Escribe: Silvana Jáuregui

Fotos: Nicolás Blanco

Guido Roncaglia es artista plástico. Nació en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en 1979. Estamos en Villa Urquiza, un barrio que fue perdiendo su encanto debido a la proliferación de edificios altos y con una morfología casi inentendible. Su taller está en lo más alto de su casa, un lugar reservado para los silencios. La materia, las formas y el color que invaden su obra subyacen a la idea desarrollada alguna vez desde la música. Su lenguaje es la abstracción y su búsqueda radica en la expresión de la experiencia personal y colectiva, concretamente, en esa coincidencia dada entre la pintura y la música. Guido es multifacético. 

Su vínculo con el arte comenzó con la música, formándose en diferentes ámbitos, tanto instrumental como compositivo. Inició la inmersión en las artes plásticas en el año 2008. Así nos lo cuenta: “De pequeño  me gustaba  pintar, dibujar, armar estructuras  con  rastis. Ahí empezó el gusto por el trabajo manual. Más adelante, me interesó la música. Empecé estudiando batería y después seguí con el piano. Alrededor de los veinte años realicé un taller de composición a cargo del profesor Ricardo Capellano. Ése fue mi ingreso a la producción artística. Ahí empecé a tener una visión por el arte, una vocación por la creación más que por la mera interpretación. Formamos un grupo —La Orquesta Horizontal— con algunos compositores, que también habían hecho el taller. Estuvimos componiendo bastante y desarrollamos  una idea artística. Esto hizo que profundice mi idea sobre el arte. Era lo que yo quería. Después, en los tiempos libres,  empecé a hacer dibujos, tirar líneas, garabatear un poco a conciencia. Abordé una relación distinta con este tipo de lenguaje artístico. No tenía gran habilidad, simplemente lo hacía. Esta relación era distinta a la que tenía con la música. Hallé una fluidez que por ahí en ésta no encontraba. Cuando componía era como si viera la música. No es que fuera una mala idea esa, pero quizás no tenía la fluidez que después encontré con el lenguaje de la plástica, una intuición. Fui produciendo cada vez más. Los dibujos los pasaba a tamaño más grande, y empecé a trabajar  con el color. Me di cuenta de que estaba pensando más en qué iba a pintar cuando llegara a casa que cuándo componía. Esto me llevó a tomar una decisión: estudiar artes plásticas.”

“Cuando decidí estudiar, lo primero que hice fue ir a ver al artista plástico Jorge Abot y preguntarle qué me sugería. Me recomendó ir al Taller Sur, diciendo que iba a aprender con profundidad dibujo, pintura y lenguaje. Allí, me inicié con el profesor Jorge De La Sala y comencé a trabajar todos los tipos de estilos. Taller Sur lo fundó un pintor argentino que se llamaba Alberto Delmonte, que viene de la línea del constructivismo uruguayo. El propósito del taller fue siempre indagar sobre los ejes propuestos por Torres García y su idea del arte en general. Ahí empecé a trabajar las cuestiones geométricas, la construcción de la imagen y el color. Me identifiqué mucho con la idea y la línea que manejaba el taller.”

En sus obras, y también en sus videoartes, está la transcripción visual de ese ritmo aprendido: “Trabajo con planteos previos de la imagen. No  me planto frente al lienzo en blanco y veo qué pasa. En los collages también lo hacía, pero le daba un poco más de rienda suelta al proceso en la acción concreta de pintar. No hago un traslado espontáneo de la imagen o de sensaciones al momento de pintar. Allí, plasmo cuestiones más del contexto en el que vivimos, incluso cómo voy cambiando yo y qué aspiraciones tengo. Todo eso va transformando mi actividad artística. Nunca hice figuración. Vengo de la música, que es una actividad abstracta.”

Es así. En la trama de sus obras aparece la seductora abstracción que la música posee. “De alguna manera mi cabeza funciona igual a como cuando componía música, en el sentido de no trasladar una cosa y representarla”.

La suya, es una obra que aporta una visión acerca de lo diverso, que es la idea que lo conmueve. La diversidad es una noción que refiere a la diferencia, a la variedad, a la abundancia de cosas distintas o la desemejanza. Cuando Guido habla de la diversidad se refiere, fundamentalmente, a la convivencia e interacción entre distintas maneras de expresar el arte y sobre la interacción que esto produce. Lo expresa a través del color y de los planos, que visiblemente se desplazan en la tela. Es que toda su obra conforma una trama, una armonía, donde los tonos se hacen visibles y, sobre todo, donde reflexiona de alguna manera sobre esos espacios, generando musicalidad y ritmo. Y así lo expresa: “Mucha reflexión, trabajo y también hacerse cargo de lo que a uno le pasa. Vas encontrando caminos. También relaciono mi trabajo con la diversidad. Desde que empecé a pintar siempre me interesó la idea de la integración. En las muestras, a veces, lo que uno ve es la variación de un tema en los cuadros. Me interesa exponer una diversidad de trabajos porque pienso muchas cosas y también expreso varias cosas al mismo tiempo. Eso no es fácil de hacer.”

“La primera vez que hice una exposición fue en el Centro Cultural Julián Centeya, en el 2010. Me dieron muchísimo espacio para exponer. Yo había pintado un montón, tenía obra, y era el momento de hacerlo. Llegó el día y tuve que ponerlo en práctica. Yo pintaba, pero exponer es distinto, tenés que manejar bien el espacio, el recorrido, la relación entre las obras. Ahí fue donde encontré esa otra dimensión, también espacial, en relación al arte plástico, en términos de exposición. Eso me generó un montón de interrogantes e inquietudes para seguir  trabajando”.

Todos sabemos que a un gran número de artistas, incluso con varios años de profesión, les es prácticamente imposible vivir sólo del arte. Pero para Guido esto no es un obstáculo: “Siempre trabajé de otras cosas, y me acostumbré mucho a eso. Pienso que eso me ayudó a no tapar con producción lo que yo iba pensando del arte, sobre lo que quería hacer y demás. No ir tapando con el hacer, hacer, hacer. Voy viéndolo y  produciendo. Con respecto a vender en el futuro, ojalá se dé. Me acostumbré a producir de esta manera: no trabajo de esto pero trabajo en esto. Y esa es una idea que, por el momento, me agrada. También, hacer otra actividad me nutre para producir y reflexionar.”

Fue en el año 2016 cuando Guido empezó a incursionar en el videoarte. Realizó “TALA” (Guido Roncaglia–Gabo Cuman). La página Tierra Under comentó en su presentación: “Una exploración sobre la multiplicidad interpretativa que genera lo relativo y lo constituyente. Pasado, presente y futuro se funden en una situación atemporal, donde las apariencias se esconden entre sueños, identidades, relaciones y deseos. La poesía, la música, los sonidos y las imágenes se juntan, se separan. Tensionan armando una trama, por momentos más cerrada, por momentos más abierta, de la materialidad expresiva”.

Una nueva estética en la composición de la imagen aparecerá en “La Pérdida del Objeto” 2017 (Cámara y edición: Guido Roncaglia. Música original y diseño sonoro: Gabo Cuman, Gus Goldzer)  y en el 2018 “Las Peñas de Toronto” (Fernando Bogado: poesía. Gabo Cuman: bajo. Guido Roncaglia: cámara, edición y dirección. Grabación y mezcla: Gabo Cuman). Este último, grabado en el taller de Guido, durante la noche de varios martes. Leemos al pie del video: “Las peñas de Toronto, suma al trabajo del dúo Bogado Cuman un componente visual que atraviesa poesía y música para convertirse en una tercera línea compositiva, entre la luz y la pesadilla, entre el fragmento y el todo. Es una pieza que recupera las voces desarmadas de los sueños y un espíritu nocturno que, a veces, habla más allá de todo lenguaje literario, musical o imaginario”.

Guido Roncaglia reivindica estas acciones como un lugar donde su despliegue creativo da rienda suelta a su imaginación. Surge de otra manera la idea del movimiento. Guido incursiona en estas obras sobre otro detalle de la música que es “el tiempo”. Así lo explica: “Empecé a encontrar que en una obra visual podía hacer un uso del tiempo. Entre editar una cosa y la otra fui encontrando ese trabajo sobre el tiempo, que no lo tenía en los cuadros. En el video encontré esa manera de componer que, por ahí, estaba en la música, pero ahora lo trasladaba  a lo visual. Fui componiendo con el tiempo como una variable central. Empecé a experimentar y después a hacer obra. Trabajé mucho con Gabo Cuman. Con él tocaba en La Orquesta Horizontal y, por mi trabajo de pintor, no nos volvimos a encontrar, hasta que comencé con esto. Con los videos empecé a pensar también en cierta idea de la propiedad sobre la obra, mientras la íbamos trabajando.  Por ejemplo, en Tala, él hizo la música y el sonido. Ahí, en ese video, empecé a pensar sobre lo que sucedía cuando le llevaba el material editado  y cuál era su devolución. Esto generaba cierta tensión, pero era  de la buena. Hubo necesariamente mucho intercambio, tensiones e ideas distintas que había que poner en juego”.

Como la obra plástica el videoarte, al contemplarlo, genera diversas interpretaciones. Guido Roncaglia nos advierte sobre ese nuevo escenario cuando dice: “La idea sobre el video es que en él hay tomas de la realidad. Por momentos, genera una especie de abstracción donde la interpretación sobre lo que estás viendo es movible, es decir, que al reproducir podes ver cosas distintas. La manera en que abordo los videos es desde una mirada plástica y no cinematográfica. Es desde la edición y desde un tratamiento plástico, donde las imágenes toman sentido para generar una obra abstracta. Encontré, entre la pintura y los videos, la edición y el trabajo con otros artistas, algo muy motivador y prometedor”.

¿Cómo ves el futuro?

Hay grandes condiciones para hacer cosas a futuro y veo que es una época en donde el tratar de producir colectivamente está mucho más en el aire que quizás hace años, por todas las cosas que nos están pasando. Cuando pienso en alguna exposición, estoy pensando con quién quiero hacer las cosas. La época te lleva a no quedarte solo en tu casa, a no querer exponer solo, ni producir solo. La época nos lleva a eso. A pesar de que el presente político es desastroso, también veo que se están generando alternativas  y eso es el potencial para poder encontrar lugares. Cuando uno compone o pinta, hay que encontrar cuál es ese silencio de la época que te convoca. O lo que no se ve, lo que vos no ves tuyo. Cuáles son tus conflictos, tus miedos, tus aspiraciones, tus deseos. A veces, ese momento de reflexión, silencioso, solitario, es como un silencio convocante. En base a eso uno produce, empieza a generar obra. Por un lado, en esta época es difícil encontrar esto, claramente todo es hiperactividad, metonímico, una cosa detrás de la otra. No se dejan espacios para la reflexión ni para encontrar ese  silencio donde se pueda generar algo. Tal vez no me refiero a algo nuevo,  sino original, colectivo. Hay un montón de potencial. Se están generando alternativas desde los artistas, desde la gente. Siempre me interesó esto de la diversidad integrada. No hablo de una sumatoria que termina siendo una cosa al lado de la otra. La época está ayudando para que esa diversidad integrada ocurra.

Y nos fuimos con la idea maravillosa sobre la diversidad y lo colectivo. Asombrados por la intensidad de su trabajo y de su decir. Convencidos que la obra de Guido está emocionalmente cargada de profundas  expresiones  y de una verdadera pasión creativa.

Me di cuenta de que estaba pensando más en qué iba a pintar cuando llegara a casa que cuándo componía.

La época te lleva a no quedarte solo en tu casa, a no querer exponer solo, ni producir solo.

Nota publicada originalmente en Revista Hamartia #33