Miércoles 14 de octubre del 2020

Escribe: Ayelén Reyes

¿Recuerdan el aula, su montaje, su escenografía? Desde el teatro, podríamos hablar de la famosa cuarta pared, es decir, aquel límite imaginario que separa personajes de audiencia. Un mundo que dirige su mirada hacia el otro, pero que no interviene. Sin embargo, si esta pared se quebrara, ¿qué ocurriría? Existe un pacto, una lógica dentro del hecho artístico que lo posibilita en ciertos casos. Actores y actrices que dentro de la ficción entablan un diálogo con los mismos personajes. Podría ser una pregunta lanzada al público o un guiñar de ojo.

Si nos topáramos con Ítalo Calvino, escritor italiano nacido en Cuba, y leyéramos uno de sus tantos libros, “Si una noche de invierno un viajero” (*), asistiríamos como lectores a la ruptura de la cuarta pared. La novela comienza así: “Estás a punto de leer una nueva novela de Ítalo Calvino, “Si una noche de invierno un viajero”. Relajate. Recógete. Aleja de tí cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla-, al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo enseguida. Alza la voz si no oyen: “¡Estoy leyendo! ¡No quiero que me molesten! Quizás no te han oído con todo el estruendo, dilo más fuere, grita: “Estoy empezando a leer una novela de Ítalo Calvino” O no lo digas si no quieres; esperemos que te dejen en paz (Calvino, 2020, p.7)”.

La escuela, el salón de clases, particularmente, se convierte, dentro de lo cotidiano, en una de las tantas escenas que conforman el acto de la jornada escolar, la obra del ciclo lectivo. Docentes y alumnxs cobran posición dentro del aula y se incorporan al tiempo de la clase. Un tiempo que es de carácter ficcional ya que se ha constituido especialmente para el aprendizaje. Allí se alza una intimidad que abre el juego hacia la ruptura de esta cuarta pared. Las luces del escenario hacen foco sobre todxs sus integrantes. Que falte unx o que, inesperadamente, se modifique su conformación implica una nueva escena. Sin embargo, ¿hasta qué punto será capaz de adaptarse la función? Puesto que es exactamente el equilibro peculiar que nos otorga el aula, el que posibilita que la obra cobre vida a través de sonrisas cómplices, preguntas ocurrentes, un comentario inesperado, el llanto espontáneo, aquel festejo explosivo o el hecho mismo del aprendizaje.

Por razones de público conocimiento, podría decir cualquier medio televisivo o cartel en la calle (como si no nombrar lo que ocurre desdibujara la pandemia que estamos viviendo), las aulas se han transformado en un no-lugar. No-lugar porque no las estamos habitando, porque son las plataformas de videoconferencia las que nos conectan (siempre y cuando tengas acceso a internet, a un dispositivo móvil, a un ambiente propicio, la dinámica familiar te lo permita o tu salud emocional), porque estamos y no estamos. ¿Qué era el aula? Cámaras intermitentes que se prenden y se apagan, silencios eternos, mensajes por chat. “Profe, no puedo encender mi cámara porque estoy ayudando a mi hermano con la tarea”. “Profe, tengo que ir a comprar la medicación que me mandó mi mamá”. “Se cortó internet”. “Vine hasta la plaza a enganchar wifi”. “Mi papá tiene COVID”. ¿Será que es posible reencontrarse con esa sonrisa cómplice, con la pregunta ocurrente o con lo que significa el contacto con la mirada ajena? Contra todo pronóstico, a veces, sucede. Y si, como propone Calvino, logramos alejar de nosotrxs cualquier otra idea y dejar que el mundo que nos rodea se esfume en lo indistinto, puede que, entonces, aparezca el Deja Vú de lo que significaba asistir a clase. ¿Pero por cuánto tiempo será posible improvisar para que se esfume el mundo?

Esta semana el aula regresó a las pantallas televisivas. El show-off del “cómo se debe dar clases” volvió para quedarse. La ministra de Educación de la Ciudad de Buenos Aires, Soledad Acuña, habló de protocolos de seguridad y de lo que siempre fue y ahora será la escuela “un espacio seguro para todos los chicos y chicas”. Sin embargo, este martes 13 por la mañana, la emisión de la primera clase piloto estaba al aire por TN (Todo Noticias). La escuela técnica número 35 de Monte Castro era la locación. El periodista, Guillermo Lobo, comentaba “una enfermedad deja sin clases a la mayor parte del país por más de 200 días. Estamos en vivo porque es un notición: vuelven las clases”. Es claro, se ve que, desde que comenzó la pandemia, nunca más hubo clases. No debe ser cierto que lxs docentes han sostenido el sistema educativo con sus propios recursos. Por lo menos, quien cubría la nota, José Fulgonio, habla de “vuelta a clases presenciales”. La trama sigue, la cámara recorre el ingreso por el patio: “Se había previsto hacer el aula al aire libre – refiere el cronista-. Aquí, en este espacio delimitado por conos estaban los bancos y el escritorio del profesor. La verdad es que empezó a hacer calor y se los llevaron a un lugar, acá nomás, a un taller techado, que es bastante abierto”. Sí, “bastante” es la palabra que se utiliza.

Finalmente, la imagen se posa sobre un cúmulo de gente, sin distanciamiento social, que cubre la escena de interés mediático: un grupo de alumnxs sentadxs escuchando las palabras del rector, aplausos de bienvenidas, la cámara sigue expectante e ingresa el docente, a quien nadie pareciera haberle avisado que saldrá en televisión, que la intimidad de su clase se verá corrompida y que pasará a formar parte del engranaje del circo mediático. La cuarta pared se rompe, pero en signo de hostilidad. El rector grita: – “Ahí viene el profesor (…) Muchachos, hagan lo que saben hacer”- ¿Lo que saben hacer o lo que esperan que hagan? ¿Qué será todo eso? El docente ingresa, mira desconcertado. El periodista continúa – “Ahí viene el profe, ¿a ver dónde está el profe?”- – “Yo tengo que dar clases, ya está. Yo doy clase para ellos”- Dice el docente a la cámara. – “Es muy tímido”- vocifera el rector. Sí, “tímido” es la palabra que usa. La disyuntiva, entonces, pareciera ser: o las clases siempre han sido televisadas o, tal vez, sea el poder político y mediático que pone en escena aquel mantra visual que dice “Todo está bien. Lxs docentes van a seguir dando clases, lxs estudiantes podrán comenzar a escolarizarse, porque claro no han tenido clases desde marzo y usted ya no sabe qué hacer con ellxs. Mientras tanto, el trabajo continuará multiplicándose: para las clases virtuales, para las presenciales por venir. Los mensajes de trabajo a deshoras continúan, la corrección multiplicada en imágenes, lxs almunxs sin conexión, lxs docentes personal esencial para viajar en transporte público, los lugares “bastante abiertos” para dar clase, el mismo sueldo, familiares en situación de riesgo, hijxs a cargo, todo está bien. El show debe continuar”.

Si están del otro lado, lxs invito a romper la cuarta pared. Relean conmigo la escena anterior, la de la escuela de Montecastro. ¿La leyeron? Les comparto el final. Al docente lo vemos incómodo, a lxs alumnos conformando una escenografía montada. El rector habla, le dice que dé un poquito de clase, para que las otras escuelas puedan aprender. ¿Acaso la explicación no era para lxs chicxs? ¿De pronto una clase puede medirse en “un poquito”? El profesor sumergido en la pantomima cruel se ve forzado a continuar: “Bueno, saquen una hoja que vamos a hacer un repaso. El primer problema, anoten”. Si ustedes creen que este relato no contiene las suficientes ironías, sepan que el periodista, Guillermo Lobo, cierra la nota así: – “El verdadero acto de revolución es escaparle a la ignorancia (…) Ojalá la politiquería no se mezcle con el manejo de lo que es una pandemia”.

Volvamos a Calvino. Reemplacemos el siguiente concepto: “leer” por “dar clase”. La cita quedaría así: “Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla-, al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo enseguida. Alza la voz si no oyen: “¡Estoy dando clases! ¡No quiero que me molesten! Quizás no te han oído con todo el estruendo, dilo más fuere, grita: “Estoy empezando a dar clases. O no lo digas si no quieres; esperemos que te dejen en paz”

 

*Calvino, Ítalo. Si una noche de invierno un viajero. Una pluma ediciones. Colombia. 2002.