Jueves 20 de agosto del 2020

Escribe: Carlos Caramello

“La Revolución de Octubre puso en evidencia la mentira de los socialdemócratas de que hoy es posible el tránsito pacífico al socialismo por la senda del parlamentarismo burgués”
Iósif Stalin

Más de 25 años pasaron desde que el Dr. Raúl Alfonsín introdujo, en el Pacto de Olivos, la figura del Jefe de Gabinete de Ministros con miras a la Reforma de la Constitución. Su intención, por entonces, era labrar el campo institucional con la semilla del parlamentarismo. Tarea ímproba y ciertamente inútil: la tierra árida del presidencialismo impediría (entonces y por ahora) que florecieran esos sueños.

Pero la Jefatura de Gabinete estaba allí. Y Eduardo Bauzá, hombre fuerte de aquel gobierno de Carlos Menem, era número puesto. Y, entonces, otra discusión. Esta vez entre Alberto García Lema (procurador del Tesoro de la Nación) y Rodolfo Díaz (Convencional Constituyente y eminencia jurídica del peronismo). Uno decía que el Jefe de Gabinete era un primus inter pares (siguiendo, de alguna manera, la idea alfonsiniana de que esa institución deviniera, alguna vez en Primer Ministro) y el otro sostenía que, por el contrario, su rol era el de un “ministro coordinador”, alguien que debía operar como puente de plata entre el presidente y su gabinete y ordenar la gestión conjunta, pero siempre “desde abajo”.

Raul Alfonsin y Eduardo Bauza, reunidos en el Congreso Nacional.
FOTO:HUGO VILLALOBOS

La personalidad, el poder que Bauzá detentaba dentro y fuera del menemismo, su manera de construir política “sin hablar”, zanjó la discusión: los decretos 909 y 977 (que “organizaron” la jefatura) son una suerte de construcción legal y técnica de la personalidad del primer ocupante del cargo: una institución concebida a imagen y semejanza de una persona.

Pero la controversia no había encontrado su forma definitiva: caído Bauzá en desgracia, casi ninguno de los jefes de Gabinete que siguieron alcanzó el esplendor del primero: sólo Aníbal Fernández (sobre todo en período 2010-2011), logró emparejársele: nadie podrá negar ya que, en esos días, Aníbal fue la persona políticamente más poderosa del país luego de Cristina Fernández de Kirchner.

El Buen Burócrata

Hubo, claro, otros jefes de Gabinete sobresalientes: Jorge “El Coqui” Capitanich -un técnico de excelencia a la vez que un cuadro político de los más relevantes que ha habido en los últimos 20 años-, le imprimió su sello personal a la gestión. Hubieron, también, otros que cumplieron -con sus más y sus menos- el rol de “ministros coordinadores” como Jorge Rodríguez, que remplazó a Bauzá, o Alfredo Atanasof, que a pesar de sus esfuerzos en las diarias conferencias de prensa jamás pudo clavar un título en la agenda política. Y, por supuesto, los hubo intrascendentes: Terragno y Colombo (desastrosos sólo para no desentonar con la administración de De la Rúa) y Juan Manuel Abal Medina, con todas las máculas que suelen sobrevenir a un politólogo de laboratorio a la hora de ejercer el Gobierno.

Alberto Fernández fue uno de los más destacados jefes de Gabinete que, en sus casi 6 años de gestión, marcó con su impronta personal el cargo. Un burócrata exquisito -en el sentido más amplio y positivo de la palabra burócrata-; un conocedor acabado de los botones que hacen sonar los timbres del Estado; un hombre de diálogo sin altisonancias, un componedor nato que, además, gozaba de la total confianza de Néstor y de Cristina. Fernández fue figura central en la reconstrucción de esa Argentina devastada que nos dejó Fernando De la Rúa y sus mariachis: un proveedor inagotable de cuadros de gobierno; un articulador con todos los sectores del quehacer nacional; un trabajador incansable y un buen compañero para la pareja presidencial que lo sentó a su mesa: tanto para compartir las comidas como para participar de las decisiones políticas. Y fue también quien no dudó en tomar distancia cuando el desacuerdo tomó ribetes dramáticos: un paso al costado… e la nave va!

La pareja presidencial y Alberto Fernández.

Su Mejor Alumno

De la mano de Cristina Fernández, en una jugada que ya he definido muchas veces como gambito de dama, Alberto Fernández llegó a la Presidencia de la Nación. Era -estoy cada vez más seguro- el candidato indicado para el objetivo que se perseguía en ese momento y su postulación produjo los resultados esperados.

Algo para destacar de aquellos días fue la mudanza del Alberto operador, armador, arquitecto de postulantes y campañas (Duhalde, Kirchner, Massa, Randazzo) al Alberto candidato. Y la sensación de estar frente a un nuevo líder de los espacios populistas de la Argentina pareció consolidarse en un discurso de asunción en el que apareció en toda su dimensión el Presidente.

Pero en aquel discurso también giró casi obsesivamente sobre la figura del Dr. Alfonsín, convocada con respeto y cierto halo de veneración. No supimos entonces pero sabemos ahora, ocho meses después de aquel día, que lo de Fernández por don Raúl iba más allá del homenaje. Que, de alguna manera, en Alberto reencarna la concepción, la estrategia y la mirada del líder radical. Y que su pensamiento sobre el gobierno está más ligado al parlamentarismo que al presidencialismo.

Porque Alberto Fernández ha elegido, para sí, el rol de un Primer Ministro. Trabaja básicamente sobre el cuidado y el fortalecimiento de la coalición de centro izquierda que lo depositó en el poder y le ha “cedido”, tal como ocurre en el sistema italiano con el presidente, la calidad de “arbitro” político a Cristina Fernández de Kirchner. O sea que, de manera fáctica, configura una suerte de sistema paralelo al presidencialismo que operó durante los últimos 150 de la Argentina y recupera el rol que más le gusta: el de posibilitador. Comanda la coalición de gobierno con guante de seda; no fuerza nada; es más, es capaz de pagar los costos políticos de giros inesperados si eso sirviera para sostener unida la entente que ganó las elecciones en octubre pasado. E, incluso, mantiene fluidas relaciones con la coalición opositora porque, en el imaginario parlamentarista, prima aquello de arribar a consensos que permitan gobernar con el respaldo de casi todos.

No se trata de un juicio de valor. Solo describo para comentar los inconvenientes que deberá enfrentar esta estrategia. El primero -y el que, tal vez, le provoque mayores dolores de cabeza con miras a las elecciones de medio tiempo de 2021- es la resistencia de cientos de miles de argentinos que lo votaron como Presidente y esperan (y entienden) que tenga actitudes, gestos y decisiones de presidente. Mujeres y hombres que, todos los días se muerden los puños para no saltar con críticas que se fundamentan en sus propias decepciones. Es con Todos, se repiten como un mantra. Aunque, entre esos Todos, haya cada uno…

El segundo escollo es el del Congreso virtual. Una realidad que, aunque avalada por la Suprema Corte de Justicia, ha abierto una brecha en el quehacer legislativo por la que cuela la oposición con un discurso cargado de dislates. Porque: miente, engaña, provoca, amenaza… Total, con 150 días de encierro forzado, en la sociedad seguro que algo prende, para parafrasear aquello que NO dijo Gobbels.

Para que este modelo para-parlamentarista funcione se debe contar con un Congreso cien por ciento activo y, sobre todo, una oposición honesta. Dispuesta a jugar su rol con herramientas dignas y no con la bravata chabacana de un Cambiemos sin jefes y a la deriva, extorsionando cada día por un cargo o alguna otra prebenda.

El diputado nacional del Pro, Fernando Adolfo Iglesias.

Por último, como lo explicó alguna vez Giulio Andreotti, histórico premier italiano: “Gobernar no consiste en solucionar problemas, sino en hacer callar a los que los provocan”. Es decir, la energía que se dilapida en la búsqueda de consensos es una energía que el país necesita robusta y activa a la hora de tomar decisiones. Esto hacia fuera y hacia dentro de la coalición gobernante. La moderación y la actitud conciliadora chocan con el discurso altisonante y, por momentos, sedicioso de un sector que se ha caracterizado tanto por su falta de ideas como por la violencia explícita de sus acciones que, intentan, sean su opinión. La comunicación gubernamental renguea de manera evidente y el gran pueblo argentino rebusca desesperadamente en el fondo de los bolsillos de la militancia esa confianza que lo lleve entero a mañana, porque, todos sabemos que “gobernar es pactar… pactar no es ceder”, al menos todo el tiempo.

La sabiduría popular recomienda “no cambiar de caballo a mitad del río”, pero la mayoría de los tratados de estrategia política aconsejan aprovechar las crisis para introducir cambios profundos. La decisión que se tome en este sentido redundará en ese sistema de premios y castigos que son las elecciones de medio término. Porque, para no abandonar el refranero, esa es la cancha donde se verán los pingos.