Escribe: Jorge Villano

El objetivo era hacer una “pintada” en el frente derecho de la Escuela Carlos Pellegrini. Un paredón estratégico que ocupa 50 metros de la Av. Entre Ríos y Cochabamba. No era fácil ya que estaba muy iluminado, despejado y muy expuesto para los que pintábamos. Pero no nos amilanamos y decidimos tomar todas las precauciones, con los campanas en las cuatros esquinas y un compañero a nuestras espaldas, avisando del peligro. Omar y yo pintaríamos las consignas convocando a un paro en el marco del llamado Plan de lucha de la CGT.

Creo que fue durante una cálida noche del año 1964, yo tendría 15 o 16 años y Omar dos o tres años más. El Presidente era Humberto Illia y el clima social era de insatisfacción, pero también de inquietud frente a un posible golpe militar.

Omar y yo llevábamos cada uno un tacho con pintura roja y comenzamos la arriesgada tarea. Él pintaba una parte de la consigna y yo la otra. Casi al finalizar nuestra tarea, el compañero a nuestra espalda avisa “la cana, la cana” y superponiéndose a su aviso se escuchó el silbato del policía de consigna de la esquina de la calle Constitución. La pintada quedó inconclusa y comenzamos a correr.

Atolondrado, golpeé con mi tacho en una saliente de la pared y derramé una parte de su contenido en mi camisa blanca y el resto en el suelo. Dejé el recipiente en la vereda y Omar se detuvo a recogerlo. Aún hoy no sé para qué.

Corrimos hasta la esquina de Cochabamba cuando justo, un patrullero pasaba por la Av. Entre Ríos y al sonido del silbato se sumó la sirena del móvil. Tomamos por la oscura calle Cochabamba y a nuestras espaldas se iluminó el asfalto con las luces del vehículo policial. Llegamos a la calle Pozos y Omar me grita “doblá!” y tomamos por ahíhacia el sur. Éramos jóvenes y alcanzamos rápidamente la esquina de Constitución que tenía una empalizada de madera que impedía el paso vehicular, ya que allí se estaban construyendo unos bloques de edificios. La pálida luz de la calle no alcanzaba al otro lado de la empalizada. Omar siguió por Pozos, cruzando la empalizada y yo doblé por Constitución y me metí delante de un amplio portón de hierro que estaba en la mayor oscuridad. Allí esperé que la cana me detuviera. Pero inmediatamente escuché dos o tres estampidas y el resplandor que, estaba seguro, salía de un arma policial. Quedé paralizado, o mejor dicho, temblaba de miedo. Escuché gritos y corridas, sin asomar la nariz de la oscuridad en la que me ocultaba. No me moví hasta que la calle volvió al silencio, y aún mucho después pude animarme a mirar a la esquina en que había dejado a Omar. Nadie estaba en la calle. Salí con apuro camino a la “cita de control”, es decir, al punto en el que quedamos en encontrarnos con los compañeros para saber que todo estaba en orden o conectarnos con los abogados si algo fallaba.

El punto de encuentro era en el parque que está frente al Hospital Muñiz. Fue allí donde vi que bajaban de una camioneta unos policías que transportaban a Omar a cuestas, para introducirlo en el hospital. No podía esperar la llegada de los compañeros a la cita. Aterrorizado busqué un taxi, me fui a casa, me cambié de camisa y me fui a altas horas de la noche, a la casa de mi tía, que vivía en Liniers, a algunos kilómetros de allí.

A Omar le habían introducido una bala por la espada. Debido a la inclinación que llevaba al correr, la bala le pasó entre dos costillas con salida por delante. Estuvo internado un tiempo, pero salió bien. Estuvo detenido unos días y luego recuperó la libertad. Nunca me involucró, ni a mi ni al resto de los compañeros. Así era Omar.