Escribe: Nicolás Centurión (*)

Fuente: estrategia.la

La Meritocracia se basa en la idea de que cualquier persona con esfuerzo y sacrificio va a lograr lo que se proponga en la vida. Hasta aquí parece más una frase de autoayuda o una nueva rama de la new age que una subjetivación basal de este sistema. Pero sigamos.
El concepto fue acuñado, en su versión moderna, recién en 1958 por el sociólogo y activista laborista británico Michael Young en su libro «El triunfo de la meritocracia, 1870-2033: ensayo sobre educación e igualdad.»
 
La meritocracia tiene grandes similitudes con la ética protestante que fue fundamental en la consolidación de Estados Unidos como nación. Si adscribimos a los lineamientos de la meritocracia: no precisamos nada de nadie. Todo se puede conseguir poniendo el lomo y haciendo sudar la frente. Estos enunciados implican el reforzamiento del individualismo, la competencia,el otro como un enemigo a derrotar o un obstáculo en el mejor de los casos, y la ausencia o desplazamiento del Estado (lo mayor posible). Si es a sus tareasbásicas mejor. ¿Cuáles serían las tareas básicas del Estado?. Según los liberales en este caso, sería el repetido juez y gendarme.
A través de los medios de comunicación hegemónicos y redes sociales se nos muestra casos de personas muy humildes que han hecho un gran esfuerzo y han conseguido grandes logros en su vida como casos que confirman el sistema meritocrático, pero no son mas que casos aislados. Los postergados y marginados en el capitalismo se cuentan de a millones y son la norma.
Plantea que todos tenemos «igualdad de oportunidades». No partimos de las mismas condiciones y en el camino tampoco sucede esto, y aunque así sucediera, la igualdad de oportunidades es una condición necesaria para una sociedad justa pero no suficiente.
El emprendedurismo, el individualismo exacerbado, la competencia negativa,el ser humano alejado de todo contexto histórico, social, temporal y económico, con un Estado ausente; son postulados que producen todo lo contrario a lo que propone la meritocracia y lo único que genera es acrecentar más la fragmentacióny la desigualdad social.
El neoliberalismo como modo de producción de la vida y las relaciones sociales ha calado hondo a través de la cultura en sus distintas vertientes: en la educación, en la cultura, etc. como un goteo continuo cual gota malaya. Ha sabido llevar adelante los postulados de Gramsci mejorque la propia izquierda. El individuo siente que ha optado por voluntad propia esta filosofía de vida, pero no ha hecho más que seguir la matriz de pensamiento dominante que nos es impuesta desde temprana edad.
Otro de los efectos de la meritocracia es que genera la percepción del «es pobre porque quiere» y que la condición social que uno tenga obedece solo a cuestiones personales (sobre todo en el ámbito de la voluntad) y poco tiene que ver la clase social, contexto histórico, coyuntura, historia familiar, etc.
Las ganancias son de unos pocos y las pérdidas se socializan en este capitalismo financiero-especulador, y con la meritocracia, el rico no es rico sino un ganador, un triunfador, un emprendedor exitoso. El pobre no solo es pobre sino perdedor. Es hacedor de su miseria, culpable de su condición, se complace de estar así y todavía «es pobre de mente.»
El capitalismo genera pobres y ricos. Burgueses y proletarios. Explotados y explotadores. Opresores y oprimidos. La meritocracia les lava la cara y dejaque todo sea una cuestión personal, azarosa, de deseo y que «si uno se lo propone lo consigue.» El que no pudo porque no quiso. El que no llegóporque no intentó. El que fracasó es un fracasado.Si la culpa es de una persona sola, el sistema queda invisible y la ruleta sigue girando.
Si se habla de pobres y no hablamos de pobreza. Si hablamos de ricos y no de riqueza, su distribución, ni quien la genera, ni que su concentración en unas pocas manos produce desigualdad y a partir de allí surgen los grandes problemasque nos aquejan día a día; no vamos a entender qué pasa, cuál es el problemareal y cómo lo combatimos.
De ahí que es más fácil ensañarse con el sin techo de nuestro barrio y no con el sistema. Si perdura como escudo «el mundo es así y no se puede cambiar», vuelven los indiferentes a romper la balanza de la historia.
Una ética emancipadora nos ayudará a cultivar valores colectivos que entiendan al otro como un ser humano y no como un obstáculo a sortear. Un otro como potencia de cambio, porque aquí nadie sobra. A pesar de que nos quieran hacer creer lo contrario.

 

* Licenciado en Psicología, Universidad de la República, Uruguay. Miembro de la Red Internacional de Cátedras, Instituciones y Personalidades sobre el estudio de la Deuda Pública (RICDP). Analista asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, estrategia.la)