Escribe: Robi Villaruel

Ilustra: Maite Larumbe

–¡Qué pena, taparon la pirámide! –fue lo primero que oyó cuando llegó al centro de la Plaza.

Había poca gente todavía. Gabriel siempre quería llegar un rato antes para estar en el medio de la Plaza, aunque después terminara en cualquier lado. Le gustaba ver cómo hora tras hora cada rincón se iba poblando, como un teatro antes de cada función. El olor de las parrillas que empezaban a humear desde temprano, la música que tímidamente iba cubriendo el paisaje y los primeros rumores de los grupos que comenzaban a juntarse bajo alguna bandera o formaban rueda alegremente en los canteros siempre barrosos. Había algo de magia en esa ceremonia. Como cuando sonaba el timbre en el colegio y todos salían al recreo. Como los bailes de sábado a la noche en Tapalqué cuando llegaba temprano para estar cerca de la pista. Como cuando se iban juntando con los compañeros en el playón para planificar las salidas, las rutas y las redadas.

Villaruel el fantasma de canterville Maite Larumbe

–Me parece que hoy vino más gente que el 24, ¿no?– le preguntó una señora que, de un codazo gentil, lo movió hacia un costado y siguió camino por la Plaza llena sin esperar una respuesta. Atronaban las consignas desde el escenario y la lista de adhesiones que los locutores leían a los gritos no le dejaban distinguir bien la voz de la multitud a su alrededor. Se sentía parte de esa masa, uno más, uno de ellos. Siempre había sentido eso.

–No importa de qué lado nos puso la historia, Gabo, lo que importa es que la estamos escribiendo– solía decirle el Turco– ¡Pensá en todos esos giles que están sentados en su casa mirándola pasar, repitiendo como loritos todo lo que les dicen! No, Gabo, nosotros somos parte de algo. De algo grande–.

Se detuvo a mirar a un grupo de jóvenes que fumaban alegremente mientras escribían los pañuelos blancos con consignas. La juventud lo obsesionaba ¿No eran muy jóvenes para estar ahí? ¿Acaso él mismo no había sido muy joven para estar ahí? ¿Al final todo había sido una historia de jóvenes contra jóvenes?

Un empujón lo devolvió al alboroto de la multitud. El contacto con los cuerpos lo ponía en guardia, la masividad era lo único que le permitía considerarlos personas.

–No son gente, Gabo. Son cuerpos, son información. Son nuestro triunfo– resonaba el Turco en su cabeza.

La Plaza ya estaba llena ¿Por qué siguen? ¿Cómo es que todavía están ahí? ¿Por qué cantan? ¿Por qué ríen? ¿Por qué gritan? Gabriel sabía que eran preguntas que quedarían sin respuesta. O que, en todo caso, le llevaría lo que quedaba de vida encontrar alguna. Como los cuerpos.

–Los cuerpos son información, Gabo–

Él no tenía toda la información. Había algo que ni el dolor sin límite ni su paciente tarea sobre cada uno de esos cuerpos le habían podido revelar. Un secreto profundo, inescrutable, que se iba con ellos al fondo del barro, que lo había seguido desde entonces como una presencia, un tatuaje indeleble, que ya era parte de su vida ¿Por qué seguían? ¿Por qué callaban? ¿Por qué estaban?

–¡Presentes!– lo sacudió el grito a su alrededor y volvió a sentir que ése también era su lugar. Siempre había sentido eso.

A veces, creía reconocer a alguno entre la gente o quedaba petrificado al descubrirlos, renacidos, en alguna de las caras jóvenes que se le cruzaban.

–¡A donde vayan los iremos a buscar!– cantaban los cuerpos apretujándolo contra la reja de la Pirámide.

–Parece joda, Gabo, ellos siguen apareciendo, cada vez son más y nosotros…nosotros vamos desapareciendo. Cosas de esta vida puta… ¡Pero nosotros también somos muchos!– el Turco también era una presencia.

–¡A donde vayan los iremos a buscar!– cantaban los cuerpos apretujándolo contra la reja de la Pirámide.

–Yo también los busco– pensó. –Yo vengo siempre acá a buscarlos– ¿Se imaginan? ¿Me ven? ¿Saben?

De pronto, hubo un cambio de clima. La masa comenzó a flamear como una gigantesca bandera al viento.

–Ahí vienen– pensó.

–Estamos hechos de tanos y judíos, Gabo, las madres nos tienen que cagar la vida… ¡Y estas viejas de mierda nos la cagan bien cagados! Pero, ¿sabés qué, Gabo? Ellas sin nosotros no son nadie ¡Fuimos nosotros las que las parimos!–

El estruendo colectivo le tapó la voz al Turco en su cabeza y lo depositó en el medio del mar de pañuelos blancos que agitaban la noche frenéticamente. Algo en su pecho se agitaba también. Sintió unas ganas incontenibles de correr. Amordazado por el griterío, inmovilizado por manos y cuerpos que lo tocaban, lo empujaban, lo rozaban, lo miraban. Un ardor insoportable lo laceraba y solo atinó a taparse los genitales y acurrucarse en posición fetal.

–Señor, ¿se siente bien? ¿Quiere un poco de agua?– Sintió que los ojos de la joven emponchada en una bandera lo calaban hasta el hueso. La mano caliente sobre su hombro
fue la descarga que lo sacó de su letargo.

– ¡Sacame la mano de encima, pendeja de mierda!– pegó el alarido y comenzó a abrirse paso con trompadas y codazos. Ni los golpes de algunos palos detuvieron su carrera furiosa hasta el claro de la esquina. Tanteaba infructuosamente sus bolsillos en busca de la 45 inexistente. Desarmado, desarrapado y con el pecho apretado por una sensación que no comprendía del todo, se sentó en la escalera del Banco Nación a mirar la multitud que parecía ni haber registrado su periplo enloquecido.

–Paso a través de la gente– se relajó divertido pensando que León nunca habría imaginado cantar esa canción para un tipo como él. –No saben, no imaginan– Se incorporó lentamente, observando el panorama, reteniendo cada detalle la Plaza, su Plaza ¿Por qué siguen? ¿Para qué siguen? ¿Qué pasará con nosotros cuando no estén?–

Se detuvo en un quiosco, recargó la SUBE y se desvaneció en las entrañas de la ciudad. Compró un atado de cigarrillos y los guardó en el bolsillo donde debía estar la 45.

Publicada originalmente en Revista Hamartia #32