Escribe: Julián Saud
Ilustra: Lula Urondo

A finales del 2007 Mauricio Macri era elegido Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Tres años antes, la tragedia de Cromañón desencadenaba una crisis política e institucional que ponía en jaque la gestión de Aníbal Ibarra y lo llevaba a su destitución. Compromiso para el Cambio, la principal fuerza opositora de ese momento, fue la beneficiaria directa de esa crisis y le abrió la puerta al entonces presidente de Boca Juniors al Gobierno de la Ciudad.

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El PRO asumía como una nueva forma de gestionar lo público. Pero, esos “nuevos modos” tenían más que ver con un avance del mercado sobre el espacio público, que con una ciudad integrada solidariamente. Los juegos de las plazas, las paradas de colectivos, los carteles de señalización, los túneles, las rejas, las bajadas de discapacitados, los tachos de basura y hasta las baldosas de las veredas escondían, aunque no lo hayamos advertido, el corazón de su proyecto.

A diferencia de lo que se supone, la puesta en valor de nuestros barrios no tuvo como objetivo aumentar su valor social sino por el contrario, aumentar exclusivamente su valor económico. Toda esa obra pública desplegada lo único que hizo fue incrementar el precio del metro cuadrado, y de esta manera, propiciar el terreno fértil para que la especulación inmobiliaria, que vale aclarar, está completamente desregulada, haga de esto un negocio fabuloso. Mientras la construcción de estos emprendimientos es en pesos, la venta final es en dólares.

Según publicó el portal Reporte Inmobiliario: “La devaluación del peso genera una disminución de los costos de construcción en dólares que están hoy 37% debajo que en diciembre 2017. El costo de construcción en dólares está en su menor nivel desde 2012”. Sin embargo, se suele esgrimir, por parte de los que se enorgullecen de esta “política de Estado”, que este desarrollo trae prosperidad y bienestar a los porteños. Pero, en contraposición a este argumento los números no parecen darles la razón.

Buenos Aires, que tiene una población que no supera los 3 millones de habitantes y que prácticamente no ha cambiado en los últimos 60 años, sufre desde hace tiempo un proceso de inquilinización. Según el Censo 2010, en los últimos diez años, los hogares propietarios de vivienda y terreno cayeron de 67,6% (692.210 hogares) a 56,4% (648.958 hogares) y en la cantidad de propietarios sólo de la vivienda, aumentó tan solo de 1,4% (14.051) a 6,1% (69.785 hogares). Si bien el macrismo podría aducir que sólo son responsables de los últimos dos años de la década que nos permite analizar el Censo 2010, la Dirección de Estadísticas y Censo de la Ciudad muestra cómo esta tendencia fue avanzando a pasos agigantados. Entre 2012 y 2016 informó que se construyeron en la ciudad un promedio aproximado de 1,4 millones de metros cuadrados. De ese total el 70% tuvo destino residencial. Sin embargo, el 61% de las viviendas construidas perteneció a las dos categorías más caras (lujosa y suntuosa).

Nadie echa a nadie, sólo que se hace imposible vivir. El valor de los alquileres y las tarifas de servicios hace que la carga para los comercios sea muy pesada y eso se traslade al precio que pagan sus clientes. Dependiendo la zona en donde te encuentres, salir a comprar carne o verdura, o simplemente hacer las compras en un supermercado de barrio, se vuelve privativo. Así, más el valor del ABL y los servicios básicos para vivir en un departamento tipo hacen que la opción para muchas familias sea mudarse.

Hamartia pudo acceder a un informe realizado por el legislador porteño Javier Andrade. Allí se puede determinar que en 12 años de gestión del PRO en la ciudad de Buenos Aires se han puesto a disposición de privados 460 hectáreas de terrenos o edificios públicos. Algo así como el barrio de Almagro o dos veces el barrio de La Paternal. Dicho proceso, por el cual se pusieron en remate o a concesión de privados esta importantísima superficie, fue silenciado a la gran mayoría de los habitantes de la ciudad.

Mientras que la gestión de Macri al frente de la Ciudad se veía contenida por el contrapeso que le daba Cristina en la presidencia de la Nación, a partir de la asunción de Cambiemos al Poder Ejecutivo, esto se aceleró. El actual Jefe de Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta, llegó a casi triplicar en cuatro años lo que había alcanzado su jefe político en ocho. El informe detalla que “desde que gobierna Larreta podemos afirmar que se vendieron 100ha de la Ciudad, se concesionaron 155ha y están en proceso otras 74ha de proyectos pendientes de sanción en la Legislatura, lo que nos da un total de 330 que equivalen a la totalidad de barrios como La Boca o Chacarita, o 160 Plazas de Mayo en tan solo cuatro años. Mientras que Macri como Jefe de Gobierno en 8 años vendió aproximadamente 40 hectáreas y concesionó otras 100 hectáreas”.

Gentrificación

La venta de suelo no es un invento argentino aunque Mauricio sea su mejor alumno. La socióloga Ruth Glass fue la primera en analizar este fenómeno en la década del 60 en Inglaterra. A este proceso lo llamó gentrificación. En su investigación pudo dar cuenta de cómo los barrios obreros de Londres iban siendo invadidos por las clases medias y altas (“the gentry”) produciendo un verdadero desalojo de los originales inquilinos obreros y, en consecuencia, una transformación del carácter social de estos barrios.

Pasaron varias décadas para que este fenómeno aislado se convirtiera en una práctica cotidiana de las grandes élites. La globalización y la concentración de la riqueza han profundizado esta realidad que golpea a las clases populares en los centros urbanos.

Las políticas neoliberales han operado en varias direcciones para llevar adelante estos procesos “silenciosos” de expulsión. La concentración de la riqueza que llevó a niveles de desigualdad inimaginables al punto de que el 1% del mundo posee el 82% de las riquezas mundialmente generadas en el año 2017, sumado a una política aceitada de capitales especulativos que entran y salen sin mayores requerimientos, son los condimentos perfectos para que, a través de emprendimientos inmobiliarios lujosos, fagociten nuestras ciudades como si fueran verdaderamente una plaga.

Muchos investigadores en esta materia aseguran que el 15 de septiembre de 2008, día en que Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión de Estados Unidos se declaró oficialmente en bancarrota tras 158 años de actividad, se aceleró esta lógica depredatoria de gentrificación en las principales ciudades del mundo.

El derrumbe de Lehman Brothers le costó a la economía de Estados Unidos alrededor de 22 billones de dólares y puso en evidencia una mega estafa de hipotecas basura haciendo perder a millones de personas sus casas y dejándolas literalmente en la calle, mientras que los expertos de Wall Street hasta el día anterior del anuncio de la quiebra, le otorgaban las calificaciones más altas en solvencia a estas entidades. Esta situación fue una oportunidad para que los buitres hicieran su entrada a escena.

Dice un proverbio burgués que “cuando haya sangre en las calles, compra propiedades”, y así fue. El estallido de la burbuja inmobiliaria estadounidense provocó por contagio el estallido inmobiliario en Europa. A medida que la crisis fue extendiéndose, llevó a la quiebra a Estados de la Unión Europea como Grecia, Irlanda y Portugal.

El caso de España es emblemático. La consecuencia de la explosión de la burbuja inmobiliaria en el 2007, fue de proporciones catastróficas. El alto grado de endeudamiento de las familias llevó a un proceso de expropiación de los sectores trabajadores que vieron cómo los bancos les sacaban sus propias casas. Según la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca) que realizó un informe en el que estimaba la cantidad de ejecuciones hipotecarias en España, desde 2008 hasta 2012, los desahucios habían sido más de 400.000.

El caso de Palermo es emblemático, ya que se produce mucho antes de esta ola mundial por copar las capitales. En poco tiempo, el barrio sufrió una transformación total de sus cuadras. En donde antes había casas de familias, ahora se puede ver un polo de locales gastronómicos y de ropa.

Pero, tampoco hace falta irse muy lejos para entender cómo funciona este mecanismo en nuestra ciudad. Más allá de las causas y el contexto en el que se den siempre es el mismo
objetivo: desplazar a sectores de menores recursos.

El caso de Palermo es emblemático, ya que se produce mucho antes de esta ola mundial por copar las capitales. En poco tiempo, el barrio sufrió una transformación total de sus cuadras. En donde antes había casas de familias, ahora se puede ver un polo de locales gastronómicos y de ropa. Por entonces, ese barrio se caracterizaba por sus casas bajas, veredas arboladas y calles pacíficas. El avance implacable de la especulación fue produciendo enormes transformaciones tanto en su fisonomía como en el estilo de vida de sus habitantes. El fenómeno fue expansivo tanto en el ámbito económico como en el cultural, convirtiendo a este barrio en un nuevo espacio social orientado exclusivamente al consumo. Como todos sabemos, esas casonas de estilo fueron mutando en negocios de ropa, restaurantes y bares que, junto con la feria de artesanías de la plaza Cortázar, lentamente empezaron a convocar multitudes cada fin de semana. De la noche a la mañana, el fenómeno de la gentrificación se llevaba por delante a las familias que antes vivían en ese barrio y que ahora no encontraban con cercanía ferreterías, panaderías, almacenes, carnicerías y, en vez de eso, sólo encontraban bares y quioscos.

Eduardo Costantini, el grupo IRSA de Eduardo Elsztain, los Werthein y los Sielicki son algunos de los nombres que figuran como los grandes beneficiarios del negocio inmobiliario de la Ciudad.

Mi Buenos Aires querido…

Estos procesos de relocalización de poblaciones y desplazamientos de barrios, que alguna vez fueron populares, no pueden ser llevados adelante sin el apoyo de un Estado que además de ser su promotor es el principal socio de estos especuladores.

Eduardo Costantini, el grupo IRSA de Eduardo Elsztain, los Werthein y los Sielicki son algunos de los nombres que figuran como los grandes beneficiarios del negocio inmobiliario de la Ciudad. Muchos otros se esconden detrás de fideicomisos que les permiten el anonimato pero que son parte de la misma maniobra.

Este negociado millonario que compra tierras o edificios públicos al Estado y que luego los vende por un valor que será varias veces multiplicado por su capacidad construible, es una verdadera estafa para todos nosotros. El Gobierno de la Ciudad no sólo permite esta maniobra sino que además impulsa este tipo de emprendimientos llevando adelante la obra pública necesaria para que el negocio cierre redondo.

Inmediatamente después de la venta, el Estado lleva adelante obra pública o genera modificaciones en el entorno para valorizar esas tierras que ya se vendieron más baratas de lo que se pudiesen haber vendido si se hacía el camino inverso. Lo que en los 90 fueron las privatizaciones de las empresas públicas, hoy se expresa en la privatización y la venta de los terrenos y los inmuebles que son de los vecinos.

Por si fuera poco, es importante aclarar que todos estos grandes empresarios son aportantes de la campaña de Cambiemos. Incluso uno de ellos, Eduardo Constantini, beneficiario de estos remates porteños, tiene en su directorio a un funcionario de Cambiemos. Esto lo reveló, para el portal de noticias “El Destape”, el periodista Ari Lijalad: “En el directorio de su empresa figura José María Torello, jefe de asesores de Macri y apoderado del PRO, una de las personas más influyentes del gobierno pese a su baja exposición. Costantini, por su parte, figura entre los aportantes de Macri a través de San Martin de Tours, otra de sus empresas”.

El caso de la villa 31 es un ejemplo claro para poder entender cómo opera la voracidad del PRO. La lucha histórica que llevan adelante las vecinas y vecinos de la 31 por la urbanización de su barrio es bien conocida. Tierras que se encuentran a pocas cuadras del microcentro porteño, ubicadas en un lugar estratégico para los desarrolladores inmobiliarios, están en plena disputa.

Ya no lo hacen como lo hacía Osvaldo Cacciatore con las topadoras, ahora utilizan el poder del dinero y los votos.

Ya no lo hacen como lo hacía Osvaldo Cacciatore con las topadoras, ahora utilizan el poder del dinero y los votos. Es que el PRO en la ciudad de Buenos Aires cuenta con una mayoría absoluta que le permite aprobar cualquier proyecto. El 12 de octubre del 2018 con 40 votos afirmativos y 12 negativos se aprobó el proyecto de urbanización de la villa 31 en el cual figura que si vos no podés pagar la hipoteca de tu casa puede venir cualquier persona y pagarle al Gobierno de la Ciudad tres veces su valor y se queda con la casa. Le puede cambiar el uso a la tierra. Puede pasar de ser vivienda a tener un uso comercial. Esto es especulación inmobiliaria lisa y llanamente.

La urbanización de la villa 31 es uno de muchos otros negociados en la Ciudad, basta para poder dimensionar el carácter elitista de esta gestión. Transcurridos 12 años de gobierno cuesta incluso catalogarla de política de derecha clásica, más bien pareciera que detrás de esa imagen de conservadores lo único que hay es un grupo de codiciosos insaciables.

El proyecto UNICABA que pretende cerrar 29 institutos de formación docente o el proyecto de cerrar cinco hospitales para llevarlos a uno solo deben ser vistos con la perspectiva
inmobiliaria que venimos relatando. Es más, la política de no construir escuelas públicas generando la falta sistemática de vacantes cada año no puede ser leída simplemente como una oposición ideológica a la educación pública, sino además como el afán por poner en venta más tierras de la ciudad.

Estos verdaderos oligarcas urbanos no tienen otro objetivo que no sea en el mediano y largo plazo quedarse con toda la ciudad. Si no somos capaces de poder advertir este objetivo último, corremos el riesgo de estar haciendo un mal diagnóstico de la situación. Cómo se administra el espacio público y privado y en qué tipo de ciudad queremos vivir, tiene que ser una decisión de todos los ciudadanos. No puede ser una decisión librada al mercado.

Con el cierre de las plazas y los centros culturales que albergaban a jóvenes y promovían el desarrollo cultural, comenzaron con un silencioso pero efectivo cercenamiento y su posterior control del espacio público. Todos recordamos el accionar mafioso de la UCEP que en su corto periodo de funcionamiento echaba a las personas en situación de calle.

¿Se puede parar esta mega empresa que compra todo lo que encuentra a su paso? Horacio Rodríguez Larreta acaba de ganar las elecciones a jefe del gobierno porteño y se encamina a ser el heredero del proyecto de Cambiemos ¿Se podrá forjar una nueva identidad de ciudadanos que disputen el sentido de esta ciudad? Esperemos que no sea tarde.

Estos verdaderos oligarcas urbanos no tienen otro objetivo que no sea en el mediano y largo plazo quedarse con toda la ciudad.

Publicada en Revista Hamartia #34