Escribe: Álvaro Erices

No son muchos los hombres o mujeres que puedan demostrarnos con hechos tangibles y contemporáneos que al mayor imperio del siglo XX se lo puede vencer y que, además, es posible vivir para contarlo.

Hay que convenir que la más importante de todas las victorias en esta existencia que llamamos vida es la ético-moral; esa enorme fuerza que alimenta las convicciones y el corazón para transformar la realidad.

Fidel Castro.

Y de esto Fidel tiene mucho para enseñarnos. Sobre todo porque sus hazañas las realizó a tan solo 90 millas de distancia (La Habana – Key West) de Estados Unidos.

“Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”, acuñó alguna vez un militante brillante. Suena a don Arturo Jauretche, pero anda cerca. Lo dijo cien años antes José Martí, el autor intelectual de la Revolución cubana de 1959.

Cuestión nacional en clave continental de la que Fidel es parte en medio de una infinita oleada de eventos, pero cuya importancia histórica nos marca el puntapié inicial de la segunda emancipación latinoamericana. Puente histórico que remite a las gestas revolucionarias del siglo XIX.

Vienen a la mente las luchas por la independencia cubana, de las que “El apóstol”, Antonio Maceo, Calixto García y Máximo Gómez, fueron artífices.

José Martí.

El fundamento de la liberación nacional en clave continental impulsada por Fidel tiene exactamente el mismo núcleo que el que se abrió el 17 de octubre de 1945 en la Argentina. Un corazón nutrido de “nacionalismo popular revolucionario” -como bien lo definiera Rodolfo Puiggrós– potenciado desde una perspectiva antiimperialista en la Tercera Posición de Juan Domingo Perón, y que es inherente a todos los movimientos nacionales y populares históricos latinoamericanos.

Identidad patriótica continental nacida de las revoluciones independentistas de todos nuestros países hermanos a lo largo del siglo XIX, y que, vista desde una perspectiva de unidad, cada país latinoamericano desde su particularidad la impulsa con avances y retrocesos en busca de la Justicia Social.

Por ese motivo es tan importante establecer puentes en donde tal vez nadie se ha atrevido a establecerlos. O incluso en donde no habría río aparente. Para crear, para transformar, para imaginar un continente digno de ser vivido.

Poco más de un siglo antes de 1959, Juan Manuel de Rosas logró un cometido similar al de Fidel en Playa Girón (1961): a fuerza de inteligencia, tesón, temple, tenacidad, estrategia política y una gran genialidad colectiva, venció a la embestida anglo-francesa en Vuelta de Obligado. Recordemos que el Imperio inglés fue el que hegemonizó el mundo del siglo XIX.
Similitudes tan sutiles que animan con su especificidad: ambos fueron grandes conocedores de sus territorios de punta a punta. Rosas desde la provincia de Buenos Aires y Fidel desde Birán, provincia de Holguín, al este de Cuba. Verdaderos baqueanos que pudieron haber seguido una vida llena de comodidades, o al menos sin sobresaltos, pero que eligieron seguir la causa más apasionante e importante de todas: la del pueblo.

Característica estratégica que Fidel desde niño desarrolló porque su padre era dueño de extensos territorios en Cuba; aprendizaje que le permitió avanzar exitosamente en la Sierra Maestra contra Fulgencio Batista. “Guerra de guerrillas” como la de Martín Miguel de Güemes en Salta (1814) o como la de Lautaro, toqui de los araucanos que resistieron cojonudamente la embestida española allá por 1552 y en quien José de San Martín se inspiró para nombrar a su logia y también para establecer la estrategia militar en el Combate de San Lorenzo. “Leftraru” en mapudungún, joven libertador de Arauco.

Experiencia que, por su parte, Juan Manuel de Rosas cultivó junto a los Colorados del Monte al regentar de 1818 a 1830 tres inmensas estancias de sus familiares, los Anchorena.

Desde ese conocimiento territorial, desde esa cosmovisión, sorteó con éxito el combate de Vuelta de Obligado. Hecho que posteriormente motivó a José de San Martín a ponerse al servicio de la causa del Restaurador y legarle su sable corvo, símbolo de la liberación suramericana y de la soberanía continental.

Juan Manuel de Rosas.

Entonces, cuando decimos “Fidel” no hablamos de dictadura, ni de “comunismo”, ni de autoritarismo, ni de marcos teóricos partidocráticos y menos de tiranía, sino que expresamos una controversia profunda que data de la Grecia antigua: ¿Qué es, para quiénes, y de quiénes depende la aplicación del concepto de democracia? “Demos” y “kratos” significan gobierno del pueblo.

Pero hay fuerzas en pugna. Por un lado, unas intentado expandir derechos y, por el otro, las que disfrazadas de República los limitan, encadenan y cercenan. Porque, así como sostenía León Rozitchner, las guerras de independencia latinoamericana tuvieron su derrota a manos de aquellxs que se disfrazaron de liberales cuando en realidad su verdadero rostro era el de la fuerza conservadora y oligárquica.

Así, el bloqueo económico (1960) es el dispositivo genocida a cuenta gotas más horrendos de la historia, además de ser el gran responsable de la escasez material en Cuba y del deseo interno de algunxs cubanxs de pensar que el mundo de las “libertades” les traerá mejor vivir.

Corset estratégico, ideológico y cultural que colisiona de frente con la nutrida ética martiana que se enseña desde las escuelas cubanas. Esto último le ha permitido al pueblo cubano sortear desde hace sesenta años las más profundas miserias y ante ellas sobreponer la dignidad como pan de cada día.

Revolución a la cubana.

Por lo tanto, cuando se hable de la Revolución cubana como sinónimo de autoritarismo, burocracia, estatismo, dictadura, tiranía -también a Rosas le decían “tirano”, ¿casualidad?-, o de lo que sea que el conservadurismo, el neoliberalismo, o la izquierda de cafetín le imputen a la Mayor de las Antillas, se debe anteponer la altura moral de un pueblo que en vez de hacer explotar bombas en países lejanos, cada año fomenta la inserción de miles de médicos en el mundo como política exterior. ¿Hay acaso más grandeza que eso?

Tan enorme es la altura ética y moral del pueblo cubano que sus científicos produjeron la vacuna contra el cáncer de pulmón y productos de inmunoterapia contra el cáncer en general. ¿Sería capaz de hacer esto una conducción política inhumana o carente de sentido de justicia social?, ¿Podría realizar estas políticas humanitarias una tiranía?

Convengamos que Cuba es el país con menor tasa de mortalidad infantil en toda la región. Desde el año 1970 han realizado más de seis mil trasplantes renales a ciudadanxs de diversas partes del planeta, y más de quinientos de ellos con donantes vivos.

Cuba ha producido más de 50 millones dosis de vacuna meningocóccica para el África.

Hace años que ningún niño o niña fallece por padecer diabetes en la Isla. La tasa anual de alfabetización es del 99,8 por ciento. El 100 por ciento de la población de 15 a 24 años sabe leer y escribir. Estas no son expresiones de deseos, todo se ha logrado bloqueo económico mediante.

Lo cual habla de un pueblo digno, incluso ante los más de ciento treinta mil millones de dólares en pérdidas económicas por el bloqueo impuesto desde 1960, cifra que asciende a más de novecientos mil millones de dólares si se tiene en cuenta la depreciación del dólar frente al valor oro.

Fidel y el pueblo cubano.

Aun así, Cuba está de pie y mira de frente y a los ojos al imperio, con el mismo temple revolucionario que en el siglo XIX llevaron en su interior los pioneros y mambises que alzaron por primera vez la actual bandera cubana -anexionista, por eso la estrella solitaria en similitud con la bandera del estado de Texas- resignificada y apropiada para siempre tal cual la conocemos hoy.

Quien por prejuicio no quiera subirse a la marcha de Fidel se pierde de comprender el núcleo de sentido del actual combate por la segunda independencia latinoamericana. Todo tiene que ver con todo y somos todxs el mismo movimiento histórico continental emancipador y de unidad que nos legó la modernidad; desde el sur del río Bravo hasta el último pingüino de la Antártida. Por lo tanto, honor a quien honor merece: Fidel es uno de los próceres más grandes que jamás ha existido.

Con el paso del tiempo Fidel llegó a ser un José Martí contemporáneo. Y tenemos el gusto de vivir en su época. Y ahora más que nunca le corresponde ocupar el lugar que merece en la memoria colectiva.

Fidel es parteaguas, Fidel es punto de inflexión. Fidel es saber que la Revolución existe.

Revolución que es, como él mismo dijo: “emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas”.

Así, una nueva esperanza llena mi corazón: hombres y mujeres como Fidel no mueren, se siembran.