Escribe: Julio Maidana

Río Adentro

La semana pasada un amigo me envío un ejemplar de Río Adentro. Debo reconocer que lo dejé un par de días bajo una pila de libros que se habían ido acumulando sobre el escritorio. Algo de la tapa me había llamado la atención pero no había tenido tiempo siquiera de echarle un vistazo a la contratapa. Cuando llegué a mi trabajo este lunes, me dispuse a ordenar y ahí estaba, con sus máscaras de gas y sus corbatas amarillas. Noté que eran cuatro autores. Damián Cots, Julián Saúd, Ignacio Ibañez y Mariel Iglesias. Tres hombres y una mujer. Leí la contratapa esperando encontrarme con alguna indicación al respecto pero no hacía mención. El breve texto me generó alguna curiosidad por lo que lo puse en mi mochila y fue recién al día siguiente que lo empecé a leer. Quiero decir, lo leí en tres días. Y al cuarto, decidí escribir esta crítica.

“Los hombres de corbata amarilla”. Ilustración de Maite Larumbe para Río Adentro

Río Adentro es una novela con una primera particularidad destacable y novedosa: está escrita a ocho manos. O a cuatro. La verdad que no sé si a esta altura del siglo, se sigue escribiendo a mano. Lo cierto es que desconocía precedentes de una obra de estas características, escrita por cuatro autores pero a través de una sola narración… ¿Homogénea? ¿Armónica? ¿Lineal? Creo que si no figuraran los cuatro nombres en la tapa ni estuvieran los cuatro epílogos al final de la edición, sería imposible sospechar que la novela que uno acaba de leer fue escrita por más de un/a autor/a. Escribo esta “crítica”, entre otras cosas porque es una historia que me dejó con ganas. Me enojó un poco el final, encontrarme de pronto con la última página. Es que yo pensé que quedaba un capítulo, pero se trataba de los epílogos. Epílogos que también devoré y que me hicieron caer la ficha de algo: ¡Qué gran esfuerzo habrá significado publicar esta obra! Creo que cuando uno toma dimensión de la magnitud que podría tener una literatura colectiva de estas características, revaloriza la obra. Porque hay que decirlo: se trata de una novela que se lee rápido, que tiene acción, que está bien escrita, que involucra muchos personajes, que desdibuja la línea imaginaria de tiempo-espacio y que por momentos parece desestructurarse, pero que se reacomoda, develando quizá una pieza más del relato que se descubre de a poco, de fichas que caen y climas que se logran y malogran en un contexto caótico y trágico.

En segundo lugar, la historia se cuenta desde tres narradores que podría decirse que forman parte, a veces en sentido biológico, a veces en sentido práctico o terrorífico, de una misma familia. La cuestión aquí es que hay dos narradores en tercera persona y uno en primera. Entonces, éste último, inevitablemente se va volviendo el narrador principal. La historia sucede en dos escenarios: la Ciudad de Buenos Aires y el Tigre, particularmente el Delta. Grupos civiles se organizan para garantizar la seguridad en los barrios. La insignia de la corbata amarilla parece representar una ideología en crecimiento. Inseguridad. Caos. Ataques terroristas. Cortes de luz. Negocios millonarios. Ese es tan sólo el contexto de una historia mucho más profunda: la de Sergio, la de Julia, la de Verónica. La de una familia perversa en donde la única ley es ser objeto del otro. Donde lo importante es maximizar las ganancias, el goce aunque sea a costa del otro. Río Adentro nos invita a meter la cabeza en los agujeros más profundos, nos lleva de la acción maníaca y vertiginosa a la decadencia explícita y miserable. Está teñida de sangre, tiene un gran componente trágico pero al mismo tiempo nos invita a encontrar el amor entre los escombros del horror. Nos conduce tal vez a un dilema ético en donde la única libertad posible se construye en base a actos de responsabilidad que, por más dolorosos y trágicos que fueran, encienden una luz que ilumina el ser y nos convoca.

“El secreto”. Ilustración de Maite Larumbe para Río Adentro

En tercer y último lugar, no puedo dejar de mencionar un tercer aspecto que constituye, a mi entender, otro de los puntos significativos de la obra: su vertiginosidad y crudeza. Destaco este par porque generalmente cuesta encontrar narraciones que sostengan al mismo tiempo ambas características. Si bien Río Adentro contiene pasajes en donde la crudeza es un pozo insalvable y la vertiginosidad se extingue en oraciones pesadas y lentas, la mayor parte del tiempo sostiene esta contradictoria condición: ser áspera, oscura y triste pero al mismo tiempo transpirar acción, fantasía y gracia. La historia sorprende con súbitos giros y logra una línea de narración inconsciente que trasciende el relato a través de los tres personajes.

La contracara de todos los aspectos que valoramos en los párrafos precedentes es que por momentos cuesta seguir el hilo. Se trata de muchos personajes y la narración se va componiendo de textos cortos que saltan de un personaje a otro. Para la segunda parte esta dificultad ya está saldada para el lector, siempre y cuando ¡haya llegado hasta ahí! Por eso recomiendo la lectura de esta novela, no sólo por el placer individual que podría causarles leerla sino más bien para tener con quién hablar de ella.

Río Adentro es una novela colectiva que como tal, conlleva una magia indescifrable pero no imperceptible. Su lectura nos insta a volver a hacernos esa pregunta sartreana acerca de qué es la literatura pero en el sentido de quién o quién-es la construyen. Felicito a sus autores por haberla publicado, finalmente.

*Licenciado en Letras, UBA.

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“La casa de Dassano”. Ilustración de Maite Larumbe para Río Adentro