Escribe: Johanna Cura
Ilustra: Luciana Capece

La biomedicina como discurso dominante se encargó del ordenamiento de nuestros cuerpos. La caza de brujas se produjo de manera autoritaria y siniestra y su objetivo primordial fue la instauración de un sistema político: el Capitalismo. Se persiguieron y asesinaron mujeres que no sólo ejercían la medicina sino que la habían inventado. Así nació el control de los úteros como “territorio político” en manos de los hombres y el supuesto Estado. Matando, reprimiendo, controlando la vida y la muerte.

Vigilar y castigar nuestras baginas - Luciana Capece

Muchas mujeres decidimos ser madres enfrentando los estereotipos y modificando las reglas, tanto del ámbito doméstico como del ámbito público. La ruptura de dichos modelos nos ha sorteado nuevas complejidades, desde la difícil experiencia de maternar, hasta el ejercicio de una independencia económica. Economía que no se reduce al capital, sino a practicar en el ámbito público nuestros derechos.

Hoy, muchas mujeres les hacemos saber a los profesionales de la salud cuáles son las prácticas que ya no consensuamos para parir: si queremos o no medicinas, si queremos movernos libremente durante el trabajo de parto sin monitoreos ni presiones médicas, parir sin ataduras, en cuclillas o de la manera más cómoda para nosotras mismas. Y lo mismo para nuestrxs hijxs: poder brindarles el pecho o un abrazo apenas nacen sin que exista una separación innecesariamente inmediata.

EL DISCURSO MÉDICO DOMINANTE APARECE COMO DISCURSO DEL AMO, DEJANDO A LAS MUJERES Y PERSONAS GESTANTES EN UN LUGAR PASIVO Y SIN LA POSIBILIDAD DE
PREGUNTARSE POR LAS PRÁCTICAS EJERCIDAS SOBRE ELLAS Y SUS BEBéS.

Actualmente, en la Argentina, tanto en hospitales públicos como privados, las mujeres embarazadas sufren durante la gestación, el parto, y el puerperio, todo tipo de abusos por parte de médicxs, enfermerxs y anestesistas. En un estado de vulnerabilidad emocional y física, suelen depositar toda la confianza en el saber científico, limitándose sus derechos a transitar el embarazo, parto y puerperio con libertad y salud.

El discurso médico dominante aparece como discurso del amo, dejando a las mujeres y personas gestantes en un lugar pasivo y sin la posibilidad de preguntarse por las prácticas ejercidas sobre ellas y sus bebés. La naturalización de estas prácticas compromete la subjetividad y el propio cuerpo de las gestantes: las emociones quedan opacadas y reducidas por las decisiones de lxs profesionales de la salud, lxs “portadores del saber”.

Graciela, de 33 años de edad, presentó recientemente una denuncia al INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo). Estando de 38 semanas de gestación, luego de un ansiado embarazo y junto con su compañero Federico se dirigieron al Hospital Italiano de San Justo. “Estaba en la sala habitación de maternidad cuando una de las enfermeras que estaba allí me dijo, mientras colocaba Misoprostol en mi vagina: ‘No te quejés tanto que el dedo de mi compañera es más pequeño que el pene de tu marido y ni te cuento que la cabeza del bebé, así que mejor relajate’, me sugirió en tono punzante”.

A Graciela le inyectaron una ampolla de Nalfubina, un opioide desaconsejado para embarazadas que puede afectar la parte respiratoria. Ella había expresado en todo momento su voluntad de estar completamente lúcida para el momento del parto. No se la escuchó. Le aplicaron la ampolla y la doparon.

La jefa de cirugía del Hospital Italiano indicó que se realizara la maniobra de Kristeller, una técnica utilizada para que el bebé salga con mayor rapidez a través del canal vaginal empujando con los puños o el antebrazo la parte superior del útero, coincidiendo con la
contracción y el empuje de la madre. Dicha maniobra, que no tiene fundamento médico en los casos de cesáreas, fue realizada por el anestesista, un hombre de gran porte, que ejerció con todas sus fuerzas presión sobre el útero de Graciela. Esta maniobra se utiliza en uno de cada cuatro partos y el 26% de los bebés tiene secuelas: dificultad respiratoria, fracturas o hematomas. La propia OMS (Organización Mundial de la Salud) la considera una práctica poco segura, anticuada y riesgosa, ya que podría provocar el desprendimiento de la placenta y ruptura uterina, o bien, fracturas en el bebé.

“‘No te quejés tanto que el dedo de mi compañera es más pequeño que el pene de tu marido y ni te cuento que la cabeza del bebé, así que mejor relajate’, me sugirió en tono punzante”

A Graciela, durante el parto, lxs cirujanxs le cortaron la vejiga. Le dieron el alta médica inmediatamente a pesar de los dolores. “No podía orinar, me obligaban a pararme y me culpaban de no colaborar. Yo manifesté reiteradas veces mi imposibilidad de orinar y me di cuenta de que en la sonda había sangre. Creo que no les importó lo que sentía, no registraron ni mis dolencias ni mis síntomas”. “No podía caminar por los intensos dolores, que eran mucho más fuertes que los del propio trabajo de parto… Muy doloroso”. Lxs médicxs le sacaron la sonda y la obligaron, junto a su beba, a retirarse del hospital. Le recomendaron fajarse y beber dos litros de agua por día.

Al llegar a su casa, el tamaño de su vientre era mayor al del día previo al parto. La orina, en vez de estar contenida en la vejiga, se había derramado a la zona del peritoneo. La derivaron a quirófano en estado crítico por sepsis generalizada, encontrándose comprometida su vida. ¿Fajada? Sí. Y en todo sentido. Dañado su cuerpo e intervenido su vínculo materno-filial. “En estas condiciones no podía sostener a mi hija”. Riesgo de vida para ambas. ¿Qué más importante que ese vínculo primario? No hay una sin la otra.

Por si esto fuera poco, Graciela recibió un golpe en el cráneo en el hospital producto de una caída por una mala maniobra del personal de salud.

Pasó varios días en terapia intensiva, sin su hija por casi veinte horas. La beba no recibió leche maternizada ni cuidados personales durante ese lapso.

Esta es la historia que le impusieron a Graciela, pero también es la huella radical e identitaria que quedará en la historia de su hija que, llegando a este mundo, ya recibió la primera clase de patriarcado. En este sentido, el acto de denunciar reivindica la violencia del sistema médico hospitalario como también del sistema simbólico. Esa futura adulta sabrá que su madre ha luchado por todo esto. Ésa también será parte de su historia. Porque no es lo mismo vivirlo en soledad que con la otra. Éste es tan sólo un caso. Hay muchísimos más. Hemos salido de las sombras para nombrarnos nuevamente sin que
nos cacen.

Hacer valer nuestros derechos es hacer valer una distribución más justa del poder, en donde el respeto hacia quienes nacen como madres y quienes nacen como hijxs estén en primer plano, independientemente del sistema que históricamente nos toque atravesar.

La ley 25.929 garantiza, entre otros, tu derecho a:

• Un parto normal, que respeten tus tiempos

• Que no te discriminen

• Que se respete tu intimidad

• Elegir a la persona que te acompañará durante el trabajo de parto, el parto y el posparto

• Que tu bebé esté en su cuna a tu lado, durante toda la internación (a menos que necesite cuidados especiales)

• Que vos y tu familia reciban toda la información necesaria, en un lenguaje claro, sobre tu estado y la evolución del parto y del bebé

• Conocer los beneficios de amamantar y los cuidados que necesitan, tanto el recién nacido como vos, en esta etapa de la vida

• Conocer los efectos negativos del tabaco, el alcohol y las drogas.

Publicada en Revista Hamartia #33