Escribe: Pablo Kalaka (*)

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Es durísimo reflexionar sobre nuestra actualidad sin caer en una obviedad como esta: la incertidumbre es el hilo que nos cose. La suspensión del tiempo por la pandemia no ha podido, sin embargo, interrumpir las emanaciones de rabia colectiva que saltan por todas partes. De Chile a Minneapolis, rabias de diversa índole se propagan, se ramifican, se viralizan en las redes. Minneapolis ardía por la noche y por el día las comunidades limpiaban las calles y organizaban solidaridades con los pequeños comercios locales, unánime el desprecio a las fuerzas policiales. Mientras tanto, la intelligentsia pop desbarrando cual Sísifo en disensiones y sismas que aportan cero a la causa comunitaria. Desde estas cabezas pensantes parece importar más el control por la legitimidad de las identidades que se expresan que tender puentes entre todas las identidades oprimidas por una causa común.

Eddie Palmieri pianista de El Barrio.
Eddie Palmieri.

Y a mí se me ocurrió acordarme de 1972, cuando el gigantesco Eddie Palmieri realizó un concierto en la cárcel de Sing Sing con no más que reclusos por audiencia. Este pianista incombustible nace en Nueva York pero sus orígenes son puertorriqueños y corsos: hasta su genética es la expresión de la rizomática red de herencias que entretejen el ser estadounidense, un país estructuralmente multicultural (por mucho que eso le duela a sus secuestradores).

El joven Eddie creció en El Barrio, como llaman a la zona latina del East Harlem de Nueva York. El Barrio tiene un peso cultural y social específico. Allí nació el más híbrido de todos los géneros: la Salsa Brava, cuando el jazz y otras sonoridades urbanas que ya eran híbridas se juntaron con aquellos sonidos que los antillanos traían en sus maletas, que también son cosecha de varias mixturas. Palmieri, uno de los artífices de ese género de géneros, conoció la pobreza y la discriminación junto a toda la generación que le supo dar forma a su hartazgo.

Palmieri, uno de los artífices de ese género de géneros, conoció la pobreza y la discriminación junto a toda la generación que le supo dar forma a su hartazgo.

Paladín del latin jazz, con su primera legendaria orquesta, La Perfecta, trajo un sonido ronco, pesado, cargado de trombones, que se convirtió en camino a seguir por los que vinieron después. Coqueteó con esa suerte de afortunado engendro entre la música latina y el pop gringo que es el boogaloo, pero el devenir de El Barrio y de su momento histórico lo terminó por alcanzar. Se vinculó a los Young Lords, organización que suelen explicar como una suerte de Black Panthers boricuas. Cuando algunos de ellos fueron aprehendidos por vendar los ojos de la Estatua de La Libertad con una bandera de Puerto Rico, Palmieri pagó la fianza para su liberación. Y la coyuntura social penetró en sus nuevas canciones, con títulos como Justicia o La Libertad Lógico. Pero este hombre incombustible, que aporrea el piano como si fuera el instrumento de percusión que efectivamente es, se fue a lo profundo y rotundo, y fundó el Harlem River Drive, una banda que tomaba el nombre de la autopista que partía en dos la ciudad y que separaba clases, razas, culturas y barrios.

Elepé de Harlem River Drive.

En esta banda participaba su hermano, Charlie, y otra caterva de músicos de variopintos orígenes. Confluían en la agrupación tal como lo hacían en el barrio. Había un judío a los trombones y a nadie le importaba. Toda confluencia racial en Estados Unidos ocasiona sospecha, tensión y contradicción, hay allí una herida fundacional que resulta extremadamente difícil de superar. Y en esta banda los apellidos hispanos, anglos y africanos se amontonaban todos juntos. En la calle, Los Black Panthers aprendían de los ejercicios de emancipación latinoamericanos y creaban vínculos con los Young Lords y otras organizaciones. Eran tiempos de toma del espacio público, de pelear por el poder político, de Los Derechos Civiles y de una desvergonzada expresión cultural y orgullo identitario.

Es en todo esa coyuntura que Palmieri, con su Harlem River Drive, se va a tocar a la siniestra y hacinada cárcel de Sing Sing. Los músicos mismos parecen hacinados en una tarima que apenas los contiene. No parecen ajenos a los hombres allí confinados. Alguien le dice a Palmieri: “el 80 por ciento son negros”, y él contesta: “open up the curtain, man, what are you telling me about color?” Los reclusos los reciben con el puño levantado vuelto fama por los Black Panthers. Felipe Lucianoslam poet, intelectual y activista boricua es un invitado de excepción. Su saludo al público es ya legendario:

“Qué pasa, what’s happening, Salam Aleikum, how´s it going Brothers and sis…. Brothers.”

Rompen en risas. La Babel de lenguas y culturas de ese saludo parece pasar inadvertido por el revelador descuido de Luciano: no hay sisters en la cárcel. A partir de ese momento ya sabemos que ese mundo está intoxicado por una ausencia primordial.

Abren con el poderoso Pa la Ocha Tambó, un tema minado de referencias a la santería, religión sincrética como pocas, en donde la imaginería cristiana se amalgama con la narrativa y la cosmovisión Yoruba: religión mulata, de esclavos, de hombres y mujeres castigados y confinados que a la fuerza reinventan el mundo a partir de la nueva realidad que les es otorgada a la fuerza. Con un tema así abre Palmieri en una cárcel.

 

Todo lo que sigue son descargas de trepidante e incombustible fusión: retales de jazz, de funk, de rock, de conga, de son, de salsa brava, aconteciendo de un modo simultáneo con una pericia y desenfado magistrales. Si bien la amalgama es profusa, barroca y catártica, la piedra fundacional es la clave: esos dos palitos que contienen todo el caribe dentro de sí. Es esa quintaesencia caribe lo que da forma a una erótica solo en apariencia muy primaria pero que en realidad fluye a través de una virtuosa arquitectura musical. Palmieri hace malabares con demasiadas bolas en el aire, pero no se le cae ninguna. En varios temas la intro presenta el tema, explica y replica y luego te sumerge en una especie de suspenso, donde todo se mantiene en tensión, y solo el teclado de los maestros Palmieri dibuja un solo rebajado, contenido para romper hacia el tercer acto con un catártico crescendo que estalla en todas direcciones. Vámonos pal monte, Muñeca, Azúcar: temas que revelan al caribe en toda su carnal, erótica, sangrante y bullente estridencia. Todo el concierto es contratempo, es apabullante síncopa, es ritmo que se da y se contrae obligando a tu cuerpo a vivirse con todo su ser.

Eddie Palmieri pianista
Eddie Palmieri, en su salsa.

Felipe Luciano es el único que interrumpe la bacanal con varios poemas que recita a modo de slam poetry. El poema Jíbaro, my pretty nigger, una suerte de oda al ancestro antillano, termina así:

You can’t hide.
I ride with you on subways.
I touch shoulders with you in dances.
I make crazy love to your daughter.
yea, you my cold nigga man.
And I love you ’cause you’re mine.

And I’ll never let you go.
And I’ll never let you go.
(You mine, nigga!)
And I’ll never let you go.
Forget about self.
We’re together now.
And I’ll never let you go!
Uh’uh
Never, Nigga.

Luciano se hace uno con su ancestro y al hacerlo se hace uno con todos y cada uno de los presentes. Sin apóstrofes, sin aspavientos ni grandilocuentes militancias, esta obra es una celebración de un más allá del mestizaje. Desconozco qué cosas piensa el actual Palmieri sobre política o identidad, pero el músico de aquel entonces borra todo abismo entre géneros, credos, etnias, formatos y formalidades. La salsa ya era un interminable ejercicio de mestizaje. Él llevó el experimento un poco más lejos. En el concierto hablan los presentadores, canta el poeta, toca la multicultural banda. La música que suenan es una yuxtaposición de géneros que son ya híbridos: como dos espejos enfrentados, el mestizaje se suma a sí mismo y multiplica sus capas. ¿Como podemos hablar de música negra, anglo, cubana, boricua, cuando está todo ocurriendo al mismo tiempo e inoculándose unas a otras? La raíz es el pretérito africano, sí, pero este concierto es una rabiosa mixtura de presentes. Esa música es también reflejo de un tiempo de cruce y encuentros, de vínculo entre colectivos humanos que se reconocían en una misma lucha y un mismo devenir histórico. Justo ahora, cuando un Estados Unidos se rebela ante aquella porción supremacista que tiene a esa nación secuestrada desde su mismísima fundación, aquellos que comparten esa rabia y esa rebeldía podrían recordar cómo esos artistas amalgamaron sus identidades, como cuando, entre balas y persecución Los Black Panthers dieron asistencia legal a aquellos jóvenes latinos incriminados injustamente por el asesinato de policías. Alejar unas identidades de otras en nombre de vaya a saber qué clase de corrección política está condenando a todas esas identidades a librar sus batallas por separado, lo cual solo depara alienación y derrota. El proyecto Harlem River Drive fue breve. No salió de las camarillas de intelectuales y militantes, y fue hostigado por la CIA y el FBI. Como aquellas opresiones siguen vigentes, podríamos ser el público que no encontraron en su momento e introducirnos en música de identidades que se cruzan, se funden, se reflejan y hacen poderosas al encontrarse, finalmente, usas en las otras, tal como pasó aquella tarde en la nefasta cárcel de Sing Sing.

(*) Pintor – Muralista Chileno-Venezolano

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