Escribe: Alejandro Marshall

“No estamos en el mejor de los mundos,
sino que estamos en América,
entre polos opuestos,
adentro y afuera de nosotros mismos.”
(Rodolfo Kusch)

La grieta, como emergente social en la región, reaviva una tensión histórica entre dos formas de ser y de estar en el mundo, y nos conduce a un camino interno de revisión personal y colectiva sobre la paradoja de lo americano.

A finales del siglo XV la civilización europea arribó a estas tierras todavía vírgenes de Occidente. El Nuevo Mundo fue conquistado y gobernado como una gran colonia hasta hace aproximadamente doscientos años, cuando comenzó un proceso de luchas por la independencia. Sin embargo, América latina parece seguir debatiéndose su rumbo, y es aún adolescente para quienes ven en sus disputas y contradicciones actuales, una amenaza, una condena, o un destino.

La tensión entre lo que somos y lo que queremos ser revela un conflicto entre la obediencia y la desobediencia, entre pertenecer y ser rechazado. De allí el miedo a la libertad, que se intensifica cuando cuestionamos mandatos y estructuras impuestas. Pero mientras la capacidad de trasgresión dio impulso al desarrollo de la cultura y la ciencia, la obediencia presenta un problema: ¿qué obedecemos para sostener un estilo de vida que produce contaminación, cambio climático, exterminio de especies, guerras y hambrunas?

Lejos de un capricho, la desobediencia es una actitud de afirmación de la razón y la voluntad. Es saber decir que no; y para ello no hace falta alcanzar ninguna etapa vital, sino simplemente estar vivo. La conflictividad social de América es un síntoma de vida, una puja entre aceptar o poner un límite a proyectos vacíos de fragmentación social y destrucción del planeta.

A esta antinomia, acá la llamamos grieta, y más que una contienda entre partidos políticos o nombres propios (la pequeña historia, la de las naciones y los próceres), se trata de un conflicto más profundo, donde se debate el futuro del ecosistema, las comunidades y el individuo (la gran historia, la de la especie).

Kusch advirtió que, desde la conquista, en América coexisten dos cosmogonías: el mero estar precolombino, como saber vinculado al cosmos a través del mito y el ritual; y la filosofía del ser, como tradición europea orientada al progreso de la técnica y la ciencia. En la tensión irresuelta entre estas dos posturas se da el encuentro o desencuentro en torno a lo común, donde todavía perdura una pedagogía colonialista que nos inculca la inferioridad de lo americano como certeza.

El hedor de América nos confronta, desde ese mero estar, como algo incómodo a corregir. Es la marca del subdesarrollo que cargamos como estigma, y que no podemos dejar de ver (y oler). Es el humo del choripán y la bandera pintada de una movilización; el Gauchito Gil y todo el imaginario indígena y negro; los colores estridentes de ropa sin marca y el trueque al costado de la vía en alguna feria del conurbano. Es el río, la selva y la inmensidad de los Andes. Es América profunda.

El hedor nos devuelve algo de nuestra animalidad para pensar con el olfato, aquel antiguo sentido relacionado a la procreación y la supervivencia. Nos ubica en esa dimensión vincular donde se entremezclan los olores de los cuerpos, y surge la atracción o el rechazo hacia lo ajeno. Pero el hedor hunde sus raíces en un mundo primordial donde se pierden los límites del yo, del , de lo humano y lo animal. Surge de aquel reservorio de la experiencia psíquica de la especie que Carl Jung llamó inconsciente colectivo. Es una antigua ira, decía Kusch, desatada como pestilencia y desorden, como trueno, piedra y torrente. Nos remite a la indefensión de la primera infancia, en plena necesidad del otro; y de allí, al desamparo del hombre primitivo, que recurrió al fuego, la magia y el conjuro ante la fría noche de la naturaleza indómita.

Ante esa inseguridad que amenaza, el mito de la pulcritud ofrece refugio en ciudades amuralladas de pajareras de cemento con wifi, tachos de basura ecológicos, desodorante de ambiente con aroma a coco y texturas pulidas sin roce (ni goce). Una pulcritud de lógicas lineales, soluciones prácticas y una transparencia que todo lo expone y convierte en dato. En la constitución del otro como sospechoso, nos aseguramos el lado del bien, salvándonos de la incertidumbre y el hedor. Pero el antídoto se convierte en veneno cuando la hostilidad se vuelve odio y paranoia.

Así escindida, la razón y las pasiones, lo sagrado y lo profano, la verdad y la mentira, nos cuesta pensarnos por fuera de esas categorías y comprender al otro en su complejidad. Esta inclinación separatista es reavivada en momentos de transición, donde se despiertan temores arcaicos relacionados a la pérdida de control, al caos. El presente argentino nos interpela para analizar la grieta con una mirada simbólica.

Frente al aluvión zoológico hubo una Libertadora que reinstaló a fuego la decencia. Se lo intentó eliminar, pero en esta vuelta de espiral, el hedor resurge con otra cara monstruosa. Las fantasías de tesoros escondidos en la Patagonia, o bóvedas llenas del dinero robado a la República, son un interesante producto de la psiquis colectiva de nuestro país. La fantasía y el sueño son producciones naturales de nuestro inconsciente, por eso cobran relevancia en el tratamiento psicológico. Esas imágenes y sensaciones hablan de lo que somos y de lo que nos pasa. Pero como todo sueño colectivo, algunos participan soñando y otros aportando argumentos y justificaciones a ese sueño, alimentándose de él. Es el caso de los productores de ficción y sus comentadores, quienes desde una pulcra antipolítica, convierten la sospecha en amenaza, y al maldito en chivo expiatorio que con su sacrificio, redime de culpas a la sociedad.

Es que el hedor, en especial su variante populista, representa una profunda herejía para la cultura occidental. La de cuestionar la sancta propiedad privada, piedra angular de nuestra organización social y mental. El pacto social que todos debemos respetar dicta que lo que es tuyo es tuyo, y lo que es mío, es mío. Pero algo sí huele mal en todo eso. En un planeta rico en recursos, dioses como el dinero o el Estado Nación, mitos como el libremercado o la meritocracia, y contingencias como la pobreza se presentan como algo natural. El sentido común presenta la realidad como la única posible, y bajo mandato del bienestar personal, el nosotros queda relegado ante la supremacía del yo. Cortamos la madera de nuestro barco, sin darnos cuenta que, al hacerlo, nos hundimos todos.

Ese sentido común dice que una herejía es una actitud o acción inmoral que merece castigo. Sin embargo, su etimología muestra que en el siglo III, en Roma, se usó el término hereticus para quienes optaban por los antiguos evangelios frente a la nueva Biblia del cristianismo, mientras que la raíz griega del término herejía (airesis), significa “decisión” o “separación”.

Pero no se trata de una elección entre dos opciones, sino de una decisión total, aquella capaz de asumir una realidad inalienable: que la pulcritud y el hedor confluyen en América, que el problema es de integridad mental, y que, como plantearon tanto Jung como Kusch, si no se traza una continuidad y no se recorre el camino que integre ambos estratos, el antiguo mundo continuará siendo autónomo y, por lo tanto, fuente de traumas para nuestra vida psíquica y social.

Esta visión integral implica una decisión epistemológica, psicológica y política, que, sin ser indigenismo, ni nacionalismo, ni mesianismo marxista, nos conduce a evaluar todo lo que tenemos y lo que hemos hecho, repensando nuestro rol en este devenir. Pero, ¿hasta dónde estamos dispuestos a ir?

Desde el psicoanálisis argentino viene en auxilio aquella espiral dialéctica que imaginó el psiquiatra Enrique Pichon-Rivière. Esta praxis considera al enfermo mental como un potencial agente de cambio social, entendiendo que todo emergente denuncia un desequilibrio en ese sistema y que, al transformarse, el individuo transforma su entorno. En vez de estigmatizar con diagnósticos y prácticas que segregan al enfermo o al marginal, se trabaja sobre la diferencia, incluyéndola, para así des-ocultar el conflicto inherente a todo grupo humano (el malentendido básico). Este proceso de sucesivos esclarecimientos permite una adaptación activa a la realidad, ampliando la capacidad de amar y de aprender.

La hediondez encierra caminos de cura, tanto desde lo físico como desde lo simbólico. Es el caso de ciertas plantas medicinales o ungüentos, que muchas veces apestan; y es también el proceso de integrar la propia sombra, que hiede a confusión e insensatez, a sueño y locura. El camino interior comienza así como necesidad y como creación, al borde de un abismo, entre ser y no ser.

Kusch nos alertó que queriendo jugar al hombre, encontramos algo que no es el hombre, y se llama piedra, enfermedad, torrente y trueno. Nuestro verdadero rostro se nos escapa, porque asumir el hedor como metáfora americana, y la sombra como metáfora personal, implica integrar también al diablo, recordar la muerte, y reconocernos al filo del vacío.