Escribe: Nuria Giniger (*)

Ya se dijo varias veces: la pandemia está exponiendo de forma brutal las consecuencias del capitalismo y profundizando las desigualdades que éste produce. En estos días, y con motivo del 1º de mayo, mucho se ha repetido que les que movemos el mundo y producimos la riqueza pésimamente mal distribuida somos les trabajadores. Hoy, estamos además experimentando cómo se modifican nuestras condiciones de trabajo, nuestros salarios y cómo millones de empleos desaparecen todos los días. 30 millones de personas perdieron su empleo en Estado Unidos, en estos dos meses de pandemia.

(AP Photo/John Raoux)

De eses 30 millones, cien mil son trabajadores de los parques de diversiones de Disney. Mickey, Minnie, el Pato Donald hoy están desocupades, con los parques cerrados. El reino de la magia del capitalismo hiperconsumista, hiperindividualista, hiperexplotador, tal como lo conocimos hasta ahora, ha muerto. Desde el comienzo de esta pandemia, circulan múltiples voces que reflexionan acerca de las consecuencias que el coronavirus y el aislamiento social preventivo y obligatorio le van a dejar a nuestra sociedad. Es decir: ¿cómo salimos de esta?

El reino de la magia del capitalismo hiperconsumista, hiperindividualista, hiperexplotador, tal como lo conocimos hasta ahora, ha muerto.

Esta pregunta tiene un montón de derivaciones. Algunos se enfocan en cómo salir en los términos prácticos: cuántas camas, respiradores, servicios sanitarios completos se van a haber podido poner a punto; cuántos infectados va a haber en julio o septiembre; si se pierde o no el ciclo lectivo, y así sucesivamente. Algunos otros, se detienen en la modificación de los patrones culturales: sobreinformación y fake news que circulan por las redes y la tv; la imposibilidad de consumir mucho más que alimentos; la soledad compartida sin contacto físico; y un largo etcétera. Finalmente, otros se ubican en el registro más explícito de la política: la caída de la economía mundial; las tensiones entre las potencias; el rol de las economías socialistas o planificadas en el enfrentamiento a la pandemia.
En este marco, el teletrabajo podría parecer el summum de la participación de les trabajadores en la organización del trabajo. Se presenta como una oportunidad para que les trabajadores organicen su jornada laboral según sus conveniencias y protegides del coronavirus, y para finalmente achicar la distancia entre la toma de decisiones y la ejecución de las tareas.

(FOTO Joe Raedle/Getty Images)

La cuarentena hizo que millones de trabajadores en la Argentina y en todo el mundo experimentáramos el home office, con la particularidades del contexto de aislamiento social generalizado. Durante este tiempo, sin embargo, se pusieron de manifiesto ya algunas de las consecuencias más dramáticas del teletrabajo, al tiempo que las grandes corporaciones han visto los beneficios que les implica no tener a los contingentes de trabajadores en oficinas e instalaciones laborales.
El reino de Mickey, en Florida, es el establecimiento que tenía mayor concentración de trabajadores en Estados Unidos. ¿Jugaremos en un parque de diversiones virtual y hablaremos con nuestros ídolos de Disney por zoom? ¿Mickey se pasa al teletrabajo?

El teletrabajo implica llevar adelante las tareas propias del puesto laboral en casa, en el mismo lugar donde se vive. Es la unificación del espacio de producción y reproducción. Es decir que las tareas domésticas se confunden con las tareas laborales: se trabaja donde se come, donde se duerme, donde se cría a les niñes y adolescentes, se comparte el medio de trabajo con otres integrantes de la familia y no hay horarios pautados para el tiempo de descanso y el tiempo de trabajo. Tranquilamente, se puede estar todo el tiempo trabajando. Sobre todo para las mujeres que somos quienes mayormente realizamos el trabajo doméstico y de cuidado.
La experiencia de este tiempo de home office demuestra que, independientemente de a quienes les mantuvieron, disminuyeron o recortaron el salario, se gasta más en electricidad, internet, gas, agua y comida, muy por encima del precio del transporte que ya no utilizamos. Pero además se ve afectada la posibilidad de encuentro con otres y la organización sindical y política de los colectivos laborales en los lugares de trabajo se ve disminuida significativamente.

La utopía capitalista de un mercado laboral sin conflicto se mantiene en pie para las grandes empresas multinacionales. Pero además, en este éxodo masivo e involuntario hacia el home office, descubrieron la posibilidad de cerrar millones de metros cuadrados de oficinas (que pueden convertirse en nuevos negocios inmobiliarios, por cierto) y ahorrarse infraestructura (servicios básicos, la limpieza y la seguridad).
Crisis es oportunidad, dicen por ahí, y el capital lo sabe, tiene la experiencia de haber aprovechado otras crisis para fortalecer algunos de sus negocios, expandir fronteras y crear nuevos mercados, a costa de la mayor explotación, la muerte o el hambre de millones. La noción de emprendedorismo con la que machacan los organismos internacionales, las grandes empresas y los gobiernos neoliberales, hace cumbre con la uberización de la economía: destruir los contratos laborales, ahorrar ART, cobertura de salud. En poquísimas palabras, destruir derechos conquistados. Y ahí está el teletrabajo para consolidar en millones y millones de trabajadores el pasaje a la uberización.
Crisis es oportunidad, dicen por ahí, y les trabajadores también lo sabemos. Entonces, organizarnos para ponerle un freno a esta ofensiva es una tarea clave. Más que reponer claudicaciones históricas (la CGT no pierde oportunidad de hacerlo) o ubicarnos en un catastrofismo de izquierda, en un “se va a caer, el capitalismo se derrumba”, es tiempo de interpretar una realidad que cambia estrepitosamente y transformarla. Será momento, parece, de retomar aquello de “trabajadores de todo el mundo, unámonos”.

(*) Investigadora CEIL-CONICET