Escribe: José G. Giavedoni (*)

“La música de Coltrane y lo que éste tocaba durante los dos o tres últimos años de su vida representaron para muchos negros el fuego, la pasión, el odio, la ira, la rebeldía y el amor que ellos mismos sentían, sobre todo los jóvenes intelectuales y revolucionarios negros de la época (…) Coltrane era su símbolo, su orgullo; su hermoso, negro y revolucionario orgullo. Yo lo había sido unos años antes, ahora él lo era y yo no tenía nada que objetar”.

Miles Davis

Pasan cosas, en Argentina, en la región, en el mundo. Los cimientos se mueven, las bases se consternan. Quienes siempre les ha tocado ocupar un lugar invisibilizado elevan un grito de disconformidad, ya no quieren seguir siendo los residuos de la historia. Que el orden siempre puja por emprolijar, empaquetar, hacer masticable y digerible las experiencias que emergen en los pliegues y en las heridas que se van abriendo en la rutinaria marcha de la historia, así es. Que suele tener éxito, también. Pero no por ello la historia no continuará escupiendo sus incomodidades, tampoco se dejará de querer normalizarlas pero, al mismo tiempo, estas incomodidades, los residuos, se escabullen a esa pretensión para seguir horadando el curso habitual de los hechos.

John Coltrane. 1964. FOTO: Jim Marshall.

El jazz es una de esas experiencias y emerge en esos pliegues. ¿Se la pretende normalizar, transformar en mercancía, succionarle su fuerza y armar un packaging delicioso y seductor? Constantemente y, con seguridad, mayormente con éxito. No por ello la historia (con minúscula) ha dejado de supurar un Django, una Billie Holiday, un Mingus, un Haden, una Carla Bley, etc., ni lo dejará de hacer. Es en este complejo océano de contradicciones donde navegan y naufragan estas experiencias, pero también donde se recomponen, toman impulso y continúan rascando.

Coltrane es uno de esos nombres, pisa fuerte en la escena del jazz del 60. Comienza en la banda de Dizzy Gillespie en 1949, en la que estará sólo un año. En esa primera mitad toca un tiempo con Johnny Hodges. Pero el gran quiebre y el nacimiento del músico que le dará una nueva forma al Jazz moderno se produce a mediados del ’50 cuando se incorpora al quinteto de Miles Davis. En esa segunda mitad del cincuenta es donde se comienza a forjar el Coltrane que explotará en los ’60. Forma parte del primer quinteto entre 1955 y abril de 1957 junto a Garland, Chambers, Philly Joe Jones y, desde luego, Davis. Luego se va o lo van, trabaja junto a Telonio pero se reincorpora en enero de 1958 hasta abril de 1960 donde, definitivamente, adquiere vuelo propio. Esta última formación de Davis, sexteto, junto a Bill Evans, Julian Cannonball Adderley, Paul Chambers en bajo, Jimmy Cobb en batería, el dream team, la formación que graba Kind of Blue.

Hasta este momento desde luego que tenía grabaciones propias y no menores. Blue Trane de 1957 con un estilo bien hard bop aunque ya despuntando la atonalidad del free; Giant Steps en ese sacudido año de 1959. Pero a partir del 60 logra formar ese gran cuarteto con el que grabarán discos memorables que cambiarán la historia del jazz, entre ellos, “A love supreme” de 1965.

Dicen que era un estudioso obsesivo de su instrumento, se pasaba días estudiando teoría, haciendo e inventando arreglos, sumergido en una investigación sonora.
Pero lo que no debe pasarse por alto es la importancia que tuvo el momento que le tocó salir a jugar a pleno. Algo así como las condiciones de posibilidad para la emergencia de una figura como Coltrane porque, sin ellas, desde luego que hubiese sido un excelente saxofonista que formó parte de legendarias bandas, el mejor entre los mejores, pero sólo eso, un gran saxofonista. Pero si algo le ofreció la posibilidad de ser mucho más que eso, fueron las condiciones sociales y políticas del momento.

El movimiento por los derechos civiles, las Panteras Negras y el free jazz no pueden comprenderse por separado y se condensan en una década del 60 repleta de convulsiones. Quien lo ha trabajado es Frank Kofsky en su libro “John Coltrane y la revolución del jazz de los años sesenta“, originalmente publicado con el nombre “El nacionalismo Negro y la revolución en la música“. Playa Girón, la crisis de los misiles, las luchas de liberación nacional a lo largo del planeta y, desde luego, en EEUU la lucha por los derechos civiles que toma formas cada vez más cruentas, no pueden ser ajenos a una música que se alimenta de las contradicciones sociales.

Iglesia Bautista de la ciudad de Birmingham, Alabama.

El domingo 15 de septiembre de 1963 se desarrollaba, como era habitual, la celebración de la misa en la Iglesia Bautista de la ciudad de Birmingham en el estado de Alabama. De repente, una explosión causa una conmoción en esa apacible Iglesia. Se trató de un artefacto explosivo colocado por tres fanáticos del Ku Klux Klan y su resultado es la muerte de cuatro niñas y cientos de heridos. Los responsables no tuvieron condena y salieron en libertad. No es mera coincidencia que el jefe del FBI de ese entonces, Hoover, estuviese más interesado en perseguir comunistas que encontrar los responsables. Esto hace, precisamente, a esas condiciones de posibilidad que mencionáramos. Recién en 1977 es condenado uno de los responsables. El segundo muere sin haber recibido condena, muere impune. Finalmente, el tercero, recién es condenado 38 años después del episodio, en 2001. Ese es el clima de la década del ’60 en EEUU, pero también posteriormente.

Tres días después, en la misma Iglesia, durante el funeral, Martin Luther King da un discurso de despedida de las víctimas, pero también un discurso que es de lucha, señalando a los responsables directos e indirectos, relanzando el movimiento contra los delitos por motivos raciales: “Ellas tienen algo que decir a cada uno de nosotros. Tienen algo que decir a esos ministros del evangelio que permanecen en silencio detrás de la seguridad de sus ventanas con cristales de colores. Tienen algo que decir a todos los políticos que alimentaron a sus electores con el pan duro del odio y la carne podrida del racismo. Tienen algo que decir a un gobierno federal que se ha comprometido con las prácticas antidemocráticas de los racistas del sur. Tienen algo que decir a cada negro que acepta pasivamente el sistema de segregación y que se mantiene al margen de nuestra lucha por la justicia. Dicen que cada uno de nosotros debe estar preocupado no sólo por quiénes las asesinaron, sino por el sistema, el modo de vida, la filosofía que produjo a esos asesinos” dice ese día.

Dr. Martin Luther King Jr., en Birmingham, Alabama, el 17 de septiembre de 1963 (AP Photo)

Dos meses después, Coltrane ingresa a un estudio de grabación con su clásico cuarteto compuesto por Elvin Jones en batería, Jimmi Garrison en bajo y McCoy Tyner en piano y, sin decirles nada, graban este tema, “Alabama”. Esta composición, al igual que el discurso de Luther King, da toda la impresión de ser menos de duelo y más de renovada fuerza, posee un halo de tristeza, desde luego, pero la misma parece ser soporte para lo que viene más que una resignación por lo sucedido, el soporte de todo lo que Coltrane tiene para decir.

Esto puede notarse en la propia melodía a partir del cambio de ritmo que Elvin Jones le imprime al final, podríamos decir del duelo a la firmeza, de la tristeza y conmoción a la presencia y el convencimiento. Pero no se da solo al final, la forma misma como comienza es de mucha tensión, ahí no hay tristeza, ni dolor paralizante, hay dientes rechinando, hay furia contenida, se llora al mismo tiempo que se odia. Es difícil, reconozco, hacer esta lectura en un Coltrane volcado a la espiritualidad, sin embargo, puede que no exista contradicción. Luther King puede que no se permita estos sentimientos, pero Coltrane fue un gran admirador también de Malcom X, aunque evitara hablar del mismo.

El primer minuto y medio es de esta tensión y furia contenida. McCoy toca unas notas, Garrison las sostiene con un fondo pleno y Trane se encarga de hablar. ¿Cómo se resuelve? No con una arremetida coltraneana que atropella con su saxo todo lo que tiene delante. Parece que Coltrane le escupe en la cara el swing, el ritmo jazzero negro a modo de dar cuenta de esa presencia. Te respondo con esto, parece decir, no con arrebato, ni locura, ni furia descontrolada, te respondo con nuestra presencia en los trazos culturales de esta tierra, estamos más incrustados en esta tierra de lo que creen y de lo que desearían, parece hablarles a esos fanáticos blancos. Luego de esta respuesta se vuelve a un tono mesurado, pero es Jones quien pone la nota con unos tones para no dar falsa imagen de derrota y luego Garrison, una vez más, de frente con su bajo. Para finalizar Jones vuelve con tones y platillos a sacudir la modorra. El tema termina arriba y eso no parece menor en una composición de reivindicación, exigencia y lucha. El tiempo del duelo pasó, ahora nos disponemos al enfrentamiento.

Ese 18 de noviembre graban cinco tomas, la última es la que se incluye finalmente en el disco “Live at Birdland” del sello Impulse. Dicen que en la misma se pueden reconocer citas del discurso del propio Luther King. Es posible, muchos coinciden en que el discurso de Luther King el día del funeral lo marcó y determinó a escribir esta canción.
Así como Coltrane admiraba a Malcom X, también parece haber un mutuo respeto y mutua referencia entre Martin Luther King y el propio John Coltrane. Éste último dirá: “La música es una expresión de ideales superiores … la hermandad está ahí; y creo que con la hermandad, no habría pobreza … no habría guerra … Sé que hay fuerzas malas, fuerzas que traen sufrimiento a los demás y miseria al mundo, pero yo quiero ser una fuerza que sea verdaderamente para el bien”. Mientras que en un discurso de apertura de un festival de jazz en Berlín en septiembre de 1964, Luther King dirá: “El jazz habla por la vida. El blues cuenta la historia de las dificultades de la vida, y si piensas por un momento, te darás cuenta de que toma las realidades más difíciles de la vida y las hace música, solo para salir con alguna nueva esperanza o sensación de triunfo. Esta es la música triunfante. El Jazz moderno ha continuado en esta tradición, cantando las canciones de una existencia urbana más complicada. Cuando la vida misma no ofrece orden ni significado, el músico crea un orden y significado a partir de los sonidos de la tierra que fluyen a través de su instrumento. No es de extrañar que gran parte de la búsqueda de identidad entre los negros estadounidenses fuera defendida por músicos de jazz. Mucho antes de que los ensayistas y eruditos modernos escribieran sobre la ‘identidad racial’ como un problema para un mundo multirracial, los músicos estaban volviendo a sus raíces para afirmar lo que estaba conmoviendo sus almas”.

Caminos que se cruzan, sin duda, es en esta década donde el jazz se encontrará con la lucha por los derechos civiles y, por extensión, con las luchas de toda la década. Una vez más, el sufrimiento y la virulencia que anida en el corazón de los oprimidos se expresan con el lenguaje universal de la música.

(*) Docente e investigador UNR-CONICET