invisibles a la sociedad y excluidas del sistema productivo.

En este sentido, si el capitalismo expropia a las mujeres de su tiempo y genera plusvalía en el trabajo doméstico, tanto como en el trabajo remunerado; el patriarcado -entendido como el orden político y jerárquico en que los hombres se sitúan con respecto a las mujeres- se aprovecha del trabajo de ellas en el hogar. Al servirse de estas tareas domésticas y del cuidado de personas vulnerables, los hombres no cargan con más de una jornada, dedican su tiempo libre a actividades recreativas o de descanso y se liberan de las responsabilidades. Este mandato social de mujeres cuidadoras y hombres dedicados a las cuestiones públicas son históricas y no corresponden a una esencia femenina. En otras palabras, no somos cuidadoras y protectoras “por naturaleza”. Al decir que somos más proclives al cuidado porque nuestra entrega y sacrificio es la expresión del amor maternal, estaría afirmándose el mandato heterosexual, impregnado por el amor romántico, que nos sitúa estrictamente en las tareas de cuidado, mientras que a los varones como proveedores del hogar.

El patriarcado y el cuidado de lxs otrxs

Dijimos que el orden patriarcal de la sociedad se apropia del trabajo de las mujeres, extrae sus saberes y producciones dentro del hogar y las obtiene para su propio bienestar. De tal manera que los hombres usufructúan la labor de las mujeres en una relación amo-sirvienta. Esta relación también califica las tareas de cuidado como labores menores o inferiores, respecto a los trabajos masculinos, mientras tanto los varones defienden su posición jerárquica dentro de la sociedad y viven ajenos al trabajo doméstico. Más aún, su masculinidad puede considerarse afectada o disminuida si realiza determinadas tareas: limpiar, planchar, cuidar de lxs nenes, cocinar. Y, cuando las realiza, siente que está colaborando con los quehaceres pero nunca haciéndolos propios o que forme parte de sus actividades diarias, tanto como ir a trabajar en el espacio público.

Artista: Yasser Abu Hamed

Rita Segato advierte que es la experiencia de dominación del hombre indígena-campesino y urbano la que provoca que estos mismos hombres reproduzcan la cadena de mando y ejerzan control y sujeción sobre las mujeres en el ámbito privado y público.

Por su parte, Heidi Hartmann en su conocido trabajo sobre marxismo y feminismo, señala que las estructuras como la escuela y la familia capacitan al hombre para controlar la fuerza de trabajo de las mujeres. Los varones dejan a las mujeres al margen de los recursos productivos -en el capitalismo, las insertan pero con trabajos mal pagos y precarizados- y restringiendo la sexualidad femenina. Al provocar que las mujeres no tengan acceso a los recursos y a la sexualidad, por medio de la monogamia, controlan su trabajo que consiste en servir a ellos y criar a sus hijos.

Desafíos y posibilidades

La experiencia de Ana también pone de manifiesto el tiempo que emplean ciertas mujeres en el trabajo dentro del hogar y fuera de éste, ¿cuánto tiempo les queda para sí mismas al finalizar ambas jornadas?, ¿de cuánto tiempo dispone una mujer para su formación, preparación, ocio, auto-conocimiento y auto-cuidado? Muy poco.

¿Qué posibilidades tienen las mujeres de no ser las únicas responsables de las tareas de cuidado? ¿Cuáles son los desafíos que enfrenta el feminismo para recuperar el carácter político del trabajo doméstico y, desde ahí, generar responsabilidades compartidas?

La perspectiva decolonial ha planteado la recuperación del tejido comunitario de los pueblos como salida al conflicto capital-vida. Las experiencias históricas de las mujeres han demostrado que tienen la capacidad de resolver problemas cotidianos y gestionar la preservación de la vida, al margen de la burocracia del Estado patriarcal. Sería crucial recuperar la politicidad femenina como proyecto político e ir hacia la comunialidad. En suma, compartir la crianza y las tareas de cuidado entre todxs, y no restringirlo a la esfera matrimonial.