Escribe: Pedro Saborido

Fuente: Centro Cultural Kirchner

Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano que todos los jueves termina un libro, estuvo hace poco en Bariloche (tiene primos en Floresta y viene seguido) y junto a un grupo de científicos sociales hizo el siguiente experimento:

En el camping Hueney Ruca de Colonia Suiza, les dio idénticas carpas para cuatro personas, a tres diferentes grupos:

Un grupo de hippies fumones.

Un grupo de boys scouts.

Un grupo de estudiantes de administración de empresas que fueron de camping con jeans, mocasines y camisas celestes.

“La idea era observar sus comportamientos, pero, básicamente, ver el tiempo en que resolvían el armado”, comentó Byung-Chul, que de antemano sabía el resultado.

“Obviamente, los boys scouts fueron los que terminaron primero, porque tienen más experiencia. Pero, básicamente, porque se someten a un método. Esto es, obedecer reglas. Los otros tardaron más, ya que les cuesta entregarse a una disciplina (en el caso de los hippies, uno terminó enredándose y cayó al lago enrollado en el sobretecho. Dos de los boys scouts lo rescataron. Todos rieron mucho)”.

Hoy, de vuelta en Berlín, Byung-Chul comenta:

“Por eso en Oriente resuelven mejor el tema de la pandemia. Están más acostumbrados a lo colectivo. No son tan individualistas. Se someten y naturalizan el control. No se sienten mal si los vigilan. Aceptan más ser comunidad y estar organizados. En occidente cualquier boludo (dixit) se cree libre.”

Byung-Chul, basado en comportamientos de occidentales argentinos, observa que los supermercados de su comunidad –al igual que los chinos– siguen esparciéndose y creciendo, manteniendo una división del trabajo: Supermercado general a cargo de chinos o coreanos. Verdulería a cargo de bolivianos. Carnicería, un argentino.

“Esto, sin embargo, va cambiando: ya hay cajeros argentinos. Empleados, obvio. Eso es fruto de la disciplina. En tanto los almacenes de barrio ya casi no existen, la lógica asiática colectiva y disciplinada, inflexible a la hora de no dar una Brahma si no hay seña para el envase, avanza. El argentino, enredado en su individualismo, se pierde, y es absorbido como empleado.

“El occidental se cree libre. Por eso en situaciones extremas, cuando debe obedecer, se asusta. Y huye, hace trampa. Le han hecho creer que es libre. Sin embargo, no toma en cuenta que:

“No nació donde quiso, nació donde el azar demográfico lo lanzó.

“No eligió a su familia.

“No eligió su idioma.

“Su familia lo hizo caminar cuando les pareció conveniente.

“Dejó el pañal cuando la presión familiar y social lo marcó.

“Dijo ‘Mamá’ o ‘Papá’ como primeras palabras. De ser libre, quizá hubiera querido decir ‘municipalidad’ o ‘Bruce Willis’ como primeros vocablos. Y no fue así.

“Luego el jardín. La primaria. ‘Mi mamá me ama’ es lo primero que escribió. Tal vez ‘Quiero conocer a Carlos Corach’ hubiera sido su oración para debutar en la escritura, en el caso de haber sido libre de elegir.

“Después la secundaria. Universidad quizá. Trabajar, pagar, ir a cumpleaños, tener sexo, tener wasap, salir vestido y no ir desnudo a ver a Pimpinela (un deseo reprimido de mucha gente, parece).

“Un día alguien le explica que no puede comprar dólares o salir de la casa. Entonces reacciona: ‘A mí nadie me va a decir lo que tengo que hacer’. Es decir, ahí actúa como si fuera una persona libre. Eso es lo peor. Le dijeron que es libre y se lo creyó. Porque a nadie le gusta sentir o pensar que no es libre. Es decir: confunde ser individuo con resistirse a la belleza de una acción colectiva.”

El filósofo respira y concluye:

“Una coreografía de conductas y neurosis para esquivar lo peor. Un hermoso y desenfrenado pogo de quietud en un bazar…”

Byung-Chul se pone contento y se emociona con las frases que acaba de decir. Y nos muestra un papelito.

“Es por un envase de Stellita”, y nos pide que se lo alcancemos a sus primos de Floresta.

De la revista digital Clivaje a las estrellas, entrevista a cargo de Sarah Cuperman y Ernesto Del Coto.

NOTA: Después de estos apuntes sobre las ventajas de la negación y ciertas impotencias que se registran en algunas personas para responder a disciplinas comunitarias, próximamente nos acercaremos al ya obvio y remanido fenómeno de la estigmatización del cheto, burgués acomodado o como se le llame. Desde el caso de la diseñadora uruguaya (no considerado por chetos argentinos, dado que se trata de chetos uruguayos, considerados chetos menores) hasta la secuencia vista en la zona de un country de Pilar donde un joven humilde con gorra puesta al revés se cruza de vereda cuando ve que se aproxima un cheto.

“No sean así. No discriminen. Nosotros les tenemos miedo a todos ustedes porque entre honestos y delincuentes es difícil distinguir. ¡Los pobres se parecen todos entre sí!”, le dice el cheto.

“A nosotros también nos cuesta distinguir. Los chetos, los boludos y los hijos de puta se parecen demasiado”, contesta el wachiturro. Y huye.