Escribe: Susana Bermúdez

Ilustra: Sol Re

Vale toda la vida

La señora me dice que no planche tan temprano, que mi horario empieza a las ocho, pero  a mí me gusta madrugar, siempre fui de levantarme temprano. Voy a la cocina sin hacer ruido, caliento  la pava, lleno el termo, lo traigo pa’ mi pieza y me tomo unos mates calentitos mientras plancho.

Es el mejor momento del día. Mientras todos duermen, yo tomo mate tranquila, sin voces ni barullo cerca. Por suerte, la señora me deja armar la tabla de planchar acá, así no voy al lavadero y no molesto a nadie con mi madrugón. Ella dice que plancho a la mañana para poder ver las novelas a la tarde. Es verdad que a veces veo la tele, pero la miramos  juntas con Delfina, la niña del medio, que salió novelera. Nunca vi una gurisa que le gusten tanto las historias tristes. Yo le digo: “Vos tenés que mirar cómo bailan o se maquillan, ¿pa’ qué mirás a estos turcos que hacen sufrir a las mujeres?” Ella me dice: “Eso pasa  en las novelas, no es de verdad”. Yo me callo para no decirle que en  la vida real es mucho peor,  porque no hay finales felices para muchas de nosotras.

Hoy me levanté con dolor de tripa, no tendría que tomar mate. Ese asunto de los bebitos me está aguijoneando. Le prendí esta velita  a la virgencita de Itatí para que me ilumine y me diga qué tengo que hacer.

Virgencita de Itatí, virgencita milagrosa, tierna Madre del Señor, ilumíname en la pena y tristeza con tu amor.

Yo vivo bien ahora, tengo trabajo y me tratan bien en esta casa. No me puedo quejar.  Hace poco Pilar, la hija mayor, se había encaprichado porque decía que sus hermanas no la dejaban estudiar ni estar con sus amigas, entonces le dieron mi  cuarto y a mí me pusieron en esta piecita de atrás, donde amontonaban los trastes viejos. No me puedo quejar. Tengo mi cama, una mesa con mantel bonito, bordado con florcitas, dos sillas y hasta bañito pa’ mi sola.  Desde la ventana veo un pedacito de cielo. Cuando me levanto, miro cómo el día va clareando y se empiezan a ver los  techos de las casas, recortados en el horizonte todavía sin sol. La señora me dijo que van a  ponerme una estufa, igual yo no soy friolenta, me pongo a planchar y las manos se me van calentando de a poquito.  Me gusta estar sola acá, es como tener mi propia casa.

Tengo este nudo en la tripa desde que la señora Rosita, la madre de mi patrona, me pidió que la acompañe a la iglesia. Yo fui, ¿cómo no iba a ir? A veces llevo a la niña más chica, que está preparándose para la comunión, y me quedo esperándola en la iglesia. Pero ahí no rezo ni hablo como hago con vos, virgencita. Yo sé que hay otras vírgenes y son todas santas, pero a esas no se me da por rezarles.

Planchar me ayuda a pensar. Con las camisas tengo que tener cuidado, pa’ no dejar arrugas.  Rosita, la señora madre, me enseñó cómo plancharlas cuando llegué a esta casa. El secreto es planchar primero el cuello y los puños, después estirar bien la tela y pasar la plancha rápido por  la parte de atrás y la de adelante. Por último, las mangas a lo largo y al final se repasa de nuevo el cuello, se abotona y se dobla. Así va quedando la pilita bien planchada.

Como te decía virgencita, fui con la señora Rosita. La reunión no era en la iglesia, sino al lado, en la colegio de las niñas. Nunca había entrado, aunque hace siete años que voy a buscarlas a la salida.  Adentro parece un convento. Por suerte no vi ninguna monja.  Cruzamos un patio enorme con árboles  y plantas, caminamos por una galería  llena de cuadros y al final entramos en un salón donde nos dijeron que nos sentáramos en los bancos de clase, como si fuéramos alumnas. Yo no me acuerdo mucho de la escuela en Santo Tomé, porque fui pocos años. Cuando se enfermó mi mamá, tuve que dejar la primaria para cuidar a mis hermanitos,  pero sentada ahí, sentí un pinchazo de miedo, como si  me fueran a tomar examen.ç

Le prendí esta velita a la virgencita de Itatí para que me ilumine y me diga qué tengo que hacer.

La sala estaba llena de señoras paquetas que cuchicheaban en voz baja  y se callaron de golpe,  cuando entró un señor canoso, bastante panzón, que se paró enfrente de los bancos. “Ése el padre Pedro”, me susurró Rosita antes de salir rapidito de la sala. Detrás del  señor cura, dos mujeres desplegaron un cartel que pegaron en el pizarrón: “Tengo 8 semanas de vida. Quiero nacer. Mi vida está en tus manos”. Yo todavía estaba leyendo las letras rojas —porque leo despacito—, cuando vi entrar de nuevo a Rosita con otra  señora; entre las dos cargaban a upa un bebito de plástico enorme. Cómo te explico virgencita, el muñeco era grande, casi como el cura. Parecía un bebito recién nacido, todavía tenía el cordón. Lo apoyaron en una mesa y todas las mujeres se pararon y aplaudieron. Yo me quedé sentada, no sabía  qué hacer y ahí me agarró el retorcijón de barriga.

Después habló el cura, hablaron varias señoras y también habló Rosita. No me acuerdo mucho qué dijeron, no presté atención, porque se me vinieron de golpe todos los recuerdos viejos.  Viste virgencita que yo trato de pensar cosas buenas, pero lo que a una la hizo sufrir siempre vuelve.

Salí del colegio mareada. Rosita me agradeció por haberla acompañado. Me dio esta caja llena de bebitos con el cartelito “Vale toda Vida” y me pidió que se los regale a las sirvientas y niñeras del barrio.

Vale Toda Vida

Virgencita, vos me conocés bien. Yo sé que hay que salvar vidas, ¿cómo no voy a estar de acuerdo? Pero  no puedo olvidarme que yo quedé embarazada a los catorce años porque un peón que trabajaba con mi tata me violó. Yo ni sabía que me estaba creciendo la gurisa, hasta que mi abuela, que vivía con nosotros desde que mamá murió, se dio cuenta de que estaba engordando y habló con mi papá. Él me pegó con un rebenque para que dijera quién había sido. El peón se fugó  después de que mi tata lo amenazó con un cuchillo. Mejor. Yo lo odiaba, porque por ese hijo de puta, perdón virgencita, no tuve fiesta de quince, ni bailes, ni ningún novio. Anduve siempre con la vergüenza a cuestas.

Virgencita, vos sabés que parí a la gurisita en el establo, como una vaca más; mi abuela cortó el cordón, la envolvió en un pañal, me la puso al lado y me dijo: “Es una niña”. Ahí me puse a llorar más, lloraba tanto que mi abuela pensó que me había quedado algo adentro, pero yo lloraba porque era una niña  y no un varón, que seguro iba a sufrir menos. Cuando me había encariñado con mi gurisita, unas monjas me la quitaron para dársela a una familia de Goya. Mi abuela me  dijo que ellos podían darle una vida mejor. No me quejo. La última vez que fui al pueblo me mostró unas fotos que le habían mandado. Está hecha una señorita, estudia para maestra.

Esta es la última camisa. Me gusta mirar cómo crece la pila de ropa. Planchar me ayuda a pensar.

Virgencita de Itatí, virgencita milagrosa, tierna Madre del Señor, sé que vas a comprenderme y perdonarme.

¿Sabés qué voy a hacer virgencita? Voy a  agarrar la caja con los bebitos y  los voy a dejar en la iglesia. Seguro que  alguna de esas señoras pitucas los recoge y los regala a buenas familias. No puedo  dárselos a otras como yo.  Las mujeres pobres sabemos que en las novelas toda vida vale, pero en la realidad, algunas vidas no valen nada.

Publicada en Revista Hamartia #33