Escribe: Mireya Dávila Brito

¿Por qué una inmensa mayoría de mujeres ganan menos que los hombres? ¿De qué manera se construyó la desigualdad salarial? ¿Cuán difícil es que las mujeres participen en el ascenso laboral y sea valorada su formación y experiencia? ¿Cómo se expresa la discriminación de género en términos laborales y de qué manera afecta a las mujeres pobres y trabajadoras? Estas preguntas buscan dar pistas históricas sobre la brecha salarial en la actualidad en Argentina.

La Encuesta Permanente de Hogares (INDEC) en 2018 revela que en Argentina el promedio de salario de las mujeres es menor en un 25% que el promedio salarial de los varones. A esta distancia la llamamos brecha salarial. Se ha creído comúnmente que el diferencial de salarios se debe a la formación y capacitación, a los años de experiencia en el puesto de trabajo y a los méritos ganados en la trayectoria de cada persona. Sin embargo, cuando hablamos de la segregación y discriminación de mujeres en el ámbito laboral, encontramos que es posible explicar la brecha salarial en términos de relaciones de género.

El promedio de salario de las mujeres es menor en un 25% que el de los varones

Si un hombre está más “preparado” que cierta mujer en determinado puesto de trabajo, detrás de eso, muy posiblemente encontremos que esa mujer haya tenido que atender las tareas del hogar y la crianza de lxs niñxs, en menoscabo de su educación, o cuando menos, estas mujeres quedarían reducidas a desempeñar oficios feminizados. Las mujeres con responsabilidad familiar no disponen del tiempo que les es robado por los hombres, con quienes no comparten las tareas de cuidados. En muchos casos, se les exige renunciar a la maternidad para ocupar los cargos de dirección.

Foto: Filo News

La diferencia de salario entre varones y mujeres por razones de género está relacionada con experiencias históricas distintas de trabajo -mujeres con trabajos relacionados al cuidado, pagos o no- y poca disponibilidad de horas para la capacitación. En consecuencia, existe abaratamiento de la mano de obra femenina y arbitrariedad y discriminación a la hora de asignar funciones. En el caso de mujeres con amplia formación que no son consideradas para dirigir una organización, también son confinadas a ciertos puestos. Esta segregación es conocida como techo de cristal. En una jerarquía patriarcal, es aquel límite que imponen a las mujeres al considerar que no pueden conducir un equipo de trabajo, liderar un proyecto, porque tienen responsabilidades en el hogar que le impiden viajar, manejar sus tiempos y cumplir extensas jornadas. Al tiempo que las propias mujeres se ven obligadas a aceptar empleos de jornada reducida para atender a la familia y soportar una doble carga laboral.

Si evaluamos la brecha entre mujeres pobres y trabajadoras no cualificadas, ocupadas en empleo doméstico y obreros de la construcción, encontraremos que las mujeres domésticas ganan casi un 50% menos que los hombres albañiles. Aún cuando ambos se encuentren en trabajos precarizados, informales y sin garantías laborales, la brecha es amplia porque las tareas de cuidado y limpieza son menos valoradas socialmente.

Resumen Latinoamericano

¿Cómo se formó históricamente la desigualdad laboral?

Para explicar cómo se constituye la brecha salarial y el techo de cristal tenemos que rastrear históricamente esta desigualdad de género. A muchas mujeres nos reconocen como organizadoras de escritorios, administradoras de recursos materiales y humanos, asistentes y secretarias. Al considerarnos “afables” y en cierto modo cosificada nuestra imagen, es frecuente que nos hallemos en puestos de recepcionistas, promotoras y anfitrionas, para captar la atención de los consumidores o para tratar con clientes.

En Buenos Aires, entre 1910 y 1950, se incrementó el empleo administrativo para mujeres. Graciela Queirolo sostiene que la inserción laboral de ciertas mujeres al mundo del trabajo significó un salto cualitativo en comparación con las mujeres obreras. Las empleadas de escritorio ganaron status y reconocimiento en el ámbito laboral por sus habilidades técnicas y gramaticales como la escritura manual, taquigráfica o mecanográfica. Para estas mujeres emprender una carrera laboral y, a cambio, obtener un salario, les permitió cierta autonomía en el consumo y en la acumulación. Sin embargo, ocupar algunos espacios en el mundo del trabajo administrativo no alteró las relaciones de poder entre mujeres y varones. Por el contrario, reforzó ciertas nociones sobre la feminidad y la domesticidad, mantuvo a las mujeres en subordinación frente a los hombres, fijó nuevas jerarquías entre mujeres y afianzó la brecha salarial, profundizando, en este sentido, la inequidad social de las mujeres con respecto a los varones.

Dactilógrafa en plena tarea. Fuente: Archivo General de la Nación

Según la ideología de la domesticidad, las mujeres se destacan por ser eficaces organizando y administrando el hogar, así también resultó en los puestos de secretarias, dactilógrafas o corresponsal, porque son oficios entendidos como una extensión de las labores del hogar. La feminización de las tareas de asistir y secundar la gestión de los varones, quienes ocupaban los cargos gerenciales, sirvió para ofrecer únicamente a las mujeres el estudio de ciertas carreras técnicas, siendo el puesto de secretaria el cargo más alto que podían optar las empleadas. Además, no sólo los cargos más altos estaban reservados para los varones, lo cual constituía una jerarquización, sino también existía una segregación horizontal entre las mujeres, las secretarias ganaban más que las dactilógrafas. Al apelar la inequidad salarial en la Federación de Empleados del Comercio en los años 40, las empleadas administrativas continuaron en desventaja frente a sus compañeros varones, quienes reforzaron la noción reproductiva sobre las mujeres y del trabajo femenino como un complemento al sustento familiar, con la esperanza de que retornarían a sus hogares a criar a los hijos de los trabajadores.

Tienda “La Piedad”. Buenos Aires, 1934. Fuente: Archivo General de la Nación

Empleos “femeninos” y salarios bajos

En Argentina, ciertos sectores son asumidos, en su mayoría, por mujeres. El 95% del trabajo doméstico remunerado es hecho por mujeres, pasa lo mismo con la enseñanza que se ubica en 73%, la salud y los servicios sociales en un 69% y un 62% en organismos extraterritoriales. Estos sectores están relacionados con las habilidades adjudicadas a las mujeres para dedicarse a funciones de cuidar, enseñar, velar y defender la vida. No es que no sean tareas loables e imprescindibles sino que dejan por fuera la participación de los varones y refuerzan la noción de masculinidad, como aquella “naturaleza” descuidada, desafectivizada, depredadora que portan los “buenos hombres del patriarcado”.

Una economía en perspectiva feminista busca eliminar la brecha y romper el techo de cristal que nos impide gozar de igualdad, no únicamente en términos salariales y de promoción laboral con respecto a los hombres, sino en la posibilidad de ejercer tareas por igual sin discriminación de sexo y género.

Portada: LatFEM