Viernes 16 de octubre del 2020

Escribe: Mauro Fernández

Hace unos 20 años escuché por primera vez que se tiran toneladas de comida a la basura por año. Casi la mitad del alimento producido es desechado y nadie lo consume. Al mismo tiempo, millones de personas, principalmente niños, pasan hambre y sufren desnutrición o problemas alimenticios. En mi experiencia trabajando en horticultura pude comprobar que esto es efectivamente cierto, y también entendí por qué.

Puliendo un poco los datos, según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), “aproximadamente un tercio de todos los alimentos producidos a nivel mundial se pierden o se desperdician”. Al mismo tiempo, y considerando datos previos a la pandemia, 690 millones de personas a nivel mundial padecen hambre de los cuales 135 millones de personas padecían niveles de “crisis” o peores de inseguridad alimentaria aguda, de los cuales 27 millones estaban en niveles “de emergencia”, al borde de la hambruna.

El objetivo 2030 de “Hambre Cero” parece inalcanzable luego, o más bien dicho, durante, el tremendo golpe que está sufriendo el mundo debido a la pandemia del Coronavirus. Según la OMS, “Covid-19 podría provocar, a finales de 2020, un aumento de 130 millones en el número de personas afectadas por el hambre crónica en todo el mundo (es posible que, con el recrudecimiento del hambre aguda en el contexto de la pandemia, esta cifra aumente aún más en ocasiones)”.

Escribo estas líneas mientras me encuentro en Nueva Zelanda con la VISA de Trabajo Working Holiday, donde hasta el momento me tocó trabajar en diferentes sectores de la horticultura. En la actualidad formo parte de un equipo de plantaciones de zucchinis, también llamados calabacín: desde el mantenimiento de la tierra y hasta la recolección de dichas hortalizas.

En cada parte del proceso de producción se desechan alimentos: cuando comienzan a crecer se cortan aquellos que no se formaron acorde al mercado desde el inicio y todos aquellos que no fueron polinizados por abejas. El filtro es bastante grande pero necesario para que las plantas puedan utilizar su energía para proveer crecimiento a los zucchinis que “realmente valen la pena” y que lograran llegar a la góndola.

Durante la recolección es cuando más se descartan, y estamos hablando de cientos de kilos por día, en tan solo un pequeño campo familiar de 2 terrenos con 4 blocks cada uno. Para dimensionar, cada block se compone de 12 filas de plantas de un largo de unos 250 metros. Estimativamente hay unas 800 plantas por fila, por lo que en total este campo en particular cuenta con unas 76.000 plantas que producen zucchinis durante unos 3 meses al año y el fruto es constante: Recolectamos alrededor de 3.000 kilos de zucchinis por día.

A nivel comercial esta hortaliza se consume en gran parte del mundo, pero la pandemia significó un gran impacto negativo en el mercado de alimentos para los productores, ya que se retrajo la demanda de parte de muchos países importadores por las problemáticas económicas. Una caída en el consumo de alimentos en países de Asia repercute de manera directa en las ventas de países como Australia o Nueva Zelanda.

Las abejas polinizan la flor para la reproducción de las hortalizas.

El Banco Mundial presentó un informe recientemente indicando que “el Covid-19 llevará entre 88 millones y 115 millones de personas más a la pobreza extrema (utilizando el indicador de que la misma es vivir con menos de U$S 1,90 por día) en 2020, y el total aumentará a 150 millones para fines de 2021”.

De modo que el mercado es cada vez más competitivo, la exigencia es cada vez más alta. Deben pesar entre 150 y 250 gramos (medir entre 15 y 25 cm), no pueden tener punta y tampoco golpes o cortes. Los mismos crecen 3cm por día, por lo que, si a un recolector omitió uno que estaba “a punto”, al día siguiente pasará a ser basura. Los sábados se recolectan de un tamaño un poco menor porque los domingos no se trabaja, por lo que el lunes es el día más duro y ahí es donde más se desecha.
Se desecha una gran cantidad que podría ser alimento en muchos lugares, pero existe un problema superador.

El equipo trabajando en la cosecha. El tractor recorre el campo y se recogen los zucchinis recolectados.

En el año 2015 asistí al 3er Congreso de Responsabilidad Social realizado en La Rural de Capital Federal. Entre los expositores estuvo Pablo Gentili, secretario ejecutivo de Clacso en aquel entonces (miembro del Ministerio de Educación en la actualidad), quién expuso que la principal problemática de la alimentación en el mundo es la distribución, no la producción.

Si en lugar de tirar todos los zucchinis que desechamos, los mismos fuesen donados para alimentar a personas de la República Democrática del Congo, ¿quién asumiría el costo del traslado desde Nueva Zelanda hasta África?

Congo en particular hoy cuenta con casi 22 millones de personas que padecen inseguridad alimentaria agua sobre 88 millones de habitantes, según un informe publicado por FAO el mes pasado. Más de allá de esto, existe un grave conflicto armado en el país por la posesión de diferentes recursos naturales (cobre, diamantes, oro, etc.) y una falta de decisión política para cultivar millones de hectáreas de tierras que no están siendo aprovechadas.

Nigeria, Somalía, Burkina Faso, Sudán y Lesotho son otros de los países africanos que aparecen en dicho informe con grandes incrementos en los números de personas que sufren hambre (entre 50 y 70% de aumento). Gran parte del continente se encuentra en riesgo, y varios países de Asia también están en la lista: Afganistán, Yemen, Bangladesh, Iraq y Siria. En Latinoamérica, Honduras lidera las preocupaciones, pero también se suman El Salvador, Guatemala, Haití y Venezuela.

El Covid, señala el informe, “impone una carga adicional a los frágiles sistemas políticos y sociales, agravando los riesgos existentes, incluidos los conflictos, las crisis económicas, los desastres naturales, los climas extremos y su variabilidad, y las enfermedades y plagas de los animales y las plantas”, por lo que es difícil tener una mirada positiva sobre esta situación en el corto o mediano plazo.

En Nueva Zelanda no hay crisis económica, ni tampoco hay Covid salvo algunos casos aislados. El kilo de zucchinis (también llamados “Courgettes” en estas tierras) cuesta ocho dólares neozelandeses, lo que representa cerca de cinco dólares estadounidenses. Si dejamos de lado la donación al Congo y monetizáramos todo lo que se desecha, estamos hablando de miles de dólares mensuales también.

La exigencia del mercado es tremenda, cuando detectan que hay un solo zucchini con un golpe o un corte, los supermercados devuelven el cajón entero (con un peso aproximado de 12 kilos). Por lo que los productores no tienen demasiadas opciones, una parte nos la llevamos los empleados para comer en casa y otra se tira al tacho de basura.

8NZD equivalen a 5,20 USD. Foto tomada en el supermercado Pack’NSave, en Kataia, Nueva Zelanda.

La carrera por frenar el Covid mediante el desarrollo de una vacuna es algo nunca antes visto. Decenas de países y laboratorios trabajando contra reloj para dar con la solución a la pandemia. Sin embargo, el problema del hambre existe desde que el mundo es mundo y en la actualidad se está agravando a pasos agigantados. El principal desafío una vez que el Covid esté controlado, o eliminado, es abordar la problemática de la inseguridad alimentaria y la hambruna para luego enfocarse en el hambre y finalmente en la pobreza.

Para ello, hace falta decisión política y una determinación de todos los países del mundo para contribuir con esta problemática y ofrecer una solución definitiva desde la producción y distribución, garantizando el acceso a una buena alimentación a toda la población mundial, que es cada vez mayor y cuyo porcentaje en crisis se encuentra en constante crecimiento debido a la expansión del Coronavirus.

 

El autor también escribe en Avecesescribo9