Escribe: Silvana Jauregui

Fotografía: Lulú Magdalena

Néstor Mahmud es artista plástico y docente. Sintió los despojos de los ’90 y, allá por el 2001, cuando ya no creíamos en nada, se puso al hombro la memoria y la denuncia para salir a la calle con el pueblo y lo hizo con sus manos en las paredes del barrio. Así lo cuenta.

¿En qué año más o menos? ¿2001?

El 2001 fue una etapa muy desoladora. Ahí tuve mucho trabajo participativo de muralismo, si bien no milité orgánicamente en un partido, sí lo hice orbitando alrededor de asambleas barriales, trabajando sobre temáticas que te tocan y que ya no podés ser indiferente. Fue dar parte de lo que uno sabía. Empecé a juntarme con las asambleas y si había que hacer un mural, lo hacía con la experiencia de haber hecho los murales con Chuneo Padilla. De esa manera, encontré un lugar donde volcar socialmente la parte artística, salir y pertenecer. Eso fue específicamente 2000, 2001.

Realmente mucha gente salió a la calle a poner esa parte política, ¿creés en el arte político?

Sí, como herramienta transformadora, como lugar de lucha, el lugar donde te encontrás con un montón de gente que también está en la misma que vos, de lugares distintos y de disciplinas distintas. No hay nada más lindo que un mitín artístico y político. Donde está la música, la poesía, la fotografía, el arte plástico, la conciencia social y las ganas de cambiar el mundo. Eso siempre me gustó y me hizo sentir que pertenezco al mundo de la cultura y el arte. Me gusta mucho ir al museo, pero también me gusta lo otro. Me gusta estar en la calle. Mirá, hace 3 años restauramos un mural con Chuneo Padilla en Chacarita. Ese mural lo pintamos en el 2001 en la plazoleta que lleva el nombre del poeta desaparecido, Roberto Santoro, nunca lo taparon, y nunca lo escracharon con aerosol ni nada. Hace tres años, iba caminando por ahí y me metí adentro del CGP, y le dije, “yo soy tal, trabajé acá, con este mural. Mirá, hay que restaurarlo, nosotros ponemos las pinturas, necesitamos el aval de ustedes para que no venga la policía y nos rompa las pelotas. Lo queremos restaurar y reinaugurarlo para el 24 de marzo”. Estaba el macrismo, estaba el 2×1, qué se yo, había que dar un mensaje. Fue el momento para decir “restauremos y que esto permanezca en la memoria colectiva del barrio”. Me dijeron que sí y nos reunimos con los muchachos a pintar, por Memoria, Verdad y Justicia.

Nestor Mahmud
Néstor Mahmud

Increíble lo de 2001, lo que se dio en ese año, en esas asambleas populares…

Sí, fue un trabajo muy comprometido que nos abrazó a muchos de mi generación, fue un quiebre para volver a salir, cada uno colaboraba con lo que sabía hacer. Cuando llegás a una edad donde empezás a participar, leer y a revisar lo que pasó, tenés que acompañar.

Una de las cuestiones que me interesan y tienen que ver con el camino que seguramente has hecho, es la de saber si tuviste algún maestro que te marcó, que te llevó a elegir el arte. De alguna manera, a tomar la decisión de decir: “Bueno, esto es lo mío”.

Bueno, el camino arranca como todo chico que le gusta dibujar, que le resulta fácil hacerlo y que en la casa se dan cuenta que ahí, hay algo. Vengo de un hogar que parió dos hermanas bailarinas y profesoras de folklore y un hermano músico. Cuando terminaba la primaria me preguntaron si quería estudiar dibujo, dije que sí. Entonces, me preparé en un almacén, ayudaba a una vecina que estaba embarazada, cortaba fiambre, pesaba el pan, ella era profesora de dibujo y me hacía dibujar en los momentos donde no había clientes. Así, rendí el examen de ingreso al Rogelio Yrurtia, escuela de artes, en Mataderos. Me recibí de Maestro Nacional de Dibujo y empecé a trabajar enseguida. A los 18 años, ya estaba trabajando en escuelas de La Matanza.

Imagino que te gusta enseñar pero, después está tu decisión de armar un taller y armar una búsqueda, en lugar de quedarte en la docencia.

Sí, eso se define cuando empiezo a estudiar en la Pueyrredón, la carrera de pintura. Pero luego, mi fuerte empezó a ser el dibujo, porque naturalmente me fui a ese lenguaje plástico. Dejé el color por la línea y el plano negro, las texturas; descubrir y estudiar el Guernica de Picasso, Goya, Los Artistas del Pueblo, etc., me partió la cabeza. Abandono la Pueyrredón y empiezo a dibujar en mi pieza con un tablero de dibujo. Me defino dibujante. A los años, después de un viaje largo, vuelvo a la Pueyrredón a la disciplina de dibujo.

Nestor Mahmud

Es decir, te llevó un tiempo tomar esa decisión pero, cuando retomaste, te afirmaste en esto.

Sí, fue muy clara la decisión. Cuando mostraba trabajos a algún profesor, veían ahí algo que estaba bueno y todo empezó a afianzarse en torno al dibujo y a la tinta. Lo que uno ve, también influye: buscaba la parte de grabados de Rembrandt, dibujos de Leonardo, Durero, Goya, y empecé a notar que siempre (si bien, lo más visto es la obra pictórica de algunos artistas) tienen un costado fuerte en el dibujo o el grabado.

¿Y de los pintores argentinos?

De los pintores argentinos, el que me marcó en un principio por temática y por obra, fue Berni. La temática social y su visión del mundo venía de la mano de cierta literatura que estaba empezando a consumir. Leer Los miserables de Victor Hugo, leer alguna obra anarquista, Roberto Arlt, Juan Gelman, todo ese mundo. Y la obra de Berni, con Ramona y Juanito, Luis F. Noé, Alonso, Spilimbergo. Con 19 o 20 años, iba a los museos y empezaba a vagar. Una de las ventajas de la Pueyrredón es que hacías un par de cuadras y estaba el C.C. Recoleta, el Museo Nacional, el Palais de Glace. Ir y ver algo ahí, y estar con un cuadernito. Como que ahí se terminó de formar mi ADN de artista y dibujante.

Tuviste experiencia como muralista, con un grupo. Contame un poquito esa historia.

El grupo se llama Chuneo Padilla. Surge del Rogelio Yrurtia. Un grupo de amigos que se hermanó a fuerza de viajes por Latinoamérica, arte, fútbol y música. Un día, alquilamos un taller en Palermo Viejo. El hermano de un amigo militaba en la zona y nos convoca a hacer un mural en la esquina del local del partido, en un aniversario por el golpe de Estado cívico-militar. Esto fue en el año 98, 99, 2000 y 2001. Hicimos consecutivamente cuatro murales para inaugurar todos los 24 de marzo. El más importante, fue en la plazoleta Santoro, de Forest y Lacroze, que es el único que quedó, el que hace 3 años restauramos.

La técnica, ¿la aprendiste ahí o ya la traías?

La técnica la fuimos aprendiendo entre todos a medida que ejecutábamos. También aprendimos mucho viajando y viendo murales en vivo por Perú, México, Colombia. Para los pibes de 21 años esas experiencias fueron muy importantes. Nuestra técnica era bien pictórica: pincel, esmalte sintético y boceto definido.

El boceto, ¿lo llevaban en una matriz y lo abrían ahí en cuadrícula?

Claro, lo pasábamos en vivo directamente. Pintura aguada y ¡a dibujar! Y siempre todos con un cuaderno en la mano sacando ideas y figuras estudiadas.

Sobre tu técnica, había destacado el dibujo, lo que hacés con la línea, con lápiz, con pluma, sobre papel, sobre tela. Te iba a preguntar, ¿cuál era la razón de esa elección? Pero ya me lo contaste.

Sí, el grabado, que en mí resultó ser dibujo ¡Ja! Uno se queda impactado por algunas exposiciones que ve, estás buscando y definiéndote como artista y, de repente, te chocás con una exposición que decís, “¿qué pasó acá?” Bueno, me pasó eso con los grabados de Goya, con su serie Los Caprichos.

Dentro de las técnicas, también hay algo que a mí me llamó mucho la atención, tiene que ver con el collage en esas obras relacionadas con Japón. Te pregunto, ¿qué fue lo que te llevó? ¿Por qué Japón y el collage?

Es por la imagen. Cuando uno se sorprende con algo que no conocía y, de repente, ve de cerca; encima en un momento de apertura y de búsqueda, impacta y mucho. Y se da, no porque buscaba la imagen gráfica japonesa y tenía un interés. Fue al revés, llegué a un concurso de artes plásticas que organizaba el Centro Cultural de la Embajada de Japón. En el marco de esa semana de concurso, había charlas de historia del arte que tenían que ver con el grabado japonés. Ahí descubro a Okusai, y otros grabadores japoneses. Eso me lleva a ir al Jardín Japonés, ver cine japonés, recitales de música japonesa, empiezo a hacer yoga, todo empieza a llamarme la atención a partir de ese primer encuentro que tengo por un concurso de dibujo. Comienzo a indagar, a reproducir, a buscar libros, y al sentarme a trabajar empiezo a recortar dibujos con la temática del paisaje, los peces, las geishas, y a través de eso, empiezo a armar el collage.

Eso es bien de docente. Tenés eso, ¿no? La docencia te formó en esto de sentarte, estar horas, ¿tiene que ver con la formación?

Sí, la inspiración tiene que llegar y te tiene que agarrar trabajando. La inspiración está todo el tiempo, en esos momentos de ocio que uno va caminando, tenés ideas, se te vienen imágenes a la cabeza, se te viene una frase, y ves a alguien en la calle y decís, “ay, esto…” La disciplina de sentarte y estar trabajando, ayuda a que las ideas vuelvan a caer. A veces, amanezco trabajando.

Por eso mucha serie, ¿no? Eso es lo que observo, ¿tiene que ver con ese camino?

Sí, series e imágenes que voy reclutando, todas ayudan a las otras y se complementan, es como una obra musical, un disco, viste que los músicos tienen etapas y composiciones y graban el disco y pasan a otra cosa, a veces. Bueno, acá es como que el disco queda abierto. El resultado final, quizás lo tengo en una exposición. Pero, sé que esa exposición al año siguiente puede seguir estando y con trabajos nuevos, con la misma temática, las mismas herramientas. Así puedo tener un disco abierto diez años y cada año, cada medio, agregarle un par de canciones. Y eso sé que me ayuda a terminar otra serie que esté abierta paralelamente, quizás, a veces por agotamiento una serie la dejás descansar. Mi manera de trabajar es esa, aglutino por serie y por temática.

Nestor Mahmud

En las reflexiones que vos hacés respecto a alguna muestra, sobre todo la de los ranchos, aparece la música, la batería, el instrumento. Esa manera de abordar la música seguramente tiene que ver con tus maneras de dibujar, ¿en qué lo conectás?

Mirá, desde un principio están conectadas, porque a los 13 años ingreso a la escuela de Bellas Artes, y mi hermano mayor compra una batería y una guitarra, y me dice, “vos vas a tocar la batería”. Entonces siento que mi hermano me regala la música, porque a mí me gustaba la música pero lo mío era el dibujo, yo iba por ahí. Ese regalo que él me hace, me acompaña hasta el día de hoy. Y entonces empieza ahí mi camino de músico (autodidacta), que nunca estuvo adentro de una academia, nunca estuvo adentro de clases formales, porque sentía que mi camino era el arte plástico. En este momento estoy tocando jazz en San Antonio de Areco, conocí gente y me invitaron a tocar. Yo hacía un año y medio que tenía la batería desarmada. Eso fue también un regalo que me hicieron. Un compañero de la banda me dice que toco como dibujo. (Risas). Siempre estuvo la música, siempre me senté a dibujar con la música de compañía.

Vi varias muestras, una de las más grandes es la de “Ranchos, antecedentes y coincidencias”, que me encantó. Bien de profesor. En esa muestra, veo que volcás un montón de tu vida, tus cuestiones y sobre todo de tu andar. Es una muestra que se podría decir que tiene movimiento. Lo digo, porque vos lo decís, que te fuiste, que te tomaste el tren. Estás contando todas las miradas y las visiones que tuviste ¿Es así? ¿Es lo que vi?

Sí, es así, tal cual. Es eso, volviendo a la música, hay un tema de José Larralde que dice, “no venga a tasarme el campo con ojos de forastero, porque no es como aparenta sino como yo lo siento”. Para mí ese campo, si no hay un rancho, no es campo. O sea, el tipo lo está diciendo con un sentimiento, no desde la extensión del campo, sino como su hogar, su casa, su medio. Entonces, esa canción y esa imagen del rancho humilde me acompañaban cuando viajaba por la Provincia de Buenos Aires, por La Matanza, Tigre, Merlo, Moreno. Esa cosa tan básica que es el cubo, sencilla, bajarte del colectivo, cruzar la ruta, ver una calle de tierra y lo único que ves es alambrado y un rancho de chapa, y cada tanto uno de material. Esa construcción muy simple de barrio, del conurbano cien por ciento. Pero, que también está en Jujuy, en Misiones, en Latinoamérica, en todos lados. Lo proyecté en dibujo y no pude dejar de hacerlo. El primer dibujo que hice de esta serie es del año ‘99. Y te puedo asegurar que hasta ahora los estoy haciendo.

¿Por eso lo de “antecedentes y coincidencias”?

Claro, la muestra la hice en San Antonio de Areco. Cuando empiezo a trabajar la exposición no tenía muy clara la temática, entonces empiezo a maquinar, me empiezo a sentar, a dibujar, a escuchar mucho folklore mientras dibujaba, me viene de nuevo Atahualpa Yupanqui, Zitarrosa, Cafrune. Y cuando me viene Larralde, digo, “están los ranchos”. Voy a la carpeta, saco cien dibujos de esos ranchos que tenía, los pongo arriba de la mesa, los empiezo a modificar, a trabajar, a recortar. Hasta que digo, “bueno, esta va a ser la serie”, y me pongo a hacer una revisión de todos esos dibujos que ya había hecho y que me sirvieron de bocetos para los nuevos trabajos. Para la muestra, como apéndice, decido buscar en las series que tenía, donde había un rancho escondido y dio la casualidad de que estaban escondidos por un montón de series. También, están en la serie “La mirada de don Julio” o “Polucionados”, que es una serie más ciudadana, pero está el conurbano y sus ranchos presentes.

Nestor Mahmud

Esto me parece muy importante, fijate vos, cómo desde esta cosa minimalista, que es un rancho, fuiste evolucionando la idea para llegar a esto de la polución, del humo. Incluso del trabajo, ¿no? Estos seres que trabajan en esta ciudad, que está contaminada, que si bien tiran la basura para allá, también su forma de trabajo es de explotación. Todo eso se ve en esas otras figuras que evolucionaron de ese ranchito, ¿no?

Y esa mirada surge cuando uno sale de la ciudad. Yo nací en La Matanza, a diez cuadras de la General Paz y estudié en Capital. Si bien, de chico iba a jugar a la pelota a la loma del culo… al corazón de La Matanza y era todo descampado, cuando empiezo a trabajar de docente, de estar tanto en la ciudad, me impacta el paisaje del conurbano. Descampados, barriadas, fábricas, humo, arroyos contaminados… y a la vuelta… ciudad, aglomeración. Empecé a trabajar en el ‘98 con una crisis económica increíble, donde los pibes iban realmente descalzos a la escuela y había, como te decía antes, un rancho en un lote grande. Quince años después, fue una explosión. Era un rancho al lado del otro.

De tus proyectos, estuve viendo que estás armando una especie de historieta relacionada con historias y escritos de los desaparecidos. Contame en qué estás.

Esa historieta surge para un trabajo en el profesorado. Tenía que elegir un artista para después hacer una entrevista y armar una historieta. Entonces, elijo a un profesor que tuve en el Yrutia, Hugo Previtalli. Y él tiene una serie de dibujos sobre los vuelos de la muerte, que es la serie que elijo para luego realizar el trabajo gráfico que me pedían.

¿Los dibujos son de él?

Los dibujos son míos, parto de la interpretación de una figura que él construyó y que a mí me impactó. Los textos de la historieta pertenecen a escritoras y escritores desaparecidos y víctimas del Terrorismo de Estado, recopilados en un libro que se llama Palabra viva. Entonces, hago la secuencia de dibujos con la temática de los vuelos de la muerte. Utilizo la poesía y los textos que hay en el libro, los voy volcando en cada uno de los dibujos y buscándole un hilo conductor. Quizás, modifico algún final de algún poema o algún enlace entre una poesía y otra, entre un párrafo y otro. Trabajar sobre eso y con estos textos es algo muy fuerte.

Sí, es muy fuerte, porque sabés que es real.

Que es real y que también es necesario, porque si bien hay un montón de obras relacionadas al tema, no vi nunca una historieta, y creo que con el dibujo puedo aportar un grano de arena para que la lucha continúe, para que no haya olvido, ni perdón.

Es decir, lo que es de Palabra viva son los textos nada más. Lo que vos estás haciendo es tomar esos textos y bajarlos a…

Bajarlos a la viñeta. Pagina por página.

Vi lo que mandaste, me pareció muy interesante. Aparte, me parece que puede llegar de otra manera, la imagen llega de otra manera que la palabra ¿Tu idea es presentarlo en algún lado?

Mi idea es engrosar el material y presentarlo, son muchas horas de laburo, quizás presentarlo en capítulos, no sé, vamos a ver qué pasa, es un trabajo que no está concluido.

Respecto a los proyectos, me parece que es una cosa muy grosa y, aparte, te reivindica como artista realmente. Una de las cosas que escribí también es sobre un enigma que me quedó, no sé si es un enigma, sobre tus triplicados. En los triplicados hay imágenes que me remitieron a la historia, a los egipcios, a los mexicanos, a seres extraterrestres. Tienen una imagen detrás y tiene que ver con algunos dibujos que vi, que venías haciendo. Hacia el 2000 como que venías trabajando esas imágenes bastante barrocas, ¿no? ¿Quiénes son esos triplicados?, ¿se puede saber?

Bueno, viajar por Latinoamérica y acercarse a la cosmovisión de los pueblos originarios. De repente, estar en un sitio arqueológico como la ciudad de Palenque, Machu Pichu, La Isla del Sol, etc., eso a uno lo impacta, así como me impactó la estampa japonesa, me impactó la obra de Goya, de Picasso y demás, eso también. Tiene una identidad latinoamericana que te deja la piel muy sensible cuando estás en el lugar, te hermanás con eso, también es una manera de conocer nuestro pasado y saber porqué estamos como estamos, cómo se destruyó, cómo se quiso destruir esa cultura, cómo se robó, cómo se llevó a cabo ese robo, y de la mano del arte uno aprende historia. Entonces, la imagen de la serie surge de esas estatuillas que uno fotografió o que vio en internet o tenía en un catálogo que se trajo del viaje. Y, de buscar en la historia y en los libros caés en otras culturas y por eso también, hay estatuillas y máscaras africanas, egipcias, etc. 

Y eso es lo que de alguna manera estás trabajando ahora ¿Por qué por triplicado? ¿Por esa cosa que te da, cósmica?

Es el resultado de la búsqueda. No quería reproducir únicamente la estatuilla. Si yo a eso le buscaba la vuelta y trataba de agregarle cierta poética, cierto surrealismo, algo de intriga, se enriquecía la imagen. Y se va armando y tiene su efecto, me hace jugar. Si represento un chamán debo tener en cuenta que esa persona ingería algo y se abría su cuerpo, su mente, todo, y se mezclaba con el cosmos. Esas representaciones que hago del espacio tienen que ver con eso. Y tiene que ver, también, con un viaje interno, con haber tocado algunas cosas de la espiritualidad y de volver a lo que uno vio en los viajes.

Nestor Mahmud
Arte de Néstor Mahmud.

Una muestra para hacer: esos trípticos y la historieta de los desaparecidos ¿Qué sentís que es tu taller?

Mi taller se arma y se desarma. Se arma con el tablero, cuando voy a trabajar definidamente sobre papel y después lo desarmo para dibujar en gran formato: telas de 3 metros de alto por 2 de ancho. Desde la época del 2001, que vengo trabajando en ese formato, de golpe hacer un mural te rompe la cabeza, trabajar en tamaños grandes es un desafío. Y esas telas las presento sin bastidor, como si fuesen banderas.

Desde lo político, ¿qué quiebre hubo para vos en el 2001?

Si, desde lo político y lo artístico. La llegada del muralismo fue también muy fuerte, la acción colectiva, una pintura mural y que después se arme un evento donde vengan familiares de detenidos desaparecidos, donde venga militancia política, eso fue un quiebre impresionante. Irse del menemismo y del delarruismo con ese espíritu fue muy importante para mí. Y espero que pase lo mismo ahora que se va el Neoliberalismo.

Quería saber si te interesa vender tu obra. Ya veo que te interesa exponer. Pero, ¿cómo es, estando en San Antonio de Areco? Porque también hay un camino a la urbe, ¿es una parte que tenés en cuenta?

Me gusta exponer, y siempre que se expone hay posibilidades de venta. Me interesa mostrar más en museos, nunca mandé carpeta a una galería, la vez que me lo propusieron no me gustó el arreglo que me imponían. En los museos encuentro otro mundo conectado a la cultura, que justamente no es el lado privado, formar parte y engrosar el patrimonio cultural de un pueblo, de una provincia, del país, de un centro cultural, eso me gusta y me compromete.

Además es una obra muy comprometida. Me queda claro el tema de tu docencia y esos lugares que apuntan a lo cultural, también es una manera de enseñar, ¿no?

Sí, tengo el proyecto ahora que vivo en la Provincia de Buenos Aires, de llevar mi obra a los museos de cada pueblo de la provincia, ya expuse en Areco, en Lincoln, ahora en mayo en el museo de Luján. Me interesa y me gusta viajar, llegar y presentar la obra, entrar en contacto con otros artistas, otras instituciones. Los museos de los pueblos son muy visitados, van estudiantes y docentes de todos los niveles, van turistas, la obra se ve. De repente te llaman, va un grupo de estudiantes y te acercás a dar una charla, es lindo conectar con la gente y explicar el porqué de mi trabajo artístico.

Esa parte la veo perfecta para vos. Te gusta la docencia, ¿no?

Sí, me gusta la docencia, me gusta dar clases, ¡y en escuelas públicas!

Estamos en un momento en el que tal vez se abren perspectivas y hay otro aire.

Sí, y hay que estar. Hay otro aire y si uno puede, hay que hacerlo. Así que yo proyecto eso, estar pueblo por pueblo en los museos gratuitos y estatales.