Escribe: Mireya Dávila Brito

Fotografías: Giuliano Salvatore

José Roberto Duque nació en Carora, un pueblo ubicado en el centro occidente venezolano. Es escritor, periodista y cronista pero, sobre todo, militante. Duque se ha paseado por novelas, crónicas y textos periodísticos, y por cuanta asamblea y reuniones de base en las que participa, tanto en el campo como en la ciudad, en proyectos comunitarios y autosustentables. Duque participa de la siembra y de la escritura, en ambas, cosecha experiencias vitales y transmite memorias colectivas.

Podría decirse que el trabajo de Duque pertenece a la “historia militante”, aquella impulsada por Federico Brito Figueroa, una historia comprometida con los cambios y que acompaña las luchas del pueblo.

José Roberto Duque, escritor venezolano. Foto: Félix Gerardi

Con Chávez, la historia se convirtió en un campo de disputa social y política en Venezuela, porque el fenómeno del chavismo, como corriente política, develó la enorme potencia del pueblo en su propio devenir y construcción histórica, evidenciando así sus posibilidades para transitar hacia una sociedad más justa e igualitaria.

En momentos de asedio internacional, dirigido por Estados Unidos, y en medio de la pandemia del Covid-19, Duque nos trae un libro necesario para entender de dónde proviene Chávez y cómo se forjó el chavismo como fuerza, ideario y proyecto político. El pasado y el presente se unen en este ejercicio de investigación para mostrarnos algunas claves de la tradición política y pensar en los desafíos del presente y el futuro de la Revolución bolivariana.

Imagen: Tinta Limón Ediciones.

Venezuela crónica, de estilo llano, algo que caracteriza su escritura, trae en la portada una imagen grabada en la memoria del Caracazo en 1989 (fotografía de Frasso), fue editado por Tinta Limón Ediciones y ya se encuentra disponible en varias librerías de la ciudad de Buenos Aires, La Plata y Rosario. Hamartia conversó con el autor:

– Cuéntanos, qué motivó la idea de hacer este libro que enlaza el pasado con el presente de Venezuela.

La idea original que me propusieron los amigos de la editorial Tinta Limón era hacer un registro de la actualidad, del presente puro y duro. El presente era marzo de 2019, época en que nuestro sistema eléctrico fue víctima de un sabotaje a gran escala y estallaron las noticias: Venezuela es un país casi totalmente paralizado y casi totalmente colapsado. Me dijeron: «Che, ¿por qué no nos explicás exactamente qué ocurre en Venezuela? ¿Cuándo empezó a podrirse todo de esa manera?» Hice un ejercicio de memoria y después uno de sinceridad: esa “actualidad” venezolana no era ni es posible explicarla o hacerla comprensible desde una visión de cortas miras. Un trabajo periodístico puede explicar algunas cosas, pero para entender cómo fue que llegamos a este punto es preciso contar y explicar algunas cosas no tan recientes. El hito que escogí para comenzar a contar fue 1917, año en que comenzó nuestra metamorfosis, nuestro auge petrolero y nuestra relación colonial con Estados Unidos.

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Fotografía de Giuliano Salvatore / @giuliosalvadio
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Fotografía de Giuliano Salvatore / @giuliosalvadio

– ¿Podría decirse que hablamos de un pasado abierto?, ¿de qué manera consideras el tiempo histórico y, más concretamente en el caso de Venezuela, por qué el pasado ilumina el presente?

Me gusta ver las historias (y a la Historia) como una cadena de líneas quebradas y bastante quebradizas. Se me antoja cómodo, pero también honesto, ir directo a un tramo de esa línea partida en millones de puntos, y comenzar a analizar rupturas y puntos de quiebre. Esas dislocaciones pueden ser temáticas, pueden ser personajes, o procesos donde los personajes y los temas van construyendo o destruyendo países. Como el pasado siempre es abierto, siempre es necesario coger un punto de partida y una aparente conclusión para no pasarse la vida preocupado por el origen de todo: la Venezuela de hoy se comprende mejor si se atrapa desde 1917 ¿Por qué? Porque el big bang de nuestra forma de gestionar y despilfarrar energía tiene en ese año un clarísimo punto de arranque.

Foto: Giuliano Salvatore / @giuliosalvadio

– En tu relato te refieres en primera persona, como sujeto que comparte la experiencia vivida con otros/as, ¿cómo juega tu experiencia militante en la recuperación de esta historia?

Mi condición militante le dio un carácter y también una intención al texto, eso es algo que no podría ocultar ni disimular, aunque quisiera. Tal vez en los ámbitos académicos esta declaración sea juzgada como cínica, y seguramente a partir de allí todas las sospechas, juicios y prejuicios se volcarán sobre esa obra, con toda razón. Soy un cronista militante y por lo tanto tengo intereses y un punto de vista, una perspectiva, como todos los cronistas que han interpretado nuestra historia. Pero, además de militante soy un ciudadano que está padeciendo una situación actual y lidiando con varios dolores históricos. Eso hace imposible que me convierta en un autor neutral o pretendidamente objetivo e imparcial.

– Amplíanos la idea de cómo el petróleo ha determinado el recorrido histórico de los/as venezolanos/as, también sus costumbres, prácticas y nociones sociales.

Esa es la reflexión más dolorosa pero necesaria de todo el libro: el petróleo hizo inmensamente rico e inmensamente vulnerable a un país. La noción de riqueza, cuando se refiere solo a la cantidad de dinero que se percibe, comienza por pervertir el instinto de combate y de construcción de estructuras orgánicas, y te convierte en un ente que cree que todo es posible resolverlo a billetazos, con la fuerza bruta y el músculo que otorgan los dólares. El petróleo, o quienes se llevaron el petróleo del subsuelo venezolano, nos convirtieron en ese tipo de sociedad. A mí me da mucho dolor hablar de mi país en esos términos, pero si no pongo ese planteo sobre la mesa jamás voy a dar con el origen y la razón de nuestra vulnerabilidad. Cuando un compatriota me reclama esto he respondido, como chiste macabro y un poco xenófobo: «tranquilo, nosotros vivimos del petróleo, pero Panamá vive de cobrarle un peaje a los barcos por pasar por el canal». Pero algo ocurría a lo interno de esa Venezuela parasitaria: había y hay una clase que nunca dejó de trabajar y de producir, un porcentaje mínimo, como la pequeña brasa que sobrevive en los fogones y que despierta cuando hace falta. Gracias a esa llama minúscula, unida a la mayoría que no disfrutó cabalmente de la renta petrolera, podemos confirmar que somos un pueblo resistente.

Foto: Giuliano Salvatore / @giuliosalvadio

– ¿De qué manera las grandes transformaciones históricas de Venezuela están relacionadas con el manejo del petróleo?

Venezuela es el país que es, porque el petróleo contribuyó con esa construcción. Las grandes transformaciones históricas de nuestro país durante el siglo XX son visibles y palpables: se llaman ciudades, se llaman partidos tradicionales y se llama chavismo. Este último fenómeno del siglo XX también es la respuesta de una corriente histórico social a la Venezuela mina, a la Venezuela entregada a Estados Unidos.

– Dices que existían ciertas organizaciones populares antes de Chávez (en el barrio caraqueño 23 de enero, por ejemplo), ¿de qué manera las experiencias de organización en las comunidades inciden en la apropiación o no del proyecto de Poder Popular con Chávez?

Sí, las organizaciones revolucionarias prechavistas, organizaciones comunitarias, temáticas y gremiales, revolucionarias o con vocación insurgente, ya tenían una historia, un método, un largo camino de imbricación y funcionamiento dentro del tejido social. De pronto surge Chávez con otros métodos y otras herramientas, y una contundente mayoría de esas organizaciones se incorporan al trabajo, a la nueva propuesta. Nueva entre comillas, porque al final su arquitectura, su coreografía básica, su biorritmo político terminó siendo el mismo que ya estaban practicando los militantes de barrio, en los pueblos, caseríos y entidades sectoriales. Chávez lanza en 2006 su propuesta de organizar al pueblo en Consejos Comunales, y la propuesta caló rápido y funcionó, porque ya había una militancia curtida en esto de las organizaciones locales. El ingrediente novedoso, o uno de los ingredientes inéditos, es que ahora la linea gruesa y el camino a seguir lo difundía el presidente a través de los medios y las organizaciones más pequeñas se activaban para darle cuerpo. Chávez proponía un plan de acción el domingo y ya el lunes había miles de reuniones en miles de comunidades empezando a ejecutarlo. Chávez creó nuevas estructuras y métodos pero, ya el entrenamiento para su ejecución estaba en marcha antes de su llegada al poder.

Foto: Giuliano Salvatore / @giuliosalvadio

– En términos históricos y políticos, qué es el chavismo, según tu opinión.

El chavismo es un método de organización del ser humano expoliado, una manera de ver el país y el planeta, que penetró la Venezuela pueblo y va a ser imposible desterrarlo o extirparlo de allí. Un bombardeo u operación política o militar pudiera derrocar al gobierno chavista en funciones, pero ya el chavismo es mucho más que unas instituciones, un partido y unos dirigentes.

– Después de este recorrido histórico, cuáles son los desafíos del pueblo venezolano ante la caída del precio del petróleo en los actuales tiempos de pandemia.

Esa es nuestra paradoja fundamental en este momento, y nuestra gran oportunidad. Estados Unidos y sus aliados dentro y fuera de Venezuela tienen un proyecto claro, rumbo al derrocamiento del presidente Maduro: destruir la ciudad capitalista, acelerar su colapso (que de todos modos ya es inevitable, y no solo en Venezuela), hacer que los ciudadanos nos enfrentemos a una situación desesperada de corte y bloqueo de toda fuente o producto energético (combustibles, alimentos, electricidad, agua, gas doméstico). Supone o aspira la maquinaria imperial a que la ciudadanía colapsará también y que su respuesta será colaborar con los agentes que la hicieron colapsar, «Vamos, derroquemos al gobierno para que Estados Unidos deje de castigarnos.» ¿Cuál es la paradoja? Una tan trágica como cómica: se supone que la misión de los revolucionarios también es o debe ser la destrucción de la ciudad capitalista y la construcción de estructuras orgánicas alternas de vida, llámense socialistas o como sea. Pues hay revolucionarios exigiendo que la ciudad capitalista funcione bien, «como antes», que volvamos a tener sensación de abundancia, empresas exitosas, gasolina gratis para derrochar, petróleo caro para volver a tener con qué comprar la mesa de plástico para no tener que construir la de madera con mis propias manos. Ese es el desafío: ponernos de acuerdo en qué vamos a funcionar y a comportarnos después del colapso. Porque algo está a punto de colapsar en Venezuela: el gobierno, o el modo de vida al que nos acostumbró el enemigo durante un siglo, o tal vez ambas construcciones.

Más información en Twitter: @DuqueJRoberto