Escribe: Marcelo Vecino – Dri

Ilustra: Matías Chenzo

“El lujo es vulgaridad”
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (1991).

Mediados de los ´90. Hernán Vilchez está en un hotel en Mendoza. Algo le da vueltas por la cabeza. Hace un tiempo que siente que lo que hace no lo llena. Estudió una carrera convencional en la UBA, es hábil para los negocios, le va bien. Sin embargo, busca un sendero distinto. En la tele de la pieza que comparte con un amigo, Mel Gibson explica el detrás de escena de Braveheart (Corazón Valiente). Hace poco se estrenó su película, de la que fue director, productor y protagonista. Más allá de las explicaciones que da quien interpreta a William Wallace, algo llama la atención de Vilchez. “Eso es lo que quiero hacer” exclama dando un salto y baja al trote para buscar un puesto de diarios. Compra la primera revista de cine que encuentra y la devora.

Huicholes documental Vilchez
Filmación del documental “Huicholes: los últimos guardianes del peyote”

Una década después, está en Alemania. Llegó allí desde Barcelona. Venía de participar en varias bandas y de grabar un disco. Vive en un atelier montado donde había funcionado un campo de concentración durante el nazismo. Pasa sus días junto a otros\as artistas de todo el mundo. Ya realizó sus primeras incursiones cinematográficas, luego de estudiar cine en nuestro país y en Cuba, donde vivió un año. Atrás habían quedado los picaditos con los amigos del barrio en los baldíos linderos a la cancha de Platense, alternados con el uso de una cámara de fotos y una súper 8 de su padre. Uno de sus colegas le comenta que la productora del reality show en el que trabaja como editor, necesita elaborar contenido en comunidades indígenas del mundo y que había pensado en recomendarlo. Sin dudar, acepta el desafío. No le importa el programa en sí ni el dinero que le van a ofrecer. Algo le decía que “Los padres más estrictos del mundo” (“Die strengsten Eltern der Welt”, emitida entre 2009 y 2014), iba a ser sólo un intermezzo.

Los años siguientes, se interna en la serranía mexicana con un compañero. Llevan a cuestas dos cámaras, todos sus accesorios, el equipo de iluminación y demás. Conoce y frecuenta a los Wixárika (Huicholes en castellano), pueblo prehispánico que lleva siglos viviendo en armonía con la naturaleza antes de la llegada de la cultura blanca y occidental, luego definitivamente capitalista. Hacía años que venía estudiando a pueblos originarios de todo el planeta y sus ceremonias ancestrales. Había estado en Australia, en Indonesia, en la Amazonía, en Uganda, en Senegal, en India, en Brasil. Iba y venía por el mundo. Los Wixárika lo llevan ante sus autoridades, un Consejo de Ancianos. No entiende una palabra de lo que le dicen, pero las miradas de los sabios le transmiten más que cualquier vocablo en nuestra lengua. Lo autorizan a moverse por territorios antiguos como la tierra misma, pero le piden que retrate una problemática: el gobierno mexicano ha dado en concesión tierras sagradas donde no habitan, pero peregrinan anualmente. Allí, en medio del desierto, crece el peyote. A través de su uso en rituales y ceremonias, se conectan con sus divinidades hace siglos.

Portada de la película, que se puede ver gratis a colaboración en el enlace inserto, dentro de Latinoamérica.

Luego de organizarse con la familiar Ramírez, cuya madre y padre son conocidos chamanes (“marakate”) de la comarca, inician el viaje de casi 800 km desde la Sierra Madre hasta Wirikuta, la tierra sagrada del peyote. En un retén policial a mitad de camino, les advierten que si siguen adelante es por decisión propia. Lo que no imaginaban es que los próximos en pararlos serían los mismísimos Zetas, un sanguinario grupo de traficantes ya extinto. Se alojarían en “la madriguera de los narcos”, en un pueblo llamado Valparaíso. Al seguir viaje, Vilchez lleva en su bolsillo un amuleto de metal con forma de escorpión. Se lo había regalado el conserje del hotel de los Zetas por su valentía, mientras le susurraba al oído “esto te va a cuidar”. Cuando hoy me lo cuenta a través de la pantalla, única manera de entrevistarlo en cuarentena, los ojos le brillan aún con más intensidad que cuando lo conocí hace al menos 20 años. En los días siguientes de aquel recorrido en tierras aztecas, dormiría a la intemperie en medio del desierto, participaría de rituales de iniciación y conocería en primera persona otro mundo.

Huicholes: los últimos guardianes del peyote (2014).
Kabopro Films. 128 minutos.

Producción Paola Stefani
Cinematografía José Andrés Solórzano
Animación & VFX Eugenio Costa
Música Gastón F. Salazar – Juan José “Katira” Ramírez
Diseño Gráfico G. González Roth – Geni Expósito
Dirección y Producción Hernán Vilchez
https://huicholesfilm.com/es/

A mediados de 2014, está en Real de Catorce, una pequeña ciudad a casi 3000 metros de altura, con poco más de un millar de habitantes, en el estado de San Luis Potosí. Estrena allí “Huicholes: los últimos guardianes del peyote” junto con su colega fotógrafo Andrés Solórzano y su socia, amiga y coproductora Paola Stefani. Su documental conmueve al público presente, que aguanta el frío que invade el cine improvisado al borde de un acantilado. Luego seguirían funciones en el desierto, en la comunidad huichola de La Sierra (de donde son los Ancianos que le pidieron que la haga), antes de proyectarse en Guadalajara, en la ciudad de México y luego, en todo el mundo. Nadie queda sin expresar su voz a lo largo de su creación: los huicholes, protagonistas; los\as habitantes de Real de Catorce, interesados\as en la construcción de minas para resolver su endémica falta de oportunidades y trabajo; los empresarios de las distintas compañías extractivas; figuras judiciales y gubernamentales. No le interesa la “grieta” ni realizar una película “en contra de”. Sus intenciones van hacia otro lado. Mientras sonríe, al principio de la entrevista que se extendió por casi una hora, me dice “para eso estamos, para compartir”.

Ilustración de Matías Chenzo.

“Cualquier estudiante de cine tiene que tener algo para decir o por lo menos algo que interpretar de lo que vive, que no lo puede aguantar adentro y que lo tiene que contar”.

Cuando le pregunto qué le diría a futuros\as cineastas, se toma un segundo y dispara: “Cualquier estudiante de cine tiene que tener algo para decir o por lo menos algo que interpretar de lo que vive, que no lo puede aguantar adentro y que lo tiene que contar. Se puede hacer con el matiz que quieras, con el elemento técnico que dispongas, con el presupuesto que se tenga. Tiene que haber una visión con sentido que trascienda tu persona. Si no, se torna onanista. Algo que digas ‘tengo que contarle esto al mundo y no lo puedo evitar, lo tengo que hacer’. Aprender, practicar, ponerse a filmar con lo que sea”. Hernán Vilchez me despide afectuosamente, como siempre. Recorrió el mundo pero sigue siendo el de los picados en el barrio, a la vera de las vías del tren. Seguramente el diariero no recordará el día que le vendió una revista de cine. Sin embargo, ese joven encendido tenía algo para contarle al mundo.

Edición: Estefanía Saladino