Escribe: Ayelén Reyes
Fotos: Agustina Luna Castro

Desde el 2013, sus cuentos han sido reconocidos en diferentes ocasiones: premio del concurso de letras del Fondo Nacional de las Artes (2013), finalista del Premio Hispanoamericano Gabriel García Márquez (2016), ganador del primer premio en la categoría cuento de la Fundación María Elena Walsh (2019). Es así como Tomás Downey y su pluma se abren paso y conforman parte de la lista de escritores contemporáneos argentinos que se destacan con su literatura. Revista Hamartia conversa con él y reconstruye su oficio como escritor, aquella posibilidad de ejercer la libertad que pendula entre el placer y el tedio.

Tomás Downey

Leer el cuento

“Yo soy el peor lector para mi propia literatura, soy el lector más crítico”

¿Cómo vivís tu literatura como lector?

Yo soy el peor lector para mi propia literatura, soy el lector más crítico. Muy cada tanto disfruto algo que escribí cuando lo leo, después de un tiempo, fresco, cuando casi parece que no lo escribí yo. Pero uno tiene el material muy encima. Todos mis cuentos los leí cincuenta veces literalmente entre correcciones. Entonces, mi lectura es buscando el error, no es tratando de disfrutarlo. No puedo ser lector de mí mismo. No voy a llegar a un punto en que lea los cuentos y diga: “Ah bueno, me gusta, ya está”.  Es más una cosa de cansancio. En algún punto de ya no querer corregir más. Uno sabe que está más o menos bien. Es más un desprenderse.

¿Qué tipo de sensaciones buscás proyectar con tus relatos?

No busco proyectar una sensación en particular o, por ahí, ese trabajo viene más durante la corrección. Cuando uno afina el cuento entiende para qué lado va y trata de que vaya lo mejor posible, lo más directo. Lo que sí suelo trabajar es la estructura del cuento, los momentos de suspenso, los momentos en que se tensa el relato, en que relaja de una forma totalmente intuitiva.

Después, escribo cuentos que podrían calificarse de terror, pero no busco dar miedo, no busco el efecto, sino más bien un climax siniestro que genere inquietudes, pero no golpes concretos.

Escribir el cuento

En relación a la escritura, después de los reconocimientos y publicaciones alcanzadas, ¿Crees haber desarrollado otro tipo de compromiso con tu trabajo? ¿Sentís más presión? ¿Ha cambiado en algo tu oficio?

No hubo grandes cambios en mi cotidianidad, digamos. Sí, por ahí, más trabajo, más posibilidades. Lo que por un lado está buenísimo, pero, por el otro, a veces, puede ser un poco paralizante. Uno escribe siempre pensando que a nadie le interesa lo que está escribiendo, que nadie va a leerlo. Uno trata de pensar que cuando escribe está solo, que no tenés un lector mirándote por sobre el hombro porque sino no podés escribir. Cuando tenés una editorial esperando que presentes tu libro es una presión que quizás te juega en contra, pero bueno, es lo que hay. Es mejor tener esa presión que no tenerla. Se trata de usar esa energía de manera positiva. Es como tener un deadline en la cabeza, como con los concursos. Uno se impone ese deadline porque lo ayuda justamente a terminar algo que, en definitiva, no está terminado nunca porque podría seguir reescribiendo y reescribiendo mis libros eternamente.

Adentrándonos en tu estilo narrativo, ¿Qué reflejos o reminiscencias de aquellos escritores que admirás repercuten en tus producciones?

De los escritores norteamericanos, por ejemplo, el realismo sucio con lo visual de Carver y esa forma elíptica de narrar. El formato del cuento, que ahora es el cuento clásico, pero era el contemporáneo y ahora ya se estableció. Es el cuento a la Hemingway en el que lo no dicho es lo que arma el relato. Tiene que ver con lo visual porque es una forma de narrar que te permite no decir lo que está pasando y donde el propio lector es el  que va hilando lo que hay por debajo. Me parece que es lo que a mí también me da mucho placer cuando leo como lector. Después, cuando empecé a escribir cuentos, a los veintipocos, leía a Samanta Schweblin, a Mariana Enríquez, a Falco y a Lamberti. Son cuatro cuentistas impresionantes, un poco más grandes que yo y leer a gente que estaba escribiendo acá, con una edad similar a la mía, me dio mucha libertad. Además, todos ellos, de alguna manera u otra, trabajan el fantástico  y al leerlos, me di el permiso de explorar ese territorio.

Yo soy el peor lector para mi propia literatura, soy el lector más crítico.

Se dice que tus relatos se encuentran enmarcados en el realismo extraño, ¿Cómo trabajás ese subgénero?

Me interesa mucho y me divierte. Muchas veces la idea surge de una anomalía, de imaginar un mundo muy similar al nuestro con una diferencia pequeña que es la definición de fantástico, la irrupción de algo. Ya eso sólo, cuando se te viene a la cabeza, tiene forma de cuento. Generalmente, una imagen te hace sentarte a escribir. No digo voy a plantear una situación y ahora vamos a ver qué puede suceder. En eso que sucede está el cuento. Eso viene antes. El cuento se construye alrededor de la rareza.

Y pensando específicamente en esta idea de rareza, teniendo en cuenta el estado actual de nuestro país con sus crisis económicas, políticas, sociales, muchas casi ficcionales ¿Existe alguna situación que creas que pueda condensar este realismo extraño, ser uno de tus relatos? Podríamos referirnos a aquella idea de la realidad que supera la ficción.

Esto del caso D’Alleiso, por ejemplo, es lo más reciente que se me ocurre. Me impresionó, me fanatizó seguir la historia. Era como una serie y hasta graciosa. La asocio un poco con escribir género en Argentina. Si uno escribe una escena de Ciencia Ficción, las máquinas  se rompen, no andan. Es como algo orgánico, algo natural. Esta historia es una ridiculez que parece una comedia de enredos, de espías. Una historia muy rica en ese sentido. Muy divertida, muy absurda y muy chota…

También, podríamos hablar de los recortes a nivel cultura o educación por parte del gobierno que son inverosímiles: el intento de cerrar los comerciales nocturnos de educación media o el traslado de la Escuela de Cerámica para lucrar con el terreno, por ejemplo…

Si obvio, que Macri, Peña o quien sea te digan “vamos, hay que remarla, hay que seguir aguantando”… Con eso podés escribir un cuento también, con ese tipo diciéndotelo por la televisión. Ahí ya tenés una contradicción de la que podría surgir una historia.

En tus cuentos, muchas veces, trabajás con los límites de lo moral. Se podría pensar en “Ver a un niño” y la cosificación de un chico en una suerte de circo o “En el lugar donde mueren los pájaros”, donde una de las protagonistas entierra a su hermana bebé. ¿Cómo trabajás la tensión que se genera en relación a esa libertad que te da la literatura para desarrollar comportamientos  que en la realidad serían condenados?

Justamente, es esa libertad que te da. Lo que puedo hacer cuando escribo es desaparecer en un punto con mi juicio. Uno siempre está juzgando lo que ve y escribir es un buen ejercicio para apagar un poco eso y para explorar una situación más allá de si es condenable socialmente o no, para buscar otras aristas, mirar desde otros puntos de vista y, en definitiva, que te ayuda a entender un poco cómo funcionan ciertas cosas. Lo que después no implica que en la vida real haya conductas absolutamente condenables. Pero poder hacer esa separación es fantástico.

Tomás Downey

¿Alguien que te haya leído que no pudo hacer esa disociación?

Sí, me pasa, obviamente… Hace tiempo fui a una especie de taller de lectura en Ituzaingó. Era toda gente más grande. Algunos me dijeron: “¿Por qué escribiste eso?” o “¿Qué son esas cosas que tenés en la cabeza?” Incluso mis padres cuando leyeron mi primer libro me dijeron: “Che, pero este cuento… de dónde sacaste estas ideas”. Primero me daba vergüenza y ahora, la verdad es que me río. No me hago cargo de eso porque no me puedo hacer cargo de eso cuando escribo. Sino no se puede escribir.

El arte alberga esa capacidad…

Sí, es amoral.

Muchas veces, literatura es analizada en relación a tópicos universales: el amor, la muerte, la libertad… ¿Pensás que tu literatura se construye desde ese lado y, en ese sentido, cómo se vincula con tu percepción personal  sobre el mundo?

La visión de uno se filtra siempre. Uno trata de apagar el juicio, pero siempre hay algo que se cuela. Uno trata de desaparecer, pero siempre está tu visión porque uno siempre está mirando desde sí mismo, ¿no?

Muchos de mis cuentos sí tienen que ver con experiencias propias que están absolutamente tergiversadas. Es cómo yo miro las cosas, pero muy deformado. Es lo que me interesa hacer también: llevar al extremo ciertos aspectos, ponerme en otros lugares, tratar de experimentar en la cabeza situaciones que pasé o similares, pero desde un punto de vista completamente diferente. Pensar en situaciones que atravesé, pero introduciendo un elemento completamente extraño. En definitiva, me doy cuenta de que siempre estoy escribiendo sobre la familia, el amor, la muerte. Son los tópicos sobre los que un poco escriben todos.

Autor del cuento

¿Qué es lo más difícil de ser escritor en nuestro país?

El desfinanciamiento de la cultura obviamente influye. Después nuestro país, al menos, dentro de la región, manifiesta una gran tradición lectora y de escritores. Depende con quién se compare uno también. El mercado de lectores es más o menos grande en comparación con otros países. Si uno lo compara con el de España es mucho más chico. Pero, a la vez, es un lugar interesante. Borges hablaba de eso. Hacía una comparación entre la literatura argentina y la literatura irlandesa como dos literaturas de los márgenes. Estar al margen lo que te permite es apropiarte de las líneas imperantes, tener una libertad que tal vez, uno no tiene siendo escritor norteamericano ya que ellos albergan una tradición mucho más profesional. Casi todos sus escritores son profesionales de la literatura. Existe una cuestión más formalizada. Nosotros desde el margen tenemos mucha más libertad, podemos hacer lo que queramos y quiero creer que es más divertido.

¿Cómo vivís tu escritura, la pulsión que te lleva a escribir? ¿Tedio o disfrute?

Están las dos cosas. La mayor parte del tiempo lo vivo como un tedio. Yo escribo casi todos los días. En algún momento, me impuse el hábito de hacerlo. Escribo mucho, pruebo mucho escribiendo. No pienso una historia y después la bajo a papel. Arranco con una imagen y ya empiezo a escribir y eso, muchas veces, no me lleva a ningún lado y el texto queda como un borrador del que después tomo la idea y, por ahí, empiezo algo nuevo. Ése es mi sistema. Sé que lo que estoy escribiendo es una práctica. Pasa que eso uno, mucha veces, no lo sabe hasta que más o menos se da cuenta dónde está. En esos momentos, cuando uno se pasa dos, tres  horas frente a la computadora y no sale nada obviamente que es tedioso, molesto. Pero están esos días en que las cosas fluyen, en que uno no se anda preguntando si esto va o no y directamente escribe. Esos momentos son fantásticos.

“Están esos días en que las cosas fluyen, en que uno no se anda preguntando si esto va o no y directamente escribe. Esos momentos son fantásticos, se disfrutan mucho”

¿En qué momento te das cuenta que tenés el libro de cuentos en la mano y que no es un rejunte de relatos?

Cuando me canse de corregir (risas). Depende. Tampoco tengo muchas experiencias como para sintetizarlas en una sola, pero el primer libro lo trabajé mucho tiempo, en talleres también y tenía muchos textos. Hice una selección, lo mandé al concurso y ganó. Si no hubiera ganado el concurso, quizás seguiría corrigiendo ese libro. El segundo libro fue un proceso distinto. Me convocaron de la editorial Fiordo, les mandé un conjunto de cuentos que tenía y con ellos decidimos cuáles iban. De hecho, dos de los cuentos los escribí al filo del cierre del libro y entraron… Si uno tiene tiempo sigue corrigiendo, pero, en algún momento, más que llegar al material definitivo es que uno toma la decisión  de empezar a asentar.

Y en relación a este proceso, ¿cómo elegís el título que va a enmarcar la antología?

El primero se me ocurrió en relación a una frase de un libro de Juan Pablo Roncone que también lo editó Fiordo. Un libro de cuentos que se llama Hermano ciervo que me encantó. El texto habla algo del tiempo, de una isla, no me acuerdo, pero era una frase que me quedó dando vueltas  y la reconvertí en eso y me gustó. Era un poco delirio porque también era mi primer libro y no tenía que ver con ninguno de los cuentos. En la editorial, al principio, no les convencía tanto, pero quedó y, en general, me parece que a la gente le gusta.

El segundo libro fue más fácil porque el cuento que le da título fue el primero que escribí. Un poco se organizó el libro alrededor de ese cuento. Es el que más me cerraba, el que más me gustaba y creo que funcionó para el libro. Me parece que tiene una atracción que genera interés.

¿Cómo te proyectás como escritor en el futuro?

No lo sé. Lo único que quiero es seguir escribiendo, también soy guionista. Ahora se terminó de filmar la primera película que escribí y la idea es seguir. Tengo otros proyectos en carpeta. Estoy traduciendo un libro de cuentos que se publicarían este año con una editorial nueva. Estoy con mi próximo libro. Van a ser tres, cuatro, quizás cinco cuentos largos. Un desafío nuevo para mí. Esa forma del cuento. El cuento breve se condensa bien, sobre el final está organizado en declive y estoy probando una forma, sin llegar a ser novela, más relajada  pero que te permite explorar también otro terreno. En el cuento hay que ser implacables con el hacha, cortar todo lo que sobre. Acá la idea es que tampoco sobre nada, pero sí te da más espacio, más aire y además, es algo nuevo que me divierte.

Por otro lado, estoy dando clases y son todas actividades que espero ir haciendo cada vez mejor e iré viendo. La verdad que hasta ahora tuve siempre sorpresas agradables.

Publicada en Revista Hamartia #33