Escribe: Mireya Dávila Brito

¿Qué entendemos por feminización de la pobreza?, ¿en qué términos entendemos la pobreza dentro del contexto capitalista/heteropatriarcal?, ¿alcanzan las políticas públicas, dictadas por las organizaciones internacionales y el Estado nación, para “desfeminizar” la pobreza o, mejor dicho, las responsabilidades que mantienen en desigualdad política, económica, social y cultural a las mujeres con respecto de los hombres?, ¿desde qué lugar construimos alternativas posibles para paliar el empobrecimiento de la mayoría de mujeres en relación con otras mujeres y varones? Una economía feminista hallará posibilidades para salir de las escalas progresivas y encontrar en las experiencias de las y los sujetos racializadas, pobres y trabajadores, alternativas para una vida plena y el “bien estar” colectivo.

A la edad de cinco años, Teresa quedó a cargo únicamente de su madre, Lupe, que cuidando niños, lavando y planchando en casas ajenas, crió y educó a su hija. Cuando terminó el secundario, Teresa salió a trabajar en una peluquería, en restaurantes, en Rappi y Glovo y en cuanto negocio contrataran, “en negro”, a jóvenes como ella. Teresita muy pronto quedó embarazada de su novio y, al igual que su padre, Augusto huyó de la crianza de Mateo. Con una madre enferma de artritis de tanto usar sus manos en el trabajo pesado, Teresa tuvo que encargarse sola de su familia y someterse a un empleo precarizado en una tienda de ropa en la capital. Con un salario muy bajo, apenas si podía vivir; mucho menos podría soñar con ingresar a la universidad o a esa escuela de costura que tanto le gustaba. Teresa parecía estar destinada a hacer un oficio de doméstica o un laburo en condiciones adversas.

Como Teresa, millones de mujeres en el mundo enfrentan un empobrecimiento cada vez mayor que no ha sido mitigado en lo más mínimo por los programas sociales, diseñados por la ONU y demás organismos internacionales y por los Estados nación dentro de sus fronteras. Tampoco ha alcanzado con incorporar la perspectiva de género en las políticas públicas, dirigidas exclusivamente a mujeres pobres, racializadas, migrantes y/o trabajadoras. Por el contrario, el universalismo -planes y proyectos trazados en Occidente, con bases en ideas eurocéntricas y del Norte global- con que tratan la heterogeneidad de mujeres y niñas en desigual condiciones de vida, mantienen a la gran mayoría en una carestía de servicios básicos, difícil o ningún acceso a la educación, salud, vivienda y alimentación, aún menos al disfrute de lo simbólico-cultural.

Foto: La Vanguardia
Foto: La Vanguardia

¿La pobreza tiene rostro de mujer o son las mujeres quienes enfrentan la pobreza?

La feminización de la pobreza ha sido entendida por la cantidad de ingresos salariales que recibe una mujer trabajadora y a cargo completamente del presupuesto familiar, sin embargo, este parámetro económico, difundido desde finales de los años 70 en Estados Unidos, ignora la discriminación de género, jurídica, política y cultural de las mujeres. Las mujeres viven la pobreza de manera distinta a los hombres, no únicamente en términos de diferenciación de salarios, sino que también en la desigualdad con respecto al trabajo doméstico no remunerado -que no realizan los varones-; el acceso restringido a los derechos de salud sexual y reproductiva, no pudiendo controlar su sexualidad ni la cantidad de hijos deseados; expuestas al mercado sexual y la trata, junto con la violencia física y simbólica. Más aún, son quienes asumen el compromiso de hacer frente a la pobreza. Bastaría con mirar a las mujeres organizadas en ollas populares y comedores sociales y en las formas de resolver la alimentación de hijxs y adultxs mayores a cargo en el hogar.

Foto: Agencia Paco Urondo
Foto: Agencia Paco Urondo

Las mujeres campesinas en América Latina también viven la disparidad con respecto a los varones. En su gran mayoría, no poseen la titularidad de la tierra ni de los bienes materiales; tampoco son reconocidos sus saberes en la agricultura familiar ni sus experiencias históricas en torno a la soberanía alimentaria. Además, a semejanza de las mujeres de la ciudad, tienen sobrecarga en las labores domésticas.

¿El problema de la pobreza radica en las mujeres que son jefas del hogar o en las responsabilidades de cuidado atribuidas únicamente al género femenino? Desde las décadas de los 80 y 90, la ONU, por ejemplo, explicaba que el fenómeno de la pobreza en la población femenina, mucho más acentuada y con escasas posibilidades de solución, se debía a que las mujeres pobres eran las encargadas de hogares pobres. Esta conclusión refuerza la idea de que la familia heteropatriarcal es el remedio contra la pobreza, a la vez que omite las experiencias de mujeres que han encontrado márgenes de acción y autonomía en la crianza a solas, sin maridos. Por cuanto, la pobreza no es un problema individual y privado, exclusivamente del entorno familiar, sino que debe ser vista en su dimensión racializada y genérica, macro económica y social. En otras palabras, la posición que ocupan las mujeres en las relaciones sociales y de poder en diferentes escalas socioeconómicas y la inequidad que viven en la repartición de las cargas familiares y de las tareas de cuidado.

Foto: Victoria Campana. Fuente: Pausa
Foto: Victoria Campana. Fuente: Pausa

Horizontes descoloniales para las mayorías empobrecidas

¿De qué manera concebimos un programa político, con perspectiva de género, por fuera de las lógicas neoliberales y dentro de las trayectorias históricas de las mujeres campesinas, afro, indígenas, mestizas, urbanas? Una propuesta descolonizadora buscaría en las diversas experiencias una “ecología de saberes” que iguale el saber científico, concebido en los claustros académicos, al saber popular. La manera cómo las mujeres conocen la materialidad de las cosas y de usar los medios a su alcance para transformarla ya sea en el campo de la medicina, la alimentación, la agricultura, la vivienda. Una suerte de ingeniería popular y, con ello, la “ecología de las productividades”, al contrario de la idea de productividad y crecimiento económico en el capitalismo, que ya ha dado pruebas de no alcanzar para todxs por igual, consiste en recuperar otras formas de organización económica: cooperativas, autogestión, trueques, economías solidarias, que subyacen en la memoria histórica de los pueblos.