Sábado 5 de septiembre del 2020

Escriben: Ernesto García (*) y Nuria Giniger (**)

Hoy transitamos el momento más difícil de la pandemia. No lo decimos nosotres, lo dicen enfermerxs, médicxs y todo el personal de salud, agotado con el exceso de trabajo y las muertes a su alrededor. Ricardo Gené, médico neumonólogo, escribió una nota el 31 de agosto en Página/12, en la que advertía que entramos en el podio de los países con mayor número de infectadxs y que la Ciudad de Buenos Aires tiene la mayor cantidad de fallecidos por millón de habitantes. Asimismo, Alberto Kornblihtt, en una nota en el Cohete a la Luna, advirtió que, de no mediar un cambio drástico y ciclos de cuarentena y apertura, para Navidad habrá 364.000 muertos.

Todxs conocemos infectadxs. Todxs nos hemos condolido con lxs muertxs –más cercanos, más distantes- que la pandemia produjo entre nuestro pueblo. Las curvas demuestran el crecimiento exponencial del virus entre nosotrxs. ¿Pero qué dicen las curvas? ¿Por qué mirar las curvas para entender qué nos ocurre?

Llamar la atención sobre la profundización de la crisis económica que la pandemia está produciendo ya parece una cantinela. Pero si de curvas se trata, en nuestro país hay un 10,5% de desocupadxs, la actividad económica cayó un 12,3% en junio, respecto del año pasado, y la canasta básica alimentaria (para una familia de cuatro personas) se ubica en $44.500 (datos INDEC).

Comedores populares en tiempos de pandemia.

¿Por qué traer algunos datos económicos para pensar lxs 439.172 infectadxs y 9.155 fallecidxs que acumulamos al día de hoy? Porque así como “la economía” se modela, es decir, se constituye por las relaciones sociales, también “la curva” está producida por estas mismas relaciones. La curva es, en parte, lo que hacemos y lo que dejamos de hacer socialmente. Igual que la economía. Hay una relación intrínseca entre estos elementos (y tantos otros), y uno más: la ideología, el sentido común, aquello que pensamos y que también configura las prácticas de nuestra sociedad. El 25 de mayo fue la primera marcha anti-cuarentena en la Ciudad de Buenos Aires, en la que se gritó “no se aguanta más” y se replicó millones de veces y más, en los medios hegemónicos. ¿Qué es lo que no se aguanta más?

Los análisis que –ante la muerte aniquilando con tanta furia– consideran que necesitamos avanzar en ciclos de apertura y cierre hasta que tengamos la vacuna, son muy valiosos. Lo que ocurre es que hay condiciones económicas e ideológicas (principalmente construidas por los medios) que impiden pensar que un cierre estricto tenga efectividad y sea acompañado por la población. La mayoría de quienes se infectan –y se mueren– son trabajadores, que no tienen más opción que salir a trabajar: me infecto o me muero de hambre, es el dilema. Y también otrxs trabajadores, aquellxs que están mano a mano con lxs enfermxs: personal de salud y limpieza de hospitales, que se mantienen sin aumento salarial y sin rotación ni descanso verdadero frente a semejante impacto cotidiano.

Por supuesto que es necesaria una nueva cuarentena estricta, pero ésta sólo sería soportable con medidas económicas de sostén real. Una ampliación del monto del IFE; programas para las actividades y sectores más golpeados por la crisis del covid, sucesora de la crisis del macrismo; dar apertura a la paritaria estatal recomponiendo el salario de quienes están trabajando directamente para que los derechos no se desintegren; subir significativamente el salario mínimo, vital y móvil; declarar esenciales a los sectores docentes y por tanto retribuir significativamente el esfuerzo que implica dejar niñxs y jóvenes en casa; distribuir computadoras y acceso gratuito a internet que favorezca las actividades adentro.

Para modelar la curva del Covid, necesitamos medidas de emergencia, de distribución excepcional, y eso implica tanto un impuesto (permanente) a las grandes fortunas, como una reforma tributaria que permita recaudar de aquellos que sí siguieron ganando durante la pandemia: los bancos y financieras, y los monopolios de telefonía, internet y cable.

De las grandes empresas no esperamos nada, desde el primer momento quedó claro que intentarían utilizar al Covid-19 para imponer sus políticas de siempre: fugar divisas, recortar salarios y despedir trabajadorxs. De quien esperamos es del movimiento popular, que con su lucha logró construir una fuerza unitaria para gobernar, repleta de contradicciones pero que recogió el programa de resistencia al macrismo. Es momento de poner ese programa en marcha y adoptar una política coherente de financiamiento para la cuarentena que se necesita aplicar, priorizando las vidas y los ingresos de todos los sectores de trabajadorxs formales, informales y desempleadxs.

En tanto no tengamos una vacuna, la cuarentena es una bandera del movimiento popular, porque es la forma de defender nuestros derechos: el primero de ellos, la vida. Pero la responsabilidad de costear la cuarentena no puede caer en cada uno de nosotrxs ni en las organizaciones, que con mucha militancia y pocos recursos vienen sosteniendo la alimentación diaria de millones de nuestrxs compatriotas. Con la decisión política y la organización popular se puede y se debe avanzar en las medidas necesarias que permitan salvar la vida.

 

(*) Becario CONICET. Liberación – Corriente de Universidad, Ciencia y Tecnología

(**) Antropóloga. Investigadora de CEIL-CONICET y docente de la UBA. Liberación – Corriente de Universidad, Ciencia y Tecnología