Escribe: Daniel Rosso
Ilustración: Matías Chenzo

El resultado de las PASO sorprendió a los ejércitos de Trolls y al uso gubernamental del Big Data. Entre la reposición de las cadenas argumentales y la impotencia de los eslabones metonímicos.

Toda elección es un acontecimiento misterioso. El elector elige sin que su decisión logre ser capturada téc­nicamente: su voz no es reproducida con eficacia, por lo general, ni en las encuestas previas, ni en las bocas de urnas, ni en los más finos análisis políticos. El pueblo habla a través de sí mismo. La construcción de la volun­tad general sucede en inmanencia.

Sin embargo, el gobierno y los gran­des medios han insistido con que la construcción de la voluntad general ya no sería una tarea de los discursos políticos sino de una serie de inter­venciones micro en las conciencias y prácticas de los ciudadanos. La política sería suplantada por diversos dispositivos técnicos. Veamos.

 

Rosso-Profesores
Ilustración: Matías Chenzo

Big Data

Se trata de una expedición del poder a las mentes individuales de cada uno de los votantes. En su versión más tecnofílica, cada elector sería repre­sentable en un pizarrón digital de grandes proporciones en el que apa­recerían las mentes de esos votantes con sus contenidos visibles. Luego, se podría dirigir a cada una de ellas un discurso personalizado como si se actuara con una aguja hipodérmica. Pero no se trata de la vieja aguja de Harold Lasswell en la que un emi­sor superpoderoso inyectaba en el receptor sus mensajes, sin interme­diaciones. En ese caso, el discurso se producía en emisión y se dirigía a esas mentes vacías que no presenta­ban resistencias.

En la variante Big Data, por el con­trario, la mayoría de los contenidos ya están presentes previamente en la recepción. La expedición a cada una de esas conciencias aisladas no es para inyectar grandes novedades: en buena medida, sólo moviliza y le da mayor intensidad a lo que ya está en ellas. El Big Data es un dispositivo que funciona casi exclusivamente en la instancia de recepción. No actúa bajo el imperativo de llenar una mente vacía: introduce apenas algunos estí­mulos emocionales que activan o intensifican elementos ya existentes en esas conciencias y en esos cuer­pos a los que se busca manipular. Es una maquinaria de precisión, no de volumen.

En su versión gubernamental, el Big Data funciona como una inversión del procedimiento planteado por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista: el pasaje de la conciencia de clase en sí a la conciencia de clase para sí. Lo sabemos: la primera, en la versión de estos autores, es el territorio del sentido común burgués; la segunda, es el campo emergente de un nuevo sentido que coincide con el interés de la clase revolucionaria. En el uso gubernamental, el Big Data es un dis­positivo técnico en escala que busca clausurar las conciencias en el nivel de clase en sí. Por supuesto: a dife­rencia de esta versión ilustrada del pasaje entre niveles de conciencia – que hace exclusiva referencia a los contenidos racionales – el objetivo principal de estas técnicas es, sobre todo, movilizar y extremar estados emocionales.

¿Qué rol tienen las emociones en las redes sociales? Entre otros, producir el desplazamiento inmediato y per­manente de los ciudadanos desde las posiciones de recepción hacia las de emisión. En los medios analógicos, este pasaje era muy dificultoso: el que recibía información o incentivos emo­cionales no podía actuar inmediata­mente como emisor (salvo con un mensaje a la radio o con una carta de lectores al periódico). Bien, los estí­mulos emocionales descargados por el Big Data sobre una conciencia indi­vidual, tienden a generar esa moviliza­ción intensiva del ciudadano entre sus posiciones de recepción y emisión.

¿Hay otro uso del Big Data? Por supuesto: puede activar el sentido común pero, también, puede resque­brajarlo. Es posible insertar estímulos emocionales para producir el pasaje desde el sentido común hacia nuevos sentidos emancipatorios. Además, el Big Data es también una trama de acumulación, análisis y uso de infor­mación en grandes volúmenes que pueden ser utilizados para la cons­trucción de más democracia y más participación.

Las cadenas metonímicas

El gobierno y los grandes medios sus­tituyen las cadenas argumentales por un eslabonamiento de metonimias, la operación retórica por la que nom­bramos una cosa con el nombre de otra. Por ejemplo, la Unidad amplia y diversa contenida en el Frente de Todos es sustituida por el kirchne­rismo, el kirchnerismo por La Cámpora y La Cámpora por el chavismo. El deslizamiento por esta cadena lin­güística genera un sentido final a través del contacto de sus extremos: entonces, el Frente de Todos es igual al chavismo. Las operaciones guber­namentales y de sus medios afines se manifiestan en el lenguaje como máquinas de captura que abducen las identidades opositoras, las simpli­fican, las estigmatizan y la destituyen. De este modo, una parte de la ciuda­danía digital circula por estas cadenas metonímicas y abandona cualquier procedimiento argumental. Así, parti­cipan en la degradación de las iden­tidades “enemigas” y se transforman en transmisores de estigmatizaciones, frases rápidas, hipérboles repetidas y lenguajes desarticulados.

Los trolls

Dice Mariana Moyano en “Trolls S.A. La industria del odio en internet”: “la necesidad principal del troll es destrozar todo intercambio online entre pares y llamar la atención.” Es decir: el troll es un componente del intercambio comunicacional cuyo objetivo es suprimir, desde adentro, el intercambio comunicacional. Es un protagonista de la comunicación en contra de la comunicación. Por ello, lleva al extremo la sustitución de las cadenas argumentales por los eslabo­namientos metonímicos. Contribuye a generar un campo discursivo donde los argumentos, como metodología común de construcción de sentido, prácticamente desaparecen. Es decir: los trolls y las cadenas metonímicas tienden a funcionar por fuera de las reglas de intercambio argumental pro­pios de las esferas democráticas. Los trolls tienen como objetivo quebrar, degradar o hacer replegar a las iden­tidades opositoras a las que toman como enemigas. En ese camino, des­truyen los lenguajes articulados.

El triunfo de los profesores

Por eso, desde la perspectiva aquí desarrollada, los candidatos oposi­tores en las últimas PASO ganaron por varios factores, pero hubo uno de esos factores que resultó funda­mental: su condición de profesores. Porque, las cadenas metonímicas, la fragmentación discursiva de los trolls y las descargas emocionales de los Big Data sirven para degradar identi­dades – y para producir crisis– pero no para explicarlas. Es propio del ser humano: cuando algo asfixia o angus­tia se hace necesario tener una expli­cación ¿Qué está pasando? ¿Qué es esta crisis? ¿Cómo salimos de ella? Por eso, las cadenas argumenta­les volvieron a tener un rol significa­tivo. Allí reaparecieron los profesores Alberto Fernández y Axel Kicillof para reponerlas. El domingo 11 de agosto ganó un estilo.

La reposición de las cadenas argu­mentales coincidió con la impotencia de los eslabonamientos metonímicos. Éstos ya no tenían la fuerza ni la vero­similitud para denigrar a profesores – sencillos, serios y comprometidos – empecinados en explicarle a la socie­dad el origen de sus angustias. Los profesores repusieron la política allí donde los mecanismos de degrada­ción de las oposiciones comenzaban a mostrar su agotamiento. Las emo­ciones ya no nacían mayoritariamente allí donde se estigmatizaban identi­dades. Lo hacían donde las cadenas argumentales combatían la angustia de las mayorías.

Publicada en Revista Hamartia #34