Escribe: Rocío Galván

El año en que se estrenó coincidió con la caída del Muro de Berlín. Su recorrido la convirtió en un testimonio fundamental de los 90, de la generación X, de la era Clinton, del ingreso de las computadoras a la vida de la gente, del cable, las persecuciones televisadas, los jeans rectos, los videoclubs. Y cierra, por decisión de su creador, en 1998, antes de que algún atisbo de óxido la toque.

Seinfeld no se vence, y por eso vence. Otras comedias de situación pueden quedar viejas, repletas de clichés y de arquetipos explorados harta el hartazgo. Seinfeld no: resiste con el aplomo que los buenos guiones y la química imposible (irrepetible) que su elenco le otorgó. El show sobre nada es sólido, de historias que se cruzan y se tejen para finales gloriosos, y cubre más o menos todo lo que alguna vez nos pasó o nos pasará en la vida.

Contra la adversidad cotidiana, Jerry, Elaine, George y Kramer.

Seinfeld no caduca porque es la más humana de todas las series. Porque sus personajes pueden usar teléfonos fijos y contestadores automáticos pero son de todos los tiempos. Son irremediablemente humanos. Los atraviesan y los perforan todos los debates existenciales posibles. ¿Se puede decir esto de Friends, de How I Met Your Mother, de The Big Bang Theory? Tal vez de The Office. Sin embargo, Seinfeld en más ambiciosa y más universal en su micromundo de isla rica y pretenciosa desde donde el mundo se explica y se ignora soberanamente.

Seinfeld no caduca porque es la más humana de todas las series

Jerry, el comediante que está adentro y afuera de la escena, haciendo uso y abuso de un cinismo que por momentos nos sacude por su acidez. Kramer, el hombre fuera del tiempo, sin rutinas ni compromisos, pero con fuertes convicciones, estructura moral y respeto por la amistad. ¿Cuántos amigos le cuentan a Cosmo? ¿Cuánto le duele ese quiebre de la amistad que fue la quita de la llave del departamento de Jerry? ¿Acaso no tiene algo de drama ese doble episodio con epicentro en Los Ángeles? Elaine, parada en su cinismo y escudada en su humor implacable. Navegando los treinta y pico, con todos los traspiés de la década, sin dejar de defender el deseo como faro total.

Los cuatro de Seinfeld

¿Y George? “Si mis padres hubieran tenido una repisa, yo podría haber sido una persona completamente diferente”. Los cinco últimos pesos para redondear el sueño. El hijo de los padres que viven la discusión permanente como forma de diálogo, el pibe de Queens, el enamorado eterno de Marisa Tomei. El aspirante absoluto, el falso arquitecto, el biólogo marino impostor. El que un día fue contra sus instintos y la pegó. El que rifó ese acierto después, preso de esos mismos instintos. El que vive las revanchas cotidianas como revanchas absolutas de la vida. La venganza contra el jefe machista y canchero, el rencor acumulado contra el profesor de gimnasia exigente y la respuesta al compañero sobrador, el de los camarones. ¿No son tal vez la misma revancha?

Todos fuimos, somos, seremos Jorge. El resto de los amigos tendrá mayor o menor éxito, ciertos fracasos, traspiés. Pero todo se va acomodando. Para George la cuestión es escapar del “Even Steven”, esa regla de equilibrio con la que Jerry reclama su absoluta centralidad en la vida de los cuatro.

Jorge, al fondo a la derecha.

Para George todo es insistir, arremeter, abrir el pecho y escribir un piloto. Negociar con tipos de traje, espantosamente corporativos, y desafiarlos. Agrandarse. Vivir con los padres, ser parte de los NY Yankees, estar a punto de casarse, envenenar a la prometida sin querer, caer al frente de una fundación en su nombre, enamorar a su soñada Tomei. Simular, con suegros arriba del auto y horas incansables de ruta, poseer una casa en la exclusiva Los Hamptons. Como una ruleta en la vida del más ordinario de los extraordinarios cuatro de Seinfeld.

La más brutal humanidad de Seinfeld radica en George. En el más miserable, y aparentemente desaprendido de sus protagonistas. Con Jerry vamos a pararnos afuera y desgranar la vida, con la carcajada como herramienta para meter bien adentro la angustia y la ansiedad. Con Kramer vamos a estallar con sus clásicos sets de humor físico, cómo subirse un jean tres talles menos y caminar como Frankestein. Y tambien en sus ratos fantásticos: convertirse en modelo de Calvin Klein. Inventar un libro sobre mesas de café que a su vez se convierte en mesa de café. A Elaine la vamos a amar, por sus posturas y sus ambiciones, sí, pero especialmente por el quiebre de las poses, por el reconocimiento de los fracasos y por su encantadora forma de reírse de sí misma.

Jorge comprando fiambre con Jerry.

A Jorge lo vamos a entender, aunque nos refugiemos en esa risa de vergüenza ajena. Lo vamos a comprender en su intento de conseguir un laburo para el que no está apto. Estresarse porque pagó cuatro entradas de cine y nadie tiene cambio para devolverle la plata.

Jorge somos todos. Buenos amigos, malos prestadores, egoístas, mirones del éxito ajeno, injustos, dueños de grandezas impensadas. Salvar una ballena por absoluto disparo de la suerte. Reclamar, con convicción y hasta el hartazgo, por el crédito de una ensalada grande. A la chica la dejamos pasar. Pero era la grande.

Seinfeld dijo adiós antes de los tiempos de Bush y de su guerra, evangelización y carrera contra el terrorismo, antes de Facebook, Wikipedia y la Gripe A. De Beyoncé y Shakira. Antes de la muerte de Fidel y del crack mundial por el colapso de la burbuja inmobiliaria. ¿Que hubiera hecho Jerry con los hipsters, las fake news y el veganismo? ¿Qué hubiera hecho Jorge con Tinder?

El mundo se volvió más complejo y más cruel. Nosotros también cambiamos: estamos más grandes y más desconfiados. Después de todo, atravesamos nuestra propia crisis económica, política y social. Como Jorge, con menos pelo y más paranoia, pero dispuestos a seguir debatiendo con nuestros amigos, a pesar de los cracks, los tsunamis y las epidemias, sobre el último botón de la camisa.