Escribe: Mireya Dávila Brito

Uno de los oficios más precarizado y feminizado en el mercado laboral es el empleo doméstico. En Argentina es realizado, en su mayoría, por mujeres migrantes de países limítrofes como Paraguay, Bolivia y Perú. La oleada migratoria de los años 90 y 2000, fue el período con mayor presencia de mujeres que cruzaron la frontera en búsqueda de empleo y recursos para sostener a sus familias en los países de origen. La transferencia de cuidados a mujeres migrantes solamente es posible entenderlo si miramos el fenómeno a través del género, la clase y la racialización que se entrecruzan e intervienen en la manera en que se organiza el empleo doméstico en los centros urbanos.

FOTO: Igual Valor, Iguales Derechos (Facebook)

Cuando Marta se encontraba en el colectivo yendo desde La Matanza a su trabajo en Barrio Norte, recordó que era el tercer aniversario de su llegada a Buenos Aires. Tenía 21 años y dos hijos que dejó con su madre en Paraguay. Al ser abandonada por su marido, Marta tuvo que migrar a Argentina para garantizar la subsistencia de la familia. Su único objetivo era reunir suficiente dinero para pagar la educación de los hijos y terminar de construir su casa. Antes de trabajar con la familia Visconti, Marta había prestado servicios de cuidado a una anciana. En ese primer empleo no duró más de dos meses, porque fue acosada por el sobrino de su empleadora. A partir de ese momento, estuvo limpiando casas de manera intermitente, hasta que Olivia la contrató para que se encargara de las tareas domésticas: limpiar habitaciones, living, cocina y terraza, lavar los pisos y ventanas, preparar el almuerzo y la merienda, lavar y planchar la ropa, en suma, mantener impecable la casa y cuidar de la higiene y la alimentación de los nenes, mientras ella y su esposo, trabajaban. A Olivia le encanta llamarla “asistente del hogar” y le cuenta a sus amigas que Marta es “como de la familia”. Sin embargo, Marta sostiene una gran responsabilidad durante la jornada de 8 horas diarias y, aunque comparta la mesa con ellos, sigue estando en una relación desigual y en desventaja social y económica con relación a su patrona que impuso todas las condiciones de trabajo.

Marta es una de las miles de migrantes paraguayas que han dejado del otro lado de la frontera a sus familias para emplearse en el trabajo doméstico remunerado. Ellas son quienes más se emplean en este tipo de trabajo feminizado en Argentina y, sobre todo, en la ciudad de Buenos Aires. Al salir las mujeres de los sectores medios al mercado laboral, más mujeres pobres y racializadas -indígenas y afrodescendientes- entran al trabajo del hogar en condiciones precarizadas -salarios bajos y excluidas de la seguridad social- y bajo explotación en jornadas extensas y sobrecarga de tareas físicas. Pero, ¿cómo explicamos esta feminización del trabajo doméstico remunerado en las ciudades? ¿Por qué la mayoría de mujeres migrantes “eligen” este oficio? Algunos estudios ubican la oferta y demanda de empleos domésticos en las ciudades que posibilitan que más mujeres dejen sus países de origen para ejercer estos oficios. Sin embargo, esta explicación no nos parece suficiente para entender la complejidad de este fenómeno histórico y social. Los factores de género, clase y raza o racialización, nos invita a analizar la manera desigual que las mujeres migrantes encaran el mercado laboral, en el contexto de las cadenas globales de cuidado y el poder patriarcal que las empleadoras ejercen sobre estas mujeres migrantes.

FOTO: Telam

Género, clase y racialización

La idea de raza nace en Europa entre el siglo XIII y XVI para denominar la diversidad humana. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, la diferenciación racial sobre la base biológica consiguió establecer una jerarquía entre los europeos y los no europeos, ubicando a negros e indios en una escala inferior. Al vincular los rasgos físicos -color de piel, fisonomía- con rasgos de comportamiento -moral, intelecto- el hombre blanco europeo se distinguía por encima de la “naturaleza” humana del resto de los hombres y mujeres. Aunque la creencia sobre la existencia de razas superiores e inferiores fue desestimada en el siglo XX por la ciencia, continúa signando, de manera simbólica, las relaciones sociales. El racismo se expresa en las prácticas que discriminan a ciertas personas por su origen cultural y menos por su naturaleza física. En esta distinción racial se basa la dominación y el control de pueblos no europeos y no europeizados.

El empleo doméstico reviste y adopta significados raciales. Detrás del empleo de mujeres migrantes en hogares urbanos se encuentra el despojo, la expoliación y la desigualdad social en sus países de origen. En el caso de América Latina, si acercamos el foco a países como México, Honduras, Guatemala, Colombia, Perú y Paraguay, entre otros, las migraciones hacia Norteamérica y Europa, están relacionadas con la pobreza y la dependencia de estos países en el concierto mundial de naciones capitalistas. Son países que no gozan de una democracia verdadera ni una justa distribución de la riqueza, cuando menos. Por el contrario, están ocupados por trasnacionales, mafias, empresas extractivistas y narcotráfico, con intensos conflictos sociales y altos índices de criminalidad. Son, en su mayoría, países con una población originaria, afro y mestiza, a quienes les han arrebatados sus tierras y han calificado de atraso, sus saberes y formas de organización política y económica, con respecto de Europa. Allí, históricamente, en ese rango de inferioridad han ubicado a la población afro-indígena-campesina.

En este sentido, las relaciones de género se expresan en la forma en que las mujeres indígenas y afros, son sometidas a trabajos mal pagos, malos tratos y ausencia de derechos laborales básicos. Las migrantes se encuentran vulnerables ante la ausencia de un Estado que proteja a las trabajadoras, por el contrario, se hallan bajo la tutela y mandato de otras mujeres de distinta clase social -media y alta- que aprovechan la mano de obra barata en sus hogares y, en algunos casos, en condiciones serviles. Al estar desvalorizado el trabajo doméstico no remunerado, las tareas de cuidados realizadas por mujeres ajenas a la familia, son abaratadas. En tanto, los hombres que no realizan estas tareas también se benefician de esta transferencia de cuidados de una mujer empleadora a otra mujer empleada.

“Tengo empleada doméstica”

¿Basta con una ley que proteja a las empleadas domésticas para evitar su explotación? En el 2013, en Argentina, fue sancionada una ley para regir los contratos de trabajo del personal de casas particulares. Al año siguiente, se aprobó la reglamentación del servicio doméstico, por el otrora Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social. Según el reglamento, es deber de todas/os las/os ciudadanas/os registrar a “su” empleada doméstica en la AFIP y establecer claramente las tareas del hogar. Su jornada no puede exceder las 8 horas diarias o 48 semanales; debe dársele ropa y elementos de trabajo, además de alimentación; contratar un seguro de riesgo del trabajo; gozar de vacaciones pagas y mantener su pago por enfermedad, también por reposo pre y postnatal; tiene inmovilidad laboral si está embarazada, y acarrea indemnización el despido injustificado de una empleada doméstica. Sin embargo, esta ley protege más a las/os empleadoras/es de ser sancionadas/os que a las propias trabajadoras de no ser explotadas. Más aun, en la actualidad sabemos que hay miles de mujeres trabajando “en negro” que no están registradas y, si lo están, su remuneración, por ley, apenas roza los 300 dólares. En una situación actual de endeudamiento que pagan todas/os las/os argentinas/os sigue siendo un salario bajo y no corresponde con el inmenso esfuerzo que realizan estas mujeres en el hogar.