Jueves 1 de octubre del 2020

Escribe: Vladimir L. Cares (*)

Fuente: Página 12

No me importa quien escribe las leyes de una Nación si puedo escribir sus libros de economía

Paul Samuelson (1915-2009).

Uno de los permanentes argumentos que se utilizan por parte de las organizaciones empresarias es atar los incrementos salariares a la productividad laboral. Una mayoría de medios de comunicación, nacionales e internacionales, suelen dar cobertura a estas posiciones.

Así, por ejemplo, se puede leer:

  • “La política pública debe cuidar que los aumentos salariales sean congruentes con la productividad, como lo recomienda la teoría y la práctica económica general y que los costos laborales no resten competitividad a la industria”, en Infobae, 22 de diciembre de 2019.
  • “El camino correcto es, subir simultáneamente el salario y la productividad, el empresario el primero y el trabajador el segundo, el salario depende de la productividad. Fórmula mágica, con la que los dos actores quedan contentos y reman en la misma dirección”, en El Comercio, Ecuador, 5 de enero de 2020.
  • “Cuanto más aumenten los salarios, porque la productividad crece en la misma proporción, mejor para los trabajadores, y la sociedad en su conjunto”, en El Mundo, España, 21 de octubre de 2019.

A lo anterior se podría agregarle el contenido de ciertos programas electorales, en donde la relación entre salario y productividad aparece de forma explícita aún en espacios que se presentan a sí mismos como alternativos a las políticas neoliberales.

Por caso, dentro de las prioridades económicas que defendía Roberto Lavagna en su candidatura presidencial de 2019 figuraba que “(para las paritarias) la clave está en el aumento de la productividad… Puede haber perfectamente paritarias pero paritarias enmarcadas en un programa, en ciertos límites, con el compromiso del aumento de la productividad”.

Fundamentos teóricos

Tanta unanimidad en estos análisis obligan a pensar cuáles son los fundamentos teóricos para este tipo de opiniones que se presentan al gran público sin la aridez técnica de la jerga que manejan a diario los economistas del sistema.

John Bates Clark (1847-1938) fue el primer economista neoclásico estadounidense que dedicó una parte importante de sus investigaciones a estudiar la relación entre productividad y salarios. En su libro “La distribución de la riqueza” sostenía que su principal tarea era poder demostrar que existía una ley natural que regulaba la distribución de los ingresos económicos de una sociedad.

Esta ley, análoga al tipo de leyes que rigen en la Física, le daría a cada agente de producción un ingreso que coincidiría exactamente con la cantidad de riqueza que dicho agente creaba en el proceso de producción. El interés de Clark por esta cuestión excedía el marco estrictamente técnico de la disciplina económica, pues lo animaba una particular inquietud: si no hay una garantía explícita y demostrable, en el sentido de que los trabajadores puedan ser retribuidos en equivalencia a su aporte al proceso productivo, la paz social en el capitalismo no podrá ser garantizada.

La preservación del sistema en su conjunto –que Clark suponía amenazado por maquinaciones comunistas- requería demostrar analíticamente que cada factor productivo (capital y trabajo) percibía su parte de todo lo producido a tono con sus productividades.

Para ello, ideó un argumento teórico que le permitía demostrar que los salarios y las ganancias eran exactamente iguales a la productividad marginal del ingreso de cada factor productivo, siendo esta última la razón entre la variación en el ingreso respecto de la variación en el factor productivo.

Clark consideró este resultado un verdadero acto de justicia retributiva pues así ningún agente económico cobraría más ni menos que el correspondiente a su aporte específico. Este resultado se llama “teorema de agotamiento del producto” ya que con las retribuciones a los factores productivos (salario al factor trabajo, ganancia al capital) era posible adquirir la totalidad de lo producido.

Jhon Bates Clark

Teorema

El entusiasmo de Clark por la aparente justicia social inherente del capitalismo dependía de un hecho que él desconocía en su momento: que el argumento elegido por él para su demostración era una consecuencia de un teorema formulado en el siglo XVIII por el matemático suizo Leonard Euler.

El teorema en cuestión describe el comportamiento de tipo particular de relación entre variables: las funciones homogéneas. ¿Por qué esto es importante? Porque en la matematizada teoría de la producción neoclásica utilizada en la actualidad las funciones que aparecen con mayor frecuencia en los modelos cumplen las condiciones establecidas por el teorema de Euler, en particular las llamadas funciones de Cobb-Douglas.

Estas funciones relacionan el volumen de producción expresado en unidades monetarias (ingreso, Y) con las variables capital (K) y trabajo (L), teniendo ellas importantes propiedades a la hora de diseñar los modelos teóricos.

Un ejemplo de tales propiedades se encuentran al analizar las denominadas escalas de producción. Si tanto K como L aumentan en una misma proporción Y podrá crecer en una proporción mayor (rendimiento de escala creciente), menor (decreciente) o igual (rendimiento de escala constante) que la de los factores productivos. Esta última es la más frecuentemente utilizada y solo para este caso es válido el “teorema de agotamiento del producto”.

Beneficio

Esta supuesta justicia retributiva puede alcanzarse dejando jirones conceptuales en el camino. ¿Por qué? Porque el beneficio económico de la empresa, es decir la diferencia entre ingresos y costos totales, es nulo. Esto contradice el objetivo primordial de los modelos neoclásicos: que el beneficio sea máximo.

¿Cómo superar esta instancia? N. Gregory Mankiw, economista estadounidense, ex asesor de la Casa Blanca en tiempos de George Bush (h) y un reconocido y prolífero autor de textos económicos, ofrece una solución a este embrollo conceptual. ¿Cómo hace? Mankiw adopta un punto de vista marxista, pero no el de Karl sino el de Groucho: “tengo mis principios pero si no les gustan tengo otros”.

La solución consiste en modificar la definición de beneficio. Por ello, Mankiw en su “Macroeconomía” (edición de 2014) puede afirmar en estado de éxtasis que “Los economistas estudian desde hace mucho tiempo para la distribución de la renta. Por ejemplo, Karl Marx, el destacado economista del siglo XIX, se dedicó durante mucho tiempo a tratar de explicar las rentas del capital y del trabajo. La filosofía política del comunismo se basa, en parte, en la teoría de Marx, hoy desacreditada… La demanda de cada factor de producción depende de la productividad marginal de ese factor. Esta teoría, llamada teoría neoclásica de la distribución, es aceptada hoy por la mayoría de los economistas…”.

Paul Samuelson, Premio Nobel y autor de un muy difundido y popular libro de texto, sostiene este mismo punto de vista ya que “La teoría de la productividad marginal es un gran salto adelante para entender el manejo de precios de diferentes insumos… En mercados competitivos, la demanda de insumos está determinada por el producto marginal de los factores… Esto distribuye 100% del producto, no más y no menos, entre todos los factores de la producción”.

Paul Samuelson

Estadísticas

Sea cual sea el relato que se adopte (Clark, Mankiw, Samuelson), está claro que la relación directa entre salarios y productividad se ha difundido “urbi et orbi en la academia, los medios de comunicación y forma parte hoy de un extendido sentido común social, en particular en variadas expresiones del arco político. Pero como decía un recordado expresidente argentino “la única verdad es la realidad”.

Si se analizan estadísticas de diversas fuentes, nacionales o extranjeras, lo que se observa es que la tan citada igualdad entre salario y productividad marginal no aparece.  Es pertinente aclarar que no se mide directamente la productividad marginal, sino la productividad media, siendo ambas proporcionales entre sí.

El “Informe Mundial sobre Salarios 2018/19”, de la Organización Mundial del Trabajo, muestra que la productividad laboral ha aumentado más rápidamente que los salarios reales promedio, a partir de los datos obtenidos de 52 países de ingresos altos en el período 1999-2017.

La no equivalencia entre salarios y productividad laboral puede explicar porqué la participación del factor trabajo sigue estando considerablemente por debajo de los valores registrados a principios del decenio de 1990, concluye su análisis de la OIT. Más aún, en los Estados Unidos los salarios semanales promedios, ajustados por inflación, se han mantenido virtualmente constantes desde 1980 a la actualidad, pese a que la productividad laboral creciera de manera sostenida. En contraste, las ganancias corporativas se han más que triplicado en este período.

Limitaciones

Estas situaciones desnudan las limitaciones de los enfoques neoclásicos sostenidos a partir del uso de esquemas deductivos, formales y con un abundante ropaje matemático que les otorga un supuesto carácter de cientificidad a sus modelos. Por el contrario, la baja tasa de sindicalización y la hegemonía del pensamiento neoliberal son dos de los posibles factores explicativos dejados de lado por los defensores de la teoría de la productividad marginal: la pérdida de poder de negociación de las organizaciones de los trabajadores, en el primer caso, y las decisiones de política económica de los gobiernos, en el segundo.

El olvido de estas cuestiones –y muchas otras- marcan las diferencias entre el mundo platónico de las ideas y conceptos abstractos y la realidad efectiva.

La búsqueda de demostraciones rigurosas que den cuenta de la supremacía del capitalismo por sobre cualquier otro sistema económico y social, no ha sido dejada de lado ni es una lejana curiosidad histórica de principios del siglo XX.

Gérard Debreu, premio Nobel de Economía en 1983 y toda una autoridad en la teoría neoclásica del Equilibrio General, afirmaba que “La superioridad de la economía liberal es innegable y matemáticamente demostrable… Es la economía de mercado, es decir la libertad de producir y comerciar la que, en cualquier caso, conduce a los mejores resultados matemáticos. Por el contrario, yo puedo demostrar con la misma ciencia que la intervención estatal interrumpe el mercado o perjudica el crecimiento”, en Le Figaro Magazine, 10 de marzo de 1984.

La disputa por el sentido común de la sociedad es tarea de todos los días. Parte importante de esa disputa consiste en desenmascarar aquellas ideas que, justificadas por pomposos rigores matemáticos, solo buscan mantener las condiciones de pobreza y desigualdad a la amplia mayoría de la población.

(*) Facultad de Ingeniería, Universidad Nacional del Comahue.