Jueves 17 de septiembre del 2020

Escribe: Nicolás de Brea Dulcich (*)

El Banco Central de la República Argentina (BCRA) informó que la Administración General de Ingresos Públicos (AFIP) establecerá un mecanismo de percepción a cuenta del pago de los impuestos a las Ganancias y sobre los Bienes Personales del 35% para las operaciones de formación de activos externos de personas físicas y las compras con tarjetas de crédito y débito en moneda extranjera. La iniciativa, que garantiza el cupo de 200 dólares mensuales vigente en la actualidad, propone desalentar la demanda de moneda extranjera con fines de atesoramiento y los gastos con tarjetas.

De esta manera, $1 dólar estadounidense equivale hoy a $130 pesos argentinos. Esto, claro está, no incluye al llamado “dólar importación” que se mantendrá a $79 por fuera de este esquema impositivo (30% Solidario + 35% Ganancias y Bienes Personales). Ni tampoco al dólar ilegal (el “blue”), que seguramente hará lo suyo, de la mano de las corporaciones mediáticas, para presionar por una mayor devaluación.

Ante este panorama, cabe preguntarse si la medida logrará su cometido o no. Basándonos en la historia argentina de las últimas décadas, cabe imaginar que no.

Las restricciones y/o impuestos hacia el mercado de cambios han fracasado de forma sistemática, tanto en Argentina como en el resto de las economías periféricas. Si bien en el corto plazo evitan el “drenaje” de las reservas nacionales de divisa internacional, en el mediano y largo plazo resultan contraproducentes, dado que disparan su precio local al pisar la oferta sin atender la demanda, generando mayor presión sobre las reservas existentes.

En lo inmediato, esta nueva disposición provoca una serie de resultados profundamente negativos para la economía nacional:

  1. Premia a quienes, especulando con una medida de este tipo, apostaron a la compra de dólares: por cada dólar adquirido, tienen 27 pesos más que antes de ayer.
  2. Alimenta la idea de que el dólar es una efectiva reserva de valor y, además, una inversión muy rentable.
  3. Incentiva, aún más, la voluntad de compra del billete verde ¿Por qué no seguir apostando al dólar si siempre tiene la misma performance financiera?
  4. Suma presión sobre las reservas existentes que el propio BCRA busca “cuidar”.
  5. Echa leña sobre la inflación: si bien la estructura productiva local está atada al dólar “importación”, las expectativas de los/as actores involucrados en torno al sostenimiento de sus ingresos en moneda “dura” redundan en un aumento generalizado de bienes y servicios.
  6. Finalmente, aviva el accionar de las corporaciones mediáticas (ayer la cotización del dólar “blue” mágicamente escaló a 145 pesos) y alimenta el rechazo de un importante sector de la sociedad hacia una alianza de gobierno de corte nacional y popular.
“Arbolitos” vendiendo dólar ilegal en calle Florida.

Lamentablemente, nada de esto nos resulta novedoso. Ni mucho menos la reacción de los/as economistas (tanto ortodoxos/as como heterodoxos/as) que, en lugar de aportar soluciones, suelen ser parte del problema.

La escasez de divisas es un rasgo estructural de la economía argentina y de cualquier otra economía periférica del planeta: necesitamos dólares para comprarle al mundo, pero no podemos imprimirlos. Así, la “solución” al problema suele ser abordado desde una perspectiva contable: se apela al endeudamiento externo; a una balanza comercial positiva (exportar más de lo que se importa); a la tristemente recordada convertibilidad cambiaria; o, hasta hace muy poco, a rezar por aquel “segundo semestre” que redundaría en una lluvia de inversiones capaz de bendecir con dólares al escuálido mercado local.

“Cuando el dedo apunto al cielo, el tonto mira el dedo”

En una nota anterior ya desarrollamos nuestra opinión sobre este tema. El problema no es el dólar sino el imperialismo. Jamás vamos a poder superar la famosa “restricción externa” apelando a medidas economicistas tendientes a ponderar este tema como si se tratara de un balance contable. Es perentorio que hagamos un abordaje político de una cuestión que, en definitiva, es eminentemente política. Y, como ya explicara el líder de la “segunda tiranía”, la única política es la internacional.

La escasez de dólares no es un fenómeno exclusivo de la economía argentina. Lo sufren, en mayor o menor medida, todas las economías del mundo (con la rara excepción de los países miembros de la zona Euro y de EE. UU., por supuesto). Por ende, es imposible plantear una solución local para un problema global.

Solo para tomar dimensión del asunto, según el FMI, el 61% del total de las reservas de divisas de los Bancos Centrales de todo el planeta están nominadas en dólares. De acuerdo con la FED (organismo responsable de dar vida al billete verde) el 75% de todos los billetes de 100 dólares que existen en el mundo se encuentran fuera de EE. UU. Y, claro, el billete verde es la principal divisa empleada para las transacciones referidas al comercio internacional. Por ende, cualquier análisis que aborde la cuestión del dólar prescindiendo de una mirada global es A. interesada; o B. naïf (por no usar otro término).

El dólar es un arma esencial para sostener el poderío imperial norteamericano. No sólo funciona como un formidable elemento de desestabilización económica (y por ende, política) de gobiernos “no amigos” sino que, además, permite a la principal potencia militar de la tierra sostener un déficit comercial permanente sin tener que reequilibrar sus cuentas efectuando los ajustes necesarios, como cualquier otro Estado nación del mundo ¿Cómo es esto posible? Muy sencillo: el estatuto internacional del dólar genera una asimetría en el financiamiento de los déficits externos de los países que se resuelve, más tarde o más temprano, a través de un “ajuste” (devaluación de la moneda, baja de salarios, reformas previsionales, etc.) en el resto de las economías periféricas.

De esta forma, resulta imposible pretender que el gobierno de un país (sea del partido que sea) con una economía marginal como la nuestra pueda, de manera aislada, resolver una problemática de dimensión planetaria. Es tan sencillo, y a su vez tan complejo, como eso.

Hay salida

El escenario puede parecer desolador, sin embargo, hay mucho por hacer. De hecho, ya existen prácticas que, de alguna forma u otra, ensayan alternativas exitosas a este aparente callejón sin salida.

La primera prioridad del gobierno, la más acuciante, tiene que ver con crear herramientas locales para incentivar el ahorro nacional. No existe ninguna política seria tendiente a estimular el ahorro local, ya sea en pesos o en dólares. Y es imposible que una economía crezca y sea robusta sin ahorro. Es inaudito que el gobierno no busque, de manera exhaustiva, canalizar el enorme volumen de dinero existente por fuera del circuito bancario. Un dato: Argentina es el país con más dólares per cápita del mundo, después de EE. UU.

Además de esto, existen prácticas que deberían replicarse: nuestro país, junto con Brasil, evita la dependencia del dólar como moneda de intercambio internacional a través de una cuenta corriente en pesos-reales. Lo mismo sucede con Uruguay, otro vecino y miembro del Mercado Común del Sur. Este tipo de medidas “alivian” la presión ejercida contra el dólar al eludir su uso y apoyarse en las monedas de nuestro propio bloque comercial.

Esta práctica podría (y debería) ser replicada no sólo a nivel regional sino, y sobre todo, a nivel mundial. Y más específicamente en las transacciones Sur-Sur. Si bien las mismas no representan el grueso del flujo comercial global, sistematizar este medio de intercambio funcionaría como un gran antecedente para una eventual discusión general del asunto.

Y es que resulta estimulante pensar, por qué no, en replicar la interesante experiencia que llevó adelante nuestro propio país en la asamblea General de las Naciones Unidas cuando Cristina Fernández logró, en 2015, la aprobación de una resolución que limitaba el accionar de los “fondos buitre”. A través de dicha maniobra se logró sentar las bases de un importante precedente para establecer las bases de un potencial marco regulatorio de las deudas soberanas, dificultando así el accionar rapaz de este tipo de fondos especulativos.

Emprender acciones de este tipo viabilizaría la puesta en agenda de una cuestión fundamental para la economía global, dado que afecta (y perjudica) de múltiples maneras a la totalidad de la economía planetaria. Y, específicamente, a la nuestra.

(*) Antropólogo social (UBA)