Escribe: Amparo Aguilar

Escribo desde el cine. Esta es la expresión que por ahora me convoca. Es decir, que desde que estrené una película, puedo decir que soy “artista”, aunque me convenza más la idea de “ama de casa que hace cine”.

Quien que me invitó a participar con estas reflexiones para Hamartia propone: “¿por qué no escribís sobre algo que te haya quedado por decir?” Es un desafío enorme. Luego de casi cuatro meses en cartel, he repetido hasta el cansancio más o menos las mismas cosas sobre Malamadre: que es un documental sobre el mandato de “buena maternidad”; que es una película de entrevistas, lo cual la vuelve a priori un “bofe” y que hicimos un esfuerzo estético/político/creativo enorme para que esa apuesta al cine de conversación tenga valor en sí mismo (no sólo por lo que se “oye decir”).

También, que el propósito de la película más que revolucionar la forma cinematográfica, fue abrir puertas y ventanas para que ciertos debates tomen cuerpo en la arena pública.
Y que la maternidad -esperamos- debería transformarse en un fenómeno social, no individual.

Amparo Aguilar

Malamadre habla de la maternidad feminista, le habla a todes (ojalá), pero también le habla al feminismo (los feminismos) que somos. Personalmente, llegué al feminismo de la mano de las travas. Era muy chica, tendría unos 14 años y conocí a Lohana Berkins, a Diana Sacayán y, más tarde, a Marlene Wayar. No fue magia, ni vanguardia: fue suerte. Lohana y Diana militaban en el partido comunista, en ese entonces yo también. Destaco esto, no por una genealogía que no me toca, sino porque me habilitó la mirada del feminismo que más me interesa: la del feminismo libertario. Ojo: no liberal, no hablo de autoestima y New Age. Feminismo libertario provisto de una mirada con capacidad crítica infinita y capacidad constructora casi por igual: la posibilidad de reinventarlo todo. Esa, para mí, fue su enseñanza y lo sigue siendo: podemos ser lo que nos logremos imaginar que somos; el mundo también.

Infinidad de veces al terminar las proyecciones de Malamadre, damos cuenta de la lógica con la cual se construyó la “muestra”. La verdad, y aunque suene ridículo, ésa es la palabra que usamos. Entonces, cuento lo de siempre… que usamos una lógica triple: clase social, edad de hijes o etapa del maternaje y modelos de familia. También, aclaro las exclusiones: decidimos no incluir a mujeres madres en condiciones de marginalidad, porque entendimos como revictimizante la situación de filmación. Y no dimos, por ejemplo, con madres trans dispuestas a participar (han pasado algunos años desde el rodaje).

 

Malamadre

Hay una pregunta que me vengo haciendo hace tiempo: ¿cómo conectar la singularidad con lo colectivo, sin entrar en pretensiones totalizantes? ¿Cuál es el lugar que tomará el arte en relación con esta idea -claramente inasible- de que debemos representar a todes? Como artista que emite un discurso, ocupo un lugar. Tengo un lugar de enunciación determinado. Soy Amparo Aguilar, soy de clase media, soy profesional, soy heterosexual, soy madre, soy activista, soy… Podría continuar definiéndome, pero creo que no hace falta. Es esta persona la que habla. No otra. En este caso.

De qué podemos hablar, cuándo corresponde -éticamente- y a quién le toca, es una pregunta que nos hacemos (o pienso que deberíamos hacernos) todes les documentalistas.  ¿Quién cuenta? ¿Cómo cuenta? Y, ¿a quién cuenta (narra, o relata)?. En el caso de Malamadre, este lugar de enunciación es explícito y, de hecho, es un chiste repetido. No todas las películas van a tener un código estilístico que pueda contener ese guiño. Y aun así, esto sigue siendo algo a pensar. Todavía nos topamos con discursos artísticos que se emiten sin preguntarse nada y con la soberbia convicción de estar representando “al mundo”, y también con críticas desde el activismo que niegan el lugar de enunciación. La preocupación sobre el primer punto lleva años en debate, y las reflexiones sobre el vínculo entre arte y política (que de eso se trata, en definitiva) las han hecho y siguen haciendo personas mucho más capacitadas que yo. El segundo, en cambio, está un poco menos elaborado. Y me preocupa. El movimiento de discutir todo que la revolución feminista está generando es un cimbronazo que celebro a diario. Sin embargo, la marea arrolladora, por momentos, pareciera perder de vista en qué lugares vale la pena golpear y les pedimos a lxs jueces lo mismo que a lxs maestrxs, y que a lxs artistas. Algo en eso no cuadra.

Además cuento, a modo de chiste, que nuestro latiguillo en rodaje era: “no somos la encuesta permanente de hogares”. Porque resulta imposible abarcarlo todo, y esa es la parte más obvia, puesto que, de ser posible, se convertiría en una película infinita.

Hay una pregunta que me vengo haciendo hace tiempo: ¿Cómo conectar la singularidad con lo colectivo, sin entrar en pretensiones totalizantes? ¿Cuál es el lugar que tomará el arte en relación con esta idea -claramente inasible- de que debemos representar a todes?

Como artista que emite un discurso, ocupo un lugar. Tengo un lugar de enunciación determinado. Soy Amparo Aguilar, soy de clase media, soy profesional, soy heterosexual, soy madre, soy activista, soy… Podría continuar definiéndome, pero creo que no hace falta. Es esta persona la que habla. No otra. En este caso.

De qué podemos hablar, cuándo corresponde -éticamente- y a quién le toca, es una pregunta que nos hacemos (o pienso que deberíamos hacernos) todes les documentalistas.

¿Quién cuenta? ¿Cómo cuenta? Y, ¿a quién cuenta (narra, o relata)?

En el caso de Malamadre, este lugar de enunciación es explícito y, de hecho, es un chiste repetido. No todas las películas van a tener un código estilístico que pueda contener ese guiño. Y, aun así, esto sigue siendo algo a pensar.

Todavía nos topamos con discursos artísticos que se emiten sin preguntarse nada, y con la soberbia convicción de estar representando “al mundo”; y también con críticas desde el activismo que niegan el lugar de enunciación.

La preocupación sobre el primer punto lleva años en debate, y las reflexiones sobre el vínculo entre arte y política (que de eso se trata, en definitiva) las han hecho y siguen haciendo personas mucho más capacitadas que yo.

El segundo, en cambio, está un poco menos elaborado. Y me preocupa.

El movimiento de discutirlo todo que la revolución feminista está generando es un cimbronazo que celebro a diario. Sin embargo, la marea arrolladora, por momentos, pareciera perder de vista en qué lugares vale la pena golpear y les pedimos a lxs jueces lo mismo que a lxs maestrxs, y que a lxs artistas. Algo en eso no cuadra.

En el 80% de las historias que hemos visto en el cine hasta ahora responden a las preguntas sobre quién, para qué y a quién cuenta más o menos así: un varon cis (probablemente heterosexual) que, en general, habla desde el discurso del poder para narrar a grupos sociales históricamente oprimidos.

El arte es un lugar de privilegio en sí mismo, hacemos esto porque podemos. Pero, además, muestra a les oprimides desde la mirada de les opresores. Dentro de esto existen matices, claro.

¿Eso nos deja a las mujeres y lesbianas u otras identidades disidentes afuera? No, claro que no, detentamos otros privilegios.

Pero como dice la sociología, y siempre me recuerda una querida amiga: El poder puede pensarse a sí mismo, sí, pero con vigilancia epistemológica.

¿Cuál es nuestro lugar? ¿Corresponde la misma prolijidad enunciativa al arte que a la academia, o incluso al activismo? De verdad creo que no. Y creo, entre otras cosas, que eso sería aburridísimo, poco estimulante y dogmático.

¿Todo esto significa, entonces, que nunca más podremos hablar de aquello que no nos sucedió a nosotres? ¿Que sólo puede persistir el cine del “yo”? No, de ningún modo. Eso sería la muerte de la creación por otros medios.

Pero sí es importante que nos preguntemos, antes de ocupar ciertos espacios, si contamos con alguien más idónex para esto, si nos estamos anticipando para ocupar un espacio, si estoy, en algún punto, abusando de mis privilegios para contar esta historia o si contarla me “regala” créditos extras. Si las respuestas fueran: “no”, entonces adelante. Pero sería bueno tener presente como guía en el proceso creativo que hablamos de una otredad y buscando reconocer proximidades y también distancias.

La libertad a la hora de producir puede ser un gran paraguas para no moverse del propio ombligo, o una posibilidad de pensar que el mundo es según cómo se lo mira. Dependerá de la reflexión previa de quien produce, si termina en un lugar o en otro.

La ciencia tiende a lo totalizante, sabiendo que siempre hay vacío.
El psicoanálisis toma la pérdida, la falta, como constitutiva de los sujetos y de lo social. Lo que no encaja.

Quizás sea tiempo de asimilar que, en tanto el lugar de enunciación esté puesto en juego (no hablo de explicitarlo, pero sí de reconocerlo), las obras tendrán una falta. Eso que no cierra, eso que no es el TODO, dará lugar a la búsqueda de otras miradas, de seguir ampliando, dialogando e incluso derribando. Evitará un arte que sea enciclopédico con el propósito de ser correcto.