Nadia Larcher nació en Andalgalá, Catamarca, y fue de la primera generación de su familia que nació en un hospital en el pueblo y no en las montañas. Desde allí, ella, potencia, dolor y ternura, viajó por todo el país con los sonidos de la quebrada.

Actualmente radicada en Buenos Aires, la cantautora e integrante de proyectos como “Don Olimpio”, “Seraarrebol” y “Proyecto Pato”, conversó con Hamartia sobre los devenires de la canción criolla.

Escribe: Francisco Figueroa

Fotografía: Veronique Pestoni

 

Nadia Larcher cantautora popular

¿Cómo fueron tus primeros acercamientos al folklore?

El folklore estaba en mi casa desde que tengo conciencia. Mis viejos hacían música como parte de su estar. Yo siempre pensé que se enamoraban cada vez que cantaban juntos de nuevo. Mi papá es mecánico y mi mamá ordenanza de una escuela, y cada vez que terminaba la jornada hacían el ritual de encontrarse en la cocina y cantar.

A eso de los diez años comencé a aprender guitarra. Fue ahí que me vinculé con maestros y otros chicos del pueblo, que también hacían música. Empecé a jugar, a inventar y a conocer un universo nuevo. Primero llegó el folklore, pero a medida que iba conociendo músicos y músicas de Andalgalá se abrió más el espectro de la música popular y apareció el rock: The Beatles, el Cuchi Leguizamón…

Mi primer maestro —ahora amigo y padre musical—, fue Luis Gerardo “Pipo” Cecenarro, quien durante mucho tiempo formó músicos allá. En Andalgalá no tenemos escuela de música, somos un número más en la estadística de la falta de desarrollo y financiamiento de las culturas provinciales: un pueblo de 25.000 habitantes con megaminería, pero sin escuela de música ni bibliotecas. Es nefasto. Personas como Pipo abrían su casa, iban formando grupos y vinculándonos entre nosotros. Ahora hay grupos de músicos que estamos por todo el país.

Fuiste la primera generación de tu familia que nació en el pueblo de Andalgalá y no en la montaña ¿Qué traés de la montaña?

De a poco estoy volviendo a reconstruir mi identidad como campesina de montaña, no por mí, sino por mi linaje. A partir de todos los relatos de mi madre, que nació en la montaña, y mis abuelas, que también nacieron allí. Montañas de 3.000 metros de altura. En mi familia eran pastores, criaban cabras y creo que hay toda una construcción de relatos, de un hacer, de un tiempo que viene de ahí. No está en la superficie, en la literalidad de la canción, sino más atrás, en un gesto expresivo o en una manera de pensar.

Nadia Larcher cantautora popular

Cuando las provincias teníamos la posibilidad de generar contenido, con la TDA (Televisión Digital Abierta) y Canal Encuentro, hice un viaje por el interior de Catamarca que se filmó y se registró. Se llamó “El país de la vidala”. Parece muy lejos, pero no hay que olvidarlo, porque gracias a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual nosotros podíamos participar con contenido y no estaba todo centralizado en Buenos Aires. Ese viaje me devolvió algo. Yo pensaba que iba a descubrir la vidala en el medio de la montaña y lo único que descubrí fue que ya conocía todo eso, esos lugares, esos modos, esa manera. Ahí volví a entender ese linaje campesino, que también trae una música, una manera de sonar particular. Porque, como me explicó Don Eusebio Mamani —un coplero de allá—, la geografía, el territorio, también determinan la geografía del sonido. El sonido está totalmente atravesado por lo que le pasa al cuerpo. Él cuenta que, al bajar la montaña, las voces se quiebran, y si uno va cantando bajando la montaña se genera un quejido, el gesto expresivo de la vidala.

Hace siete años viniste a vivir a Buenos Aires ¿Con qué panorama del folklore te encontraste?

Buenos Aires está lleno de músicos y músicas migrantes que vienen de las provincias, que se están yendo, y es muy interesante porque son músicas en tránsito.

Es el músico que llega con todo lo que tiene, con lo que le dio su tierra, y empieza a mezclarse con otro que trae otra tierra, y se arma un tejido de hebras diversas. No es nada nuevo, viene sucediendo desde el cuarenta con los primeros “cabecitas negras”. Hoy los músicos, en vez de cabecitas negras, están un poco más aburguesados, pero igual pasan cosas interesantes. Por otro lado, se repite mucho la frase “Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires”, lo cual no es verdad. Hay ejemplos muy interesantes de músicas y músicos que se quedaron en sus lugares a gestionar la vida cultural de sus pueblos.

Es una responsabilidad que tenemos, como parte de la comunidad. El estereotipo del músico rápidamente lo aísla de su comunidad. Es una operación muy fuerte, porque cuando no tienen comunidad empiezan a estar en el aire y se diluye su rol de comunicador: ¿Qué está cantando? ¿Para quién? ¿Por qué? Yo ahora, como mujer, estoy en este tiempo, tengo mi comunidad de mujeres, que para las músicas fue una salvaguarda muy importante identificar nuestra comunidad.

la industria está impidiéndonos que le cantemos a nuestro pueblo, porque copta espacios y nos invisibiliza

¿Cómo ves la relación hoy en día entre el folklore y la industria?

La masividad es lo que termina generando es desconexión. Un amigo me dijo una vez que en los detalles está la ideología. Cuando perdemos los detalles, dejamos de saber con precisión para quiénes cantamos, perdemos la ideología. El problema más grande con la masividad es que al no haber leyes que den lugar a la difusión de otros artistas, la industria mata la posibilidad de que sean escuchados. Entonces tenemos cercos mediáticos para acercarnos al pueblo. En nuestras provincias, el común de las personas escucha más a artistas que suenan en la radio y son de otro lado que a quienes venimos de ahí, y eso tiene que ver con los medios.

Por eso la ley de medios, que garantizaba un espacio, que solicitaba que las radios locales difundieran artistas locales, era algo interesante y generaba esa diversidad. A veces, cuando celebramos la idea de lo independiente en la música, nos alegramos con muy poquito. Porque, en realidad, la industria está impidiéndonos que le cantemos a nuestro pueblo, porque copta espacios y nos invisibiliza, irradia tantas luces que a todos los que estamos haciendo música por otros lados no se nos ve. Es un momento de la historia de nuestro país en que necesitamos ir a buscar a nuestra comunidad.

¿Qué papel juega la música, como construcción colectiva, en este momento del país?

Es súper importante hoy en día estar cantando y tocando, y a la vez es muy difícil, porque la gestión también lo es. Están cerrando los espacios y cada vez hay menos gente con tiempo para abrir otros nuevos y para hacer gestión cultural.

Sin embargo, creo que en este momento la música más que nunca tiene la función de generar miradas diferentes, sensaciones. Cuando generamos sensaciones diferentes nos despertamos. En algún punto, lo nefasto de estar en crisis es que nos automatizamos en sobrevivir, estamos muy preocupados en cómo pasar el día. Todo lo que se está resintiendo a nivel cultural con este gobierno va generando un adormecimiento, y frente a eso hay que ir a movilizar los corazones. Primero a nosotros mismos, pero no como algo mesiánico, sino en el sentir del compartir, “acá estamos cantándonos para llenarnos de fuerza”. Que la alegría sea en serio, para tener espíritu de lucha y de combate, que no es lo mismo que entretener para distraer.

Nadia Larcher cantautora popular

Alguna vez dijiste que en Buenos Aires hay cierto consumo de la música popular desde un lugar burgués ¿A qué te referís con esa frase?

En Buenos Aires hay todo un mundo que se consume de otra manera: muchas veces los músicos que venimos desde otros lados nos quedamos muy cómodos tocando en espacios que son para un pequeño público que puede acceder a un determinado consumo cultural, que puede pagar la entrada, que tiene cierta formación que hace que no haya ningún riesgo ni interferencia con lo que está pasando.

Es ahí donde perdemos la sensación del vértigo, de la rebelión que puede llegar a significar el arte en las personas. Todo lo que digo me lo estoy diciendo a mí misma. Hay que poder desafiar también con lo artístico. Este adormecimiento no es de las clases bajas solamente, también es de una élite cultural que entiende perfectamente lo que le están diciendo y no vuelve a su casa con preguntas sino con certezas, seguro de que lo que sabe está bien. Un arte que no genere preguntas es un arte un poco insípido.

¿Cómo hacer para romper eso?

Nuestro trabajo es hacer preguntas que nuestra clase social no se está haciendo. No significa que nosotros tenemos las verdades, sino que debemos tomar el riesgo de saltar a lo que no conocemos, aunque moleste. Siempre ponemos la transformación en el receptor, pero para mí la transformación está en el artista. El riesgo es que después de un trabajo artístico vas a ser otro diferente, y tenemos miedo a eso, a desarmarnos completamente. Los artistas que más admiro son aquellos que se desarmaron a sí mismos para generar las preguntas, como Spinetta, el Cuchi Leguizamón, Luis Franco, Liliana Herrero, Mercedes Sosa, Daniel Santoro. Me encanta la imagen del cantor en una ronda, como uno más. Nos vuelve a una idea de que no hay algo especial en lo que hacemos.

Formás parte de tres proyectos distintos, cada uno con su respectivo álbum ¿Hay alguna canción que te identifique más de cada disco?

En “Proyecto Pato” estamos presentando una Suite, que es un concepto que se usa mucho en la música académica y algunos compositores hicieron ingresar en la música popular, donde pasan cosas interesantes, como que se junten un huayno y un bailecito. Estamos haciendo una obra que se llama “Piedra Sola”, inspirada en el primer libro homónimo de Atahualpa, el cual escribió cuando decidió recorrer a caballo los pueblos del país. Luis Gentilini toma esa idea y homenajea a su amigo, y vamos a presentar eso. Allí hay una  canción de las que más me moviliza que es “Lamento del peón curtido”, con la cual tuve sensaciones de todo tipo cantándola.

Un arte que no genere preguntas es un arte un poco insípido

De “Don Olimpio”, “Tan alta que está la luna”, una vidala preciosa que recopiló Leda Valladares, sobre el contacto con los astros, la poética de mirar el espacio sideral. Y de “Seraarrebol” también hay canciones hermosas. Una que no está en el disco se llama “Andalgalá”, compuesta por Nacho Vidal, la cual habla de mi pueblo y fue la canción que nos conectó. También el poema recitado “Muerte fabulosa de los caballos”, que es de Juan Andrés Despouy, un poeta de San Luis que imagina cosas que parecen inherentes a la vida humana, que parece que no fueran a desaparecer nunca y de pronto mueren, y entonces cuenta cómo nuestra vida cambiaría completamente si los números, los caballos o la luna no existieran.

Como profesora de letras, ¿qué libros te influenciaron a la hora de hacer música o interpretar?

Hay un escritor riojano que se llama Daniel Moyano sobre el cual hice mi trabajo final en el profesorado. Moyano era un músico que escribía literatura, por lo que sus percepciones y sensaciones eran musicales, pero las expresaba escribiendo. Obras como “El Trino del diablo”, “Tres golpes de timbal”, “Un silencio de corchea”, o libros de cuentos como “Mi música es para esta gente”, están atravesados por la sensación de la música, como si la música fuese unas hebras del telar y la literatura lo otro. Cuando lo leí, los mundos de la literatura y la música terminaron de unirse.

Actualmente estoy con un proyecto cuyo objetivo es leer la obra de Luis Franco, un poeta e intelectual de Belén, al Oeste de Catamarca. Implica buscar los libros, recopilarlos, saber qué escribió y cuáles fueron sus facetas.

Por un lado, quiero recopilar todas las canciones que están sueltas. Existen muchos compositores que trabajaron sobre sus poemas. Y así armar una suerte de cancionero de su obra; por otro,  convertirme en un puente entre compositores y la obra de Franco para que les llegue esa poesía y ver si se produce la alquimia de la canción.

¿Qué significó estar en el homenaje a Mercedes Sosa en el Festival de Cosquín?

Fue algo hermoso, místico. Pasó algo ahí que fue más allá del espectáculo. Fue como si se notara que el pueblo y nosotros la extrañábamos muchísimo y, quienes esa noche cantamos las canciones que eran sus hijas, su bastión de lucha y de resistencia, sentimos que el pueblo abrazaba a Mercedes a través de nosotros. Era la primera vez que cantaba para un público tan masivo, y fue increíble ver lo receptivo que estaban a canciones como “Razón de vivir”, “La cigarra”, “Sólo le pido a Dios”, “Los hermanos”… Canciones realmente revolucionarias. Siento que fuimos a poner el cuerpo para que la gente abrace a Mercedes, a poner la voz para que el pueblo se reúna nuevamente con su cantora.

Publicada en Revista Hamartia #33