Domingo 30 de agosto del 2020

Escribe: José G. Giavedoni (*)

“La libertad es solo un sentimiento. ¿Cómo le explicas a alguien que nunca se enamoró lo que se siente estar enamorado? No podrías hacerlo aunque se te vaya la vida en ello”
Nina Simone

Una fotografía de Nina me obliga a escudriñar su atmósfera, detenerme en esos detalles de segundo orden pero que conforman la estructura, el concreto sobre el que se levanta la luz de su figura. Se trata del Carnegie Hall, es el año 1964, entre marzo y abril, es la segunda ocasión que Nina tiene la posibilidad de pisar el escenario de la alta burguesía neoyorkina, ya lo había hecho un año antes. Lo pisará, llegará hasta él, pero no como lo soñó y a ello quiero llegar.

Nina Simone.

El vínculo de Nina con la música se reconoce desde muy pequeña, allí donde brota con frescura una creatividad y un despliegue aún no moldeado por la cultura, allí donde se puede ver una boa comiendo un elefante o se puede escuchar belleza en una melodía repleta de disonancia. En ese momento Nina, que aún no es Nina sino Eunice, estudia música clásica con mucha dedicación porque su sueño es llegar a tocar el barroco de Johann Sebastian Bach y hacerlo, ni más ni menos que, en el Carnegie Hall, la meca de la música europea enclavada en el corazón de una de las capitales del mundo, New York.

Pero un detalle que en un mundo como el nuestro y en una sociedad como la norteamericana, tiene el calibre de constituirse en un verdadero problema y en un obstáculo. Nina nació en un mundo equivocado, en un momento equivocado, en una sociedad equivocada, en otras palabras, Nina es de otro planeta. Mujer y, además, negra. Una mujer negra no tenía ninguna posibilidad de ejecutar música clásica, menos que menos, en el Carnegie Hall. Sin embargo, Nina es perseverante y se postula al prestigioso Instituto de Música Curtis de Filadelfia. En esta postulación Nina iluminó, con esa naturalidad que brotó de su cuerpo que comienza a evidenciar desgarros, tuvo un despliegue arrollador pero, sin embargo, fue rechazada. Nina recién pudo darle sentido años después, el rechazo no se debió a una cuestión técnica, sino a sus rasgos, su género y su color de piel.

Nina Simone.

Comenzó a cantar azarosamente en unos bares en Atlantic City para ganar dinero y es en este momento, mediados del ’50, cuando adopta su seudónimo, que en alguna otra ocasión ya lo mencionamos: Nina por como la solía llamar un novio que supo tener y Simone por la gran actriz francesa Simone Signoret.

Nina Simone cantaba, pero era un canto que anidaba la historia de su pueblo y eso emergerá en la década del ’60, por el maltrato, las persecuciones, las torturas, los asesinatos, el sojuzgamiento y, en concreto, el asesinato del líder de los derechos civiles Medgar Evers en Mississippi en junio de 1963 y el asesinato de cuatro niñas en Birmingham en septiembre del mismo año en manos de fanáticos del Ku Kux Klan, ese mismo acontecimiento que resultó fuente de inspiración a John Coltrane. Todo ello ordena el escenario para que Nina escupa “Mississippi Goddam”. Dijo: “Cuando escuché sobre el bombardeo de la iglesia en la que las cuatro niñas negras fueron asesinadas en Alabama, me encerré en una habitación y esa canción sucedió. Medgar Evers había sido asesinado recientemente en Mississippi. Al principio traté de conseguir un arma y cargarme uno de ellos, no me importaba quién era. Entonces Andy, mi esposo en ese momento, me dijo: ‘Nina, no puedes matar a nadie. Eres música, has lo que sabes hacer.’ Cuando me senté, toda la canción sucedió. Nunca dejé de escribir hasta que la cosa estuvo terminada”.

Estamos en los ’60, es la década de las luchas del tercer mundo, por los derechos civiles, de Malcom X con quien estableció una relación, la década de Fanon y el Che. El odio al opresor es un sentimiento noble y los acontecimientos de primavera y otoño del 63 desatan en Simone una catarata de enfado, ira y odio. Como dijimos, compone “Mississippi Goddam”, la presenta en un concierto en el Carnegie Hall en marzo de 1964, ahí dice “llegué al Carnegie Hall, pero no para tocar Bach”, pum primer golpe. Comienza a cantar Mississippi Goddam ante un público blanco, pum segundo golpe. Cuentan que esta interpretación fue la primera, sorpresiva, mordaz, fulminante porque condensa el enorme enojo que Nina guardaba dentro suyo y que, ello mismo, produjo un efecto de sacudón en un público blanco que no se esperaba semejante cross a la mandíbula en su propia casa.

Se trata de una canción compuesta para ser activada en encuentros colectivos, es más de conciertos y menos de estudio de grabación, a modo de un ritual colectivo como fueron las marchas de Selma a Montgomery donde la interpretó en cada una de ellas, convirtiéndose en un himno de lucha por los derechos: “Alabama me ha puesto tan molesta, Tennesse me hace perder la calma y todo el mundo sabe del maldito Mississippi”. El público ríe cuando Nina anuncia el título de la canción, parece que se ruboriza con la palabra “goddam” pronunciada en ese lugar de cultura refinada. Imaginemos entonces el estupor cuando comienza a cantar, cuando delimita la cancha y enuncia el nombre de los tres estados que son la marca de la segregación racial: Alabama, Tenesse y Mississippi.

Es una melodía más bien alegre la que acompaña la composición y, sin embargo, comienza con mucho enojo diciendo lo molesta que está por lo de Alabama. Ese enojo sube hasta decirle al blanco que tiene enfrente y la está escuchando: “no me digas, yo te digo!!!”, ahora soy yo quien habla y tú escuchas, yo te diré cómo son las cosas y tú las aceptarás como sea, no me interesa dialogar ni discutir, estoy afirmando!!
Su situación era extraña y, al mismo tiempo, sintomática podríamos decir. Ya entrado los ’60 Nina era una cantante de jazz y de soul nacionalmente conocida, pero es esto y no otra cosa debido a esa imposibilidad racial que se le impuso y la necesidad de comer. En estas circunstancias se le cruzó por el camino el movimiento por los derechos civiles, el atentando en Birmingham, el maltrato permanente y todo se volvió mucho más claro.

Para comprender cabalmente la visceralidad de esta canción debemos volver a ese EEUU de la guerra fría, cuasi Victoriano, donde el lenguaje inapropiado estaba completamente censurado en las artes y la música, los acusados de impulsar propaganda antiamericana ingresaban de inmediato en una lista negra y que una mujer negra, con temperamento, les gritara y escupiera en la cara todas sus brutalidades y atrocidades, era una combinación que resultaba indigerible para ese orden de cosas, pero también era señal de lo insoportable y débil del mismo.

La canción, es prohibida en los estados del sur de EEUU y sus discos son destruidos. Nina Simone que podría haber logrado el estrellato y la leyenda, es censurada, ingresa en la lista negra y queda olvidada. ¿Olvidada? No.

Será parte activa del movimiento por los derechos civiles. Forma parte de las miles de activistas en las tres marchas desde Selma a Montgomery, capital de Alabama, que en 1965 logran garantizar el derecho al sufragio de la población afroamericana y abandona EEUU, algunos pretendiendo seguir ensuciando su nombre dicen que por problemas fiscales. Claro, en realidad se negó durante un tiempo a pagar impuestos en oposición a la guerra de Vietnam, por eso diría que los motivos son políticos, Nina es objeto de persecución política, se marcha luego del asesinato de Martin Luther King en 1969. Como suele pasar, esta sociedad que persigue, con el correr de los años mastica y vomita esas figuras incómodas, pero en forma de íconos. Las transforma en remeras, llaveros, en mercancías o las congela y sedimenta en las estanterías del congreso. Nina quien fuera perseguida, censuradas, maltratada, ingresó el año pasado con esta misma canción a la Biblioteca del Congreso, al Registro Nacional de Grabaciones por considerarse “Mississippi Goddam” una pieza cultural, histórica y estéticamente significativa. Pero lo que el poder pretende anclar, fijar, sedimentar, regular, normalizar, digerir, continúa en los circuitos de la subalternidad circulando, siendo flujo, rebotando y tomando impulso.

Nina Simone.

En las protestas por el asesinato de George Floyd emergió algo así como un “Minneapolis Goddam”, en el “Fight the Power” de Public Enemy que sonó en esas jornadas, así también como en el “Cop Killer” del Body Count de Ice-T también estaba Nina Simone. Si a comienzos de los ’60 Nina supo advertir que “I think every day’s gonna be my last”, hoy la traducción en términos afirmativos de aquella frase es “black lives matter”, si Nina creía que cada día podía ser el último, si los afroamericanos no tienen la certeza de regresar con vida a la casa, si los quieren obligar a vivir en un eterno presente sin perspectiva de futuro, sin sueños y sin anhelos, hoy responden con furia que sus vidas importan. Por eso, de aquel ícono inofensivo que han pretendido hacer de Nina, hoy se multiplicó, se diseminó y salió a tomar las calles con las protestas de junio pasado, en esas protestas estaba Nina Simone.

La canción de Nina se volvió arma, su palabra sigue siendo fusil y, como dijera Bertolt Brecht, el arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma.

(*) Docente e investigador UNR-CONICET