Escribe: Nuria Giniger *

En la Declaración Universal de Derechos Humanos, en el artículo 27, se plantea que todas las personas tenemos derecho “a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten”. Esta Declaración recogió los consensos internacionales imprescindibles para salir de la Segunda Guerra Mundial y del genocidio nazi-fascista. Es una proclama que establece un piso de derechos económicos, políticos, sociales y culturales, conquistados en un mundo que tiene la capacidad de proveer bienestar a todos los habitantes de la tierra. Sin embargo, es una declaración incumplida: la desigualdad, las guerras, invasiones, el desprecio por la vida y la represión a las luchas contra la opresión se extendieron y profundizaron.

Los últimos cuatro años fueron para la enorme mayoría del pueblo argentino, la constancia más cabal de que como dijo el escritor premio nobel José Saramago, “los derechos humanos y la democracia son incompatibles con el capitalismo”. El macrismo vino a arrasar con toda la política de integración solidaria regional y nacional, persiguió y encarceló a dirigentes populares, desmanteló las posibilidades de soberanía económica y profundizó las desigualdades sociales. Intentó destruir la organización popular, estigmatizando y reprimiendo, pero se encontró con un pueblo dispuesto a luchar. Y con les trabajadores de la ciencia y la tecnología también.
Entre las cientos de tareas pendientes para reconstruir nuestra Patria, recomponer el tembladeral que dejó el cientificidio macrista es una de ellas. Las buenas señales son que Alberto Fernández asumió y restituyó –entre otros– el ministerio de ciencia, tecnología e innovación. Pero además, puso al frente del MINCyT a un militante, a un compañero que estuvo participando sin cesar con todes nosotres de las luchas del sector: en las tomas del ministerio, del INTI, en las ferias de ciencia, en la marcha de antorchas a Plaza de Mayo, en las radios abiertas, en las audiencias públicas, en cada una de las acciones que hicimos estos cuatro años para frenar la destrucción del sistema público de ciencia y tecnología. Roberto Salvarezza viene planteando que la urgencia es recomponer las capacidades básicas de nuestro sector y esto significa sacar de la línea de pobreza a becaries y administratives; aumentar los subsidios, la cantidad de ingresos de investigadores al CONICET, el presupuesto de los institutos, abrir las paritarias para un convenio colectivo de trabajo en CONICET, entre otros temas acuciantes.
La reparación de urgencias tiene que poder restituir las posibilidades de producción científica y poner un freno a la fuga de cerebros, para desde allí, trazar las líneas de constitución de una ciencia soberana. En este sentido, nos parece que la política de esta nueva etapa debiera incluir tres aspectos: por un lado, la universalización del conocimiento. Alberto en su discurso de asunción planteó la responsabilidad de la ciencia en favorecer al desarrollo y facilitar el acceso de todes a la producción científica. Esto debe implicar remover las bases elitistas y meritocráticas de los sistemas e instituciones de ciencia y tecnología. Para el liberalismo, masividad y calidad son elementos opuestos. Para nosotres, lo contrario. La ciencia y la tecnología debe ser producida y consumida masivamente por el pueblo y para eso debe dejar de ser un bien producido por una elite y consumido por empresas que la revenden haciendo ganancias fabulosas para sí mismas.

El conocimiento no puede ser una mercancía más, pues forma parte de aquellos bienes culturales que favorecen al bienestar de las mayorías.

Por otro lado, y en esta misma dirección, la política de ciencia y tecnología debe incluir la producción industrial pública como eje transversal. La reapropiación de los conocimientos científico-tecnológicos por parte del Estado, las organizaciones populares y les trabajadores en general, es la clave para el desarrollo de nuestro país en temas centrales como salud, vivienda, igualdad de géneros, energía, alimentación, trabajo. El gobierno anterior pretendió -para dividir al movimiento de cientificxs- instalar una dicotomía entre ciencia útil e inútil, asumiendo que aquella ciencia que puede escalarse a servicios tecnológicos que recogen las grandes empresas es la que sirve. Por el contrario, el conocimiento crítico siempre sirve. El desafío está en construir una forma de producir ciencia y tecnología que escale en el sentido del bienestar material y simbólico de las grandes mayorías postergadas; que se interese menos por el prestigio individual del paper o la venta de la patente, y más por ciencia y tecnología articulada a empresas públicas, sociales, cooperativas y organizaciones populares integradas solidariamente en Nuestramérica.

El desafío es salir también de los enfoques corporativos de nuestros organismos de ciencia y técnica. Articular políticas de desarrollo con otros ministerios; proveer servicios científico-tecnológicos para la economía popular, sindicatos, movimientos sociales, estudiantiles, culturales; producir bienes tecnológicos (como en la CONAE o la CNEA) que puedan ser reapropiados y consumidos por las grandes mayorías.
Y finalmente, el nuevo MINCyT y el conjunto de la política científica tiene el desafío de federalizarse democráticamente. La jerarquización desigual que cada gobierno provincial le otorga a la ciencia y la tecnología debe ser compensado por el ministerio nacional, fortaleciendo la participación y organización de les trabajadores científicxs en las decisiones y en la articulación con otros sectores sociales.
En estos cuatro años aprendimos que la unidad en la lucha de calles y electoral era la manera de vencer al gobierno macrista. No nos unió el espanto, no unió la solidaridad y la esperanza. Hoy tenemos el desafío de mantenernos construyendo unides, respetando nuestras diferencias como fortalezas colectivas, para que no vuelvan nunca más.

*Nuria Giniger es investigadora del Conicet e integra la agrupación Liberación – Corriente de Universidad, Ciencia y Tecnología.