Sábado 26 de septiembre del 2020

Escribe: Pablo Ernesto Suárez (*)

En la vida del hombre y la mujer lectores, hay un momento en que hay que decidirse: o toma la terrible tarea de leer a los clásicos, o elige leer a los que leen los clásicos y los traducen a los esquemas y códigos actualmente vigentes. Algunos autores han hecho de ese juego de traducción/amortiguación/diálogo su principal diferencial su marca. Se ha hecho en forma explícita con una localización explícita de dramas universales a escenarios argentinos (El fausto criollo, o el viaje de Adán Buenosayres) o en forma más difusa como lo hace Alejandro Dolina, que con citas y referencias “alta cultura” por aquí y por allá mientras habla de un picado de barrio, busca familiarizar a su público con aquellos referentes del pensamiento universal.

¿Pero cuánto del prestigio de los grandes autores se traslada a los citadores? Y sobre todo, ¿cuáles son los mecanismos por los cuales estos últimos se convierten en sí mismos en las referencias “cultas” de gran público? A su vez, el fanatismo, la devoción o la plasticidad del producto, convierten a esas grandes máquinas de citar en el techo cultural de un público fidelizado por gusto pero también por el “halo” que los rodea.

Quiero hablar de dos productos culturales de consumo relativamente masivo entre las clases medias argentinas de los últimos años, que pueden ser analizados en esa clave.

Matt Groening nació en febrero del 54. En esos momentos, Borges era un escritor apenas conocido fuera de los ambientes literarios y su fama apenas trascendía las fronteras argentinas. Había renunciado a su trabajo como inspector de aves y sus ingresos dependían enteramente de la venta de sus libros y de las conferencias que daba por aquí y por allá. Por su parte, la serie Los Simpson comenzó a salir tres años después de la muerte del escritor argentino.

La forma más sencilla de hermanar estas dos cosas aparentemente tan distintas (ya se ha hecho) es buscar qué historias de Borges están referenciadas en la saga. Algunos dicen que el episodio El director y el pillo está basado en El impostor inverosímil Tom Castro y hay algunos análisis más dando vueltas en los cuales se establecen paralelos entre historias que transcurren en la serie e historias narradas por el hermano de Norah. Otro factor en común es que han logrado revertir y superar los prejuicios de su origen, incluso para gente que pone mucho énfasis en las identidades político-ideológicas. Hoy, que las redes sociales nos muestran como somos en realidad (por cierto, estoy siendo sarcástico) nos permiten ver mezclados en los muros de los peronistas las referencias a Borges y en los muros de los más cerriles antimperialistas las referencias a la familia de Springfield. Pero tampoco es por ahí que quiero relacionarlos.

Sin ir más lejos, el hecho mismo de designar a un bibliotecario y escritor (con problemas en la vista) como inspector de aves en mercados callejeros parezca uno de los excesos a que nos tuvo acostumbrados la serie.

El tema es que hace un tiempo que ambos son habitués de mis visitas a las redes sociales y a las charlas entre amigos. A la serie, la veo en los millones de memes y citas que internet nos propone a cada minuto y a Borges en muchas referencias que preceden a lugares comunes en frases que bien pudo haber dicho Borges, pero también mucha gente antes y después. Más allá de la inefable “no nos une el amor sino el espanto”, citada para referir a cualquier fenómeno del universo. De alguna manera, algo de esto mencionó también Rodrigo Fresán hace unos años.

Eso se debe al lugar que ambos ocupan en cierto universo cultural argentino, básicamente al de las clases medias urbanas que le rinden febril pleitesía cotidiana, citándolos en cada momento y en cada ocasión.

Qué interesante, cuéntamelo todo

A poco de su lanzamiento, quedó claro que Los Simpson iban más allá de la clásica descripción satírica y autocrítica del modo de vida americano (algo que ya habíamos visto, quizás con Alf como estandarte principal), pero con un gran detalle: la nueva serie aparece plagada de citas y referencias externas que requieren una base de información previa sobre la cultura literaria, musical y cinéfila norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. Hay en los autores un cierto gusto por poner sobre la mesa una cierta erudición, a la que se recurre para contar historias o incluso personajes que son citados por el puro gusto de mencionarlos o como guiños para el televidente iniciado.

Entonces, lentamente la serie se fue convirtiendo en un lugar donde podías encontrar a Woody Allen, Los Ramones o una réplica de Apocalypse Now, pero atención: el chiste sólo se entendía si habías conocido algo de aquello a lo que se citaba… entonces, amigo, ya eras parte de esa comunidad, habías sorteado el primer filtro.

No voy a mentirte

Ocurre que en un momento, este sistema de citas se independizó de los originales y pasamos a prescindir de ellos para recaer en el famoso latiguillo “aparecen en un capítulo de Los Simpson” y nos cuentan una escena de “El resplandor” o “Thelma & Louise“.

Por el lado de Borges, no vamos a decir que Borges es un escritor “popular” ni siquiera “masivo”, pero tenemos claro que su difusión en los sectores medios e intelectuales argentinos, ha crecido en forma exponencial en los últimos años. Quizás el hecho de haberse consolidado como material escolar (muchos leímos “El fin” en la escuela o “La muerte y la brújula” en la facultad), o la enorme proliferación de talleres literarios en los que se lo toma como modelo y referencia como cuentista y poeta.

Eso -más sus virtudes técnicas como escritor o su capacidad lírica- fueron herramientas con las cuales pudo ganarse un lugar fundamental entre el público consumidor de literatura argentina.
Si bien las raíces de Borges son distintas a las de la serie, la obra del fallido inspector de aves está plagada de alusiones a otras obras, que aparecen mencionadas en sus escritos o directamente aparecen revisitadas (así se dice hoy en día). Vemos desfilar por sus páginas escenas del mundo oriental (chino y árabe), el Martín Fierro, las consabidas Enciclopedias, la cultura griega, etc.

Para gran parte de ese público, Borges fue la interfase perfecta entre aquella literatura y el universo cultural contemporáneo. Creo que él mismo no ignoraba esa función. Lector ávido como fue y presa de los juegos del conocimiento y las referencias cruzadas, siempre se me dio por pensar que cada cita era un convite para que el lector busque y encuentre por sí mismo aquellos atractivos que Borges había encontrado en Chesterton o Swedenborg.

Pero como ocurre habitualmente, si el traductor es confiable, el lector puede omitir el acto de ir al original (promoción no válida para los que leyeron la traducción borgiana de Palmeras Salvajes). El prestigio que ha construido Borges como autor “culto” (en un país en que las aristocracias lo eran por definición, cosa que ha cambiado) exime a muchos de sus lectores de la tarea de corroborar si efectivamente hay camellos en el Corán. Tanto Borges como Los Simpson se han consolidado muy eficazmente como comunicadores de otros mundos culturales para un público que no necesariamente tiene interés en ir a buscarlos de primera mano porque lograron posicionarse y legitimarse como productos de lo que llamaremos una “cultura media standard” en sí mismos. Y absorbiendo dentro de sus universos a esas múltiples referencias y usándolas como insumos (más las dotes artísticas e intelectuales que no me cabe analizar) han construido de alguna manera ciertos universos cerrados y autoreferenciales para satisfacción de algún público que encuentra en ellos placer, goce y diversión y que encontró durante unos años (pasados ya), digámoslo, cierto espíritu de superioridad intelectual. No nos engañemos, en el sistema de marcas de la cultura argentina, Borges es una de las caras y selectas. Cada uno a su momento -y claramente con distintos públicos y distintos niveles de difusión- se constituyeron en las referencias cultas que construían código y comunidad. Quizás Les Luthiers comparta algo de esto (en cuanto a la valoración social de cierto tipo de humor y en el prestigio de quienes conocen su obra), pero con la gran diferencia de que la data que brinda el grupo no es escalable hacia otros autores, es efectivamente un mundo creado y cerrado. Warren Sanchez no existe, Johann Sebastian Mastropiero, tampoco.

Y si hace 30 años un adolescente lector robaba nota en la escuela con sus tempranas lecturas de Borges, cualquiera que haya estado en un aula en los 2000 sabrá que eso mismo hacían los fanáticos de la serie, que cuando encontraban similitud entre el tema de que se hablaba en clase y algún episodio, exprimían hasta el último fotograma en busca de canjearlo por puntaje o “concepto”.

En el caso de Borges, desde muy temprano ha sufrido remasterizaciones, (la más reciente con Pablo Katchadjian y su “Aleph engordado”) y habrá que esperar a que la tenacidad de Kodama pase a mejor vida (no ella, sino su tenacidad) para ver crecer uno, dos, tres Alephs engordados, que tomen a la obra de Borges como base para seguir contando historias, en un juego de espejos que a él mismo le fascinaría.

Por el lado de Los Simpson, mientras la serie se hunde en la decadencia, su sobrevida ha quedado reducida (es una forma de decir) a convertirse en la más prolífica cantera de memes de estos años. Para seguir rizando el rizo, y como una burla cruel del destino, muchos de estos memes han vivido su propia separación de cuerpo y alma y pocos de los que los usan saben a qué episodio o circunstancia remite en realidad.

De todos modos, toda escritura es reescritura y cada uno lee lo que quiera y como quiera. Yo simplemente encontré una excusa perfecta para hablar de esto que me interesa. Como diría Homero: hice mi esfuerzo y fracasé miserablemente. La lección es: nunca se esfuercen.

(*) Historiador y redactor publicitario