Escribe: Flavio Rapisardi

Ilustra: Gonzalo Rielo

Mientras termino de escribir esta nota, el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, dice disparates como que para cuidar el medio ambiente se debe defecar día por medio. Y Wilson Witzel, del Partido Social Cristiano y gobernador de Río de Janeiro, abraza a un policía que acribilló a una persona con discapacidad mental que había intentado entregarse después de secuestrar un micro con un arma de mentira. Una nueva víctima de gatillo fácil, pero afro y pobre.

Bolsonaro y Witzel son Macri y Pichetto, pero sin el filtro que en Argentina supimos reconstruir a fuerza de luchas, resistencias y tradiciones. Brasil, en cambio, tiene un débil tejido de politicidad social o sociabilidad política. Así como Macri vino a fugar 60.000 millones de dólares, Bolsonaro hace lo mismo con las reservas que los gobiernos del PT lograron para Brasil.

Insistir con las anécdotas de la ecología bolsonarista o el show de seguridad facha de Witzel nos desplaza de lo que debe preocuparnos si queremos disputar poder: cómo la autoridad es una relación entre Estado y sociedad; cómo un presidente que inventa sustantivos (“atractividades”) o un gángster guarango como Bolsonaro tienen consenso social. A la discusión sobre si esta estirpe de nuevos gobernantes de América Latina son almas convencidas o cachafaces mentirosos le puso punto final el diario suizo “Die Presse”: “Brasil eligió un idiota”. Pero que sean idiotas no los exime de ser conspiradores, aunque con capacidades limitadas.

Luego de desplazar a esta mafia del gobierno, también será tiempo de interpelar a los/as electores/as como “sociedad política”. La idiotez es un patrimonio y una propiedad de una fluidez tan rápida y rapaz como la velocidad con la que tenemos que saltar vallas para poder sobrevivir.

Bolsonaro y Witzel son Macri y Pichetto, pero sin el filtro que en Argentina supimos reconstruir a fuerza de luchas, resistencias y tradiciones.

Así como en Brasil las militancias partidarias y sociales no salen del estupor de nueve meses de un gobierno que parece un guión de Sellers o Capusotto, en estos años del gobierno de Cambiemos también tratamos de dar respuesta al saqueo que las corporaciones le hicieron a nuestro país. Y todo esto con el beneplácito de una prensa que se articuló con los sectores sociales que en el 2017 volvieron a envalentonar a la derecha criolla con sus votos. Los saltos de garrocha o confesiones de ignorancia de parte de la prensa argentina no me conmueven, en ellos habla nuevamente la idiotez de una audiencia que asiente y de la que directa o indirectamente formamos parte en este storytelling que es el neoliberalismo como discurso.

Las perfomances periodísticas en tierras ajenas tienen el plus de la distancia y la mirada panorámica. Mientras que los periodistas de O Globo te hablan del fin del mundo con la misma cara con que te dan la receta de una pizza, el periodismo argumentativo de Carta Capital o de la revista Piauí dan cuenta de un circo en donde los espectadores aplauden las balas. Están también quienes se ríen de las recomendaciones digestivas del presidente y ex policía Bolsonaro. Actúan como si todo lo que ocurre no estuviese pasando. Vivir tranquilos en países que son semicolonias de naciones rapaces que necesitan de nuestros recursos y mano de obra barata requiere de atajos morales y cognitivos. La serie “Walking Dead” es mejor metáfora que la película “Matrix”.

Un ejemplo de periodismo idiota fue la columna con la que Joaquín Morales Solá intentó exorcizar la derrota de sus patrones: los miles de caracteres de tinta que estampó en el agrodiario se resumieron en un sólo argumento fuerza: Cambiemos no vio la gravedad de la situación heredada que plasmó en su diagnóstico administrativo llamado “El estado del Estado” con el que Cambiemos inició su derrotero de fracasos.

En una investigación de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata estamos analizando el género “Diagnósticos de administración” al que es tan adepto la derecha; una tipología propia de las empresas que refiere a la necesidad empresarial de detectar “problemas” en el sector privado o en la “sociedad civil”, pero no en el Estado. Las articulaciones de un ente público deben analizarse en función de relaciones siempre “superiores” a la unidad que el diagnóstico administrativo toma como pivote de su intervención.

La utilización de estas herramientas de “gestión” muestra la concepción política de quienes la aplican, dejando como resultado, por ejemplo, el cierre de escuelas rurales en función de la relación inversión—derecho humano: en este tipo de análisis los derechos no cuentan como variable.

En esta literatura de ficción política, con dialéctica evangélico-neoliberal, se señala un “fin de un ciclo” por causas de larga data. A veces, incluso de décadas. Así llega el macrismo a la idea de los “70 años”. Morales Solá contribuyó “marcando” la administración anterior y los gobiernos posdictadura, que no estuvieron en el lugar requerido: el “centro”. Con este relato, el macrismo se posicionó por fuera de los gobiernos posdictadura a los que marca como “de fracaso” a pesar de sus “buenas intenciones”. De este modo, el macrismo borra su continuidad explícitamente con todos los gobiernos anteriores desde 1983, dejando abierto con la referencia a “décadas” a gobiernos civiles y democráticos anteriores. En esta brecha temporal se moverá el discurso oficial anunciando el comienzo-fin de un ciclo que se puede ubicar en 1955 o en 1983 de acuerdo con distintas intervenciones del relato M.

En esta literatura de ficción política con dialéctica evangélico-neoliberal, se señala un “fin de un ciclo” por causas de larga data, a veces, incluso de décadas. Así llega el macrismo a la idea de los “70 años”.

Contrariamente a toda indicación editorial, y en un tono más cercano al culto de la personalidad estalinista, este “documento” es “prologado” con las “Palabras del Presidente Mauricio Macri en la 134º Apertura de Sesiones Ordinarias del Congreso”. En el “discurso” las “marcas temporales” sobre el fin-inicio de ciclo son acotadas a la última administración, en tensión con lo que se dice en la Introducción, aunque fija un matiz interno con el primer gobierno de Néstor Kirchner, cuando se refiere al balance de las cuentas. Sin embargo, esta tregua es abandonada por la diatriba que comienza a ampliar la “culpa histórica” a más de medio siglo. Los tópicos del liberalismo son recitados de la antigua verba: 1.- Sobredimensionamiento del Estado (empleo estatal, impuestos, centralismo y falta de federalismo, falta de planeamiento, necesidad de modernización estatal, despilfarro); 2.- Corrupción (falta de estadísticas, clientelismo, direccionamiento de la obra pública por conveniencia política, mentira, uso de la justicia); 3.- Proteccionismo (al crédito, holdouts, “agenda internacional”); 4.- Crítica a la lógica política basada en el antagonismo (amigo/enemigo y una apelación a la democracia consensual, salida del diálogo, esfuerzo personal “igualdad no uniforme y diversidad inclusiva y celebrada”, todo en el acuoso tono del multiculturalismo gringoland.

Sin Señal – Ilustración de Gonzalo Rielo

Ahora bien, todos estos tópicos son puestos en relación con 1.- Política monetaria, 2.- Crédito externo, 3.- Fuerzas de seguridad, seguridad ciudadana y narcotráfico, 4.- Educación (falta de evaluaciones, universidades “militantes”), 5.- Salud pública (centralidad del caso HOSPITAL POSADAS), 6.- Ferrocarriles, 7.- Rutas, 8.- Aerolíneas, 9.- Administración de Justicia, 10.- La idiosincrasia de una presunta negatividad argentina, salto cultural dado en nombre del más craso prejuicio.

Y continúa esta perla del panfleto. Del cruce de tópicos y áreas de administración se debe hacer notar que 1.- Hay una primacía de los problemas de “corrupción” en primer lugar y en segundo lugar “ineficiencia” y 2.- El discurso no hace referencia a ninguna fuente salvo una estadística de Transparencia Internacional y la Universidad Católica. En este punto se debe resaltar cómo se apela a las cifras en un país donde las mediciones parecen no existir de acuerdo con el discurso. Todo esto dicho sin temor a ninguna contradicción, salvo que International Transparency y la UCA tengan estudios secretos solo develados al macrismo. O, mejor dicho, haciendo de la contradicción el mecanismo de un modo de argumentación “por sustitución de enunciados”: si una proposición no puede corroborarse, habrá otra para suplantarlo y así en una sustitución sucesiva, por momentos circular.

El documento se articula en las tres viejas dicotomías que enarboló el cepalismo de Prebisch y el Libro Negro de la Segunda Tiranía: dicotomías significantes articulan el discurso pretendidamente “profesional” del texto cuasi anónimo informe: INERCIA/REFORMA (la acumulación de políticas públicas post dictadura parecen ser inexistentes para la soberbia macrista), CORRUPCIÓN/PROFESIONALISMO (refiere a las exitosas dotes de gestión pública de la larga lista de CEOs ejecutados/as por la propia administración de Macri y su troupe). De estas dicotomías que permiten aseveraciones, el informe no aporta fuentes ni pruebas, sino afirmaciones más cercanas a la “íntima convicción” como la que el juez brasileño Sergio Moro enarboló para encarcelar al ex Presidente Lula Da Silva. ¿Se entiende? Ni hechos ni pruebas: convicción de un tipo al que se le garpó con un Ministerio por sus servicios mafiosos. Veamos un ejemplo del libelo que Joaquín Morales Solá considera acertado, pero que debió ser más duro (no estricto, no más serio o más académico, entiéndase), se habla de una “supuesta” alta presión impositiva de la gestión anterior que llevó a recaudar 694.000 millones de dólares más que en la década del noventa. Entendamos, además de ser una queja propia de una posición “fiscalista”, no reconoce en ningún momento que este aumento en la recaudación se debió al crecimiento económico. Y si bien se acepta (atención al “movimiento en la argumentación”) que esto implicó el aumento en las partidas de los ministerios, éstos los malgastaron por falta de profesionalismo, superposición de funciones, corrupción, burocracia. Lo que se plantea como un error deviene virtud, pero inútil. Si un enunciado no sirve para desacreditar, tienen otro en la galera sin fondo.

Continuemos. El texto no da cuenta de fuentes, pero señala el crecimiento del empleo público en 1.400.000 puestos de trabajo, sin diferenciar tipos de contratación, lo que pone en una misma bolsa y crea un número ficticio en el cual, por ejemplo, no se distingue cuando se habla de una contratación, de una tercerización o de una cooperativa. Sin embargo, se utilizan cifras que pretenden demostrar la “malversación” de estas contrataciones hechas con fines políticos o por ineficacia: el texto no califica de manera taxativa para de este modo poder girar en sus argumentaciones. Ahora bien, si se suman los puestos de trabajos que se declaran como innecesarios o “favores políticos”, resultado de la “sobre politización” de la gestión, la suma demostrada con pruebas en este panfleto sólo alcanza 1.636 puestos, todo muy lejano al millón cuatrocientos que se denuncia párrafos antes. Y no hay en esto ninguna argumentación de tipo indicial, sino una construcción retórica “lábil” y, por esto, de fácil readaptación a marcos discursivos diversos.

Otras “pruebas” de la falta de gestión es la superposición de páginas web en temas de turismo (sic), un supuesto corte en los pagos del Estado a sus proveedores, sobre todo a Correo Argentino, empresa de la familia presidencial, y otras afirmaciones contrarias a las realizadas en otras partes del documento: por ejemplo, se señala la falta de una política en materia de ciencia y técnica cuando antes se señaló como una fortaleza ¿Contradicción o construcción discursiva de sustitución? Estos cuatro años no sólo echan por tierra lo que esta pieza retórica de la idiotez sostiene, sino que dejaron al desnudo que cuando lo real golpea, no hay Whatsapp duranbarbesco (personaje siniestro de quien el Club Político Argentino debería explicar porqué le dio lugar en su filas más allá de las consabidas tendencias gorilas de dicha agrupación militante del liberalismo eterno) que permita seguir robando con la teoría de la posverdad, concepto fácilmente comestible y degradable.

Un documento idiota y una prensa idiota co-construyeron el relato idiota que casi nos deja sin país, sin moneda, sin fondos, sin crédito, sin industria, sin jubilaciones, sin educación, sin salud, sin economías regionales, sin jóvenes, sin patria y sin Estado. El estado del Estado que deja el macrismo llevará años entenderlo, porque esto sólo es posible cuando esté en marcha la recuperación de todo aquello que hicieron pedazos y hoy son astillas (vidas, historias, personas) repartidas en márgenes a los que el Estado deberá volver a integrar. Los grandes números están a la vista, pero cuando se trata del destrozo de una nación las mediciones no resisten un panfleto ni inducciones de escritorio, sino que será una tarea dura y diaria que, o afrontamos con trabajo y militancia o la tragedia tarde o temprano volverá con una furia que hará de Macri y Bolsonaro, los prolegómenos de un futuro que espero no merezcamos.

Publicada en Revista Hamartia #34