Por Carlos Caramello

“… Pero la música estaba
oculta detrás de cada overol,
en cada grito.
Estaba el 17
que le creció a la ternura,
en la calle ganada repentinamente”.

17 de Octubre
Alfredo Carlino

Soy la masa, el grito, los pies cansados arrastrando desde Berisso, desde Lanús, desde Varela… Soy la ropa mojada de cruzar el Riachuelo a nado (esos milicos de mierda creyeron que nos iban a parar levantando los puentes). Soy las manos tan llenas de callos que casi ni siento cuando acaricio; la piel tan ajada de miles de soles que mi rostro es una inmensa arruga morena como el mapa de mi Patria Grande. Soy Cabecita, Negro, Descamisado, Obrero, Pardo, Grasa… Compañero.

Soy el que provoca que se cierren postigos y canceles a mi paso en este Buenos Aires extraño a mi surburbanía. El que se refresca los pies en cualquier fuente. El que se desanuda esa corbata que aprieta como el miedo de perder a nuestro Coronel. El único Coronel amigo que hemos tenido. Soy el que espera. Y cree. Y piensa: pobres de nosotros los pobres si a este hombre lo callan, o lo quiebran, o lo matan. Soy el que lo pide a gritos mientras la noche de octubre se alza como una ola de ansiedades más o menos legítimas, más o menos lícitas.

Soy la bocina del barco que trajo a mi viejo desde Nápoles; el techo amarillo del vagón del Estrella del Norte en el que llegué desde Tucumán siendo todavía un chango; el olor ácido del Ciudad de Corrientes, aquel vapor de la carrera que, repechando el Paraná, me dejó en esa Babel confusa y excitante que, me explicaron, se llamaba Puerto de Buenos Aires.

Soy Juan y soy María. Y soy José. Y Rosa. Y todos lo juanesmaríasjoséyrosas que caminamos en grupos, callados a veces. Otras cantando… Soy “Yo te daré,/ te daré, niña hermosa,/ te daré una cosa,/ una cosa que empieza con P: PERÓN”.

Dice el poeta que soy “el subsuelo de la patria sublevado”… podría ser, quien sabe. Si la mezcla de temor y de esperanza representados en un hombre y la necesidad de que ese hombre no se termine es sublevación, podría ser. Todavía no lo se. Probablemente, nunca tome conciencia. Pero también soy la Historia. La piedra molecular que edifica el mito. El vector constitutivo de una argentinidad nueva e iniciática, llena de sudor y de derechos.

Eso sí: lo de subsuelo soy seguro. Porque soy raíz, soy tierra negra. Mineral, piedra caliza, napa de agua limpia y fresca que surge de la única bomba de mi barrio… A cuatro cuadras de casa, o a cuarenta. No importa. Hay agua corriente. Y electricidad. Y ya llegan las cloacas porque Perón cumple y Evita dignifica.

Eva soy, recorriendo sindicatos, talleres, fábricas en busca de los apoyos en la urgencia para reclamar por Juan Perón; soy Cipriano Reyes asegurando que él había “hecho” el 17 de octubre… soy la muchachada obrera de los frigoríficos del sur, de pie en la madrugada de ese día para llegar caminando a la Plaza de Mayo a eso de las 4 de la tarde. Soy los curtidores de Avellaneda y las hilanderas de Berazategui o Vicente López; los cerveceros de Quilmes, los peones de San Isidro, los gráficos de La Matanza…

Soy todo octubre: mes revolucionario si lo hay en cualquier calendario político que se precie. El Octubre Rojo de la revolución bolchevique (los puristas dirán que fue en noviembre); el Octubre de Mao proclamando la República Popular China; el Octubre de la batalla de Cepeda donde, por una vez, NO ganaron los porteños. Soy ese octubre del Che asesinado en La Higuera, Bolivia, y el de Rigoberta Menchú recibiendo el Nobel de la Paz. Soy el octubre esperanzado de la Ley de Medios que venía a traer un poco de transparencia en la información de la Argentina y el del final de los juicios de Núremberg, en los que el mundo pudo entrever un poco de justicia.

Pero sobre todo soy el 17 de octubre, transpiración y multitud: la dolorosa noche de ese día eterno que nos dejó los primeros dos muertos peronistas. Porque también soy Darwin Passaponti, 17 años, poeta, muerto de un balazo en la cabeza frente a las puertas del diario Crítica, el mismo diario que el 16 de octubre había tildado a Perón de “mito fascista”. Y soy Francisco Ramos, 21 años, muerto en el mismo incidente pero con menos suerte que su compañero ya que la historia oficial directamente lo ha ninguneado. Y soy los versos sentidos del joven Passaponti, militante de la Alianza Libertadora Nacionalista, que escribió:

“Quise cruzar la vida
con la luz del rayo
que el espacio alumbra,
seguro de no vivir más
que un instante,
seguro de no morir
debilitado.
Así como el rayo,
corto, breve y soberano”.

A partir de allí soy todos los muertos que pusimos en la Historia: Felipe Vallese; Mario Brión y el resto fusilados en los basurales de José León Suarez; Juan José Valle y tantos otros héroes de la Resistencia Peronista, María Claudia Falcone y sus compañeros de La Noche de los Lápices; Julio Troxler que zafó en 1956 y fue asesinado en 1974 por la Triple A; mi querido compinche del colegio Nacional de La Plata, Joaquín Areta y todos, todos y cada uno de los detenidos desaparecidos por la la dictadura militar; soy Jorge Julio López… soy, sobre todo, Héctor Timerman.

Soy nuestros presos políticos: los de la Fusiladora, los del Proceso y también los de la actual “República” sin derechos ni garantías.

Y soy, también, los poetas: Carlino y sus ojos de niño de 14 años sorprendido en medio de la muchedumbre del 17 de octubre; Jauretche y sus bellas palabras para describir ese día histórico: “Se llenó la Plaza de Mayo, se llenó sobre una corriente que duró todo el día y Buenos Aires se convirtió en una especie de fiesta, de columnas que desfilaban con banderas que recorrían la ciudad sin romper una luz, ni una vidriera y cuyo pecado más grande fue lavarse las patas en las fuentes porque habían caminado 15, 20 o 30 km o más algunos de ellos”.

Soy Marechal y su soneto que cierra:

De pronto alzó la frente y se hizo rayo
(¡era en Octubre y parecía Mayo!),
y conquistó sus nuevas primaveras.

El mismo pueblo fue y otra victoria.
Y, como ayer, enamoró a la Gloria,
¡y Juan y Eva Perón fueron banderas!

Soy Hugo del Carril cantando la Marcha con toda la garganta y Nelly Omar, tan “Evita Capitana”. Y Discépolo, muerto de dolor peronista por la incomprensión.

Soy la LEALTAD. Nuestro valor constitutivo. Aunque hoy, viendo el accionar de algunos dirigentes, pareciera que ha caído en desuso, el Pueblo, el verdadero Pueblo, sabe ser leal.

Soy. Cumplo 74 años. Pero voy a cumplir 100, 1000, porque… Perón, y Evita, y Néstor viven.

Soy ese eterno momento Viva Perón.