Viernes 16 de octubre del 2020

Escribe: Leandro Soto (*) 

Publicada Originalmente el 20 de junio del 2020. Fuente: Revista Zigurat

Luego del asesinato de George Floyd en manos de la policía a fines de mayo del 2020 se extendieron en New York, y en diversas regiones de Estados Unidos, numerosas movilizaciones sociales. En su mayoría integradas por afroamericanos que denunciaban a la administración de Donald Trump y ponían a la vista del mundo lo que el sueño americano escondía, y no tanto, bajo la alfombra: racismo y serias desigualdades. Apenas unos días antes del asesinato, Naomi Klein publicó un artículo sobre el encuentro entre Andrew Cuomo, gobernador de New York, y el ex Ceo de Google Eric Schmidt. Allí la periodista canadiense daba cuenta de “El New Deal de la pantalla”. A saber, la puesta en marcha de un acuerdo millonario entre el gobierno y unas pocas empresas tecnológicas por un futuro de inteligencia artificial. Por supuesto nada se dijo sobre la necesidad de regulaciones, el posible daño a la democracia, el control de los datos y la vigilancia de la sociedad. Mucho menos sobre las desigualdades estructurales de un mundo al borde del colapso. Al parecer lo único claro del panorama post pandémico fue un graffiti que un manifestante dejó en la Quinta Avenida :“el virus es el sistema”.

Es cierto, la pandemia que recorre el mundo ha puesto en evidencia todo tipo de desigualdades que en muchos casos ya existían. En la Argentina el nuevo gobierno debió asumir en un escenario signado por las deudas, no solo económicas, de la gestión que lo precedió. En este contexto de crisis la problemática del Covid-19 ocupó la agenda del gobierno y la de los medios masivos.

Las pantallas, para aquellos que reúnen todos los privilegios, se convirtieron en un actor central de la vida cotidiana. Una ventana abierta al mundo que como tal presenta un recorte de la realidad. Así los dispositivos concentraron trabajo, socialización, información y entretenimiento. Si hasta este momento era cada vez más difícil pensar el lugar de los medios masivos tradicionales, como la televisión, sin la compleja y estrecha vinculación con las redes sociales de internet, la pandemia con su impronta digital ha terminado de consolidar ese escenario.

“La pandemia que recorre el mundo ha puesto en evidencia todo tipo de desigualdades que en muchos casos ya existían. En la Argentina el nuevo gobierno debió asumir en un escenario signado por las deudas, no solo económicas, de la gestión que lo precedió”.

Frente a este panorama suceden importantes cambios en la producción y circulación de información producto de un nuevo tipo de protagonismo de los enunciadores en la mediatización. Dicho de otra manera, los temas y preocupaciones de los usuarios -con ciertas restricciones- circulan, nutren las agendas de los medios y en muchos casos rompen con la lógica tradicional.

En consecuencia los medios de comunicación han cambiado vertiginosamente y de forma cada vez más acelerada. Así las empresas y sus periodistas deben adaptarse, al calor de los acontecimientos, a nuevos códigos, estructuras de producción y difusión. Es necesario aclarar: no siempre justas para quienes ejercen la profesión, que se enfrentan a nuevos desafíos y resistencias. Sobre todo si es mujer y todavía más si no se cumplen con los cánones que imponen la pantalla… y los usuarios.

La pandemia avanzó sobre la sociedad con sus múltiples y severas consecuencias. Es entonces que exacerbó ciertas desigualdades existentes. Con la emergencia sanitaria ocupando la centralidad en paneles, editoriales y noticieros de la mañana a la noche, la presencia poco igualitaria de las mujeres y otras identidades femeninas en los medios quedó en evidencia.

pandemia y pantallas
Ilustración de Ares (@estudioares en Instagram)

Si bien se pueden nombrar ciertos avances como la reciente incorporación de Diana Zurco en el noticiero de la Televisión Pública. También es necesario poner en primer plano casos como el de Romina Malaspina convertida en tendencia de Twitter por haber presentado las noticias económicas en Canal 26 con una remera transparente. Los usuarios desde sus redes y luego los medios masivos pusieron el foco sobre las condiciones de posibilidad de la mujer en la pantalla.

En paralelo Sol Perez, conductora desde hace tres años en la misma señal, debió aclarar a sus seguidores:

“Dejen de querer llamarme gato por ser mujer y tener tetas y culo. Estudie, me prepare y desde el que tengo 18 años trabajo en el medio. Gracias a dios hace 3 años me dieron la posibilidad de conducir y es algo que amo. Besos” (Twitter. @Solperez, 17 jun-2020).

Aquí la tensión no se centra sobre el trabajo periodístico de ambas integrantes de la señal noticiosa. En todo caso esto lleva a reflexionar dos cosas: la primera es sobre el verdadero rol de las mujeres en los medios de comunicación y la segunda en que difícilmente un conductor, hombre, deba salir a aclarar algo sobre su aspecto físico al momento de presentar las noticias.

“Frente a este panorama suceden importantes cambios en la producción y circulación de información producto de un nuevo tipo de protagonismo de los enunciadores en la mediatización. Dicho de otra manera, los temas y preocupaciones de los usuarios -con ciertas restricciones- circulan, nutren las agendas de los medios y en muchos casos rompen con la lógica tradicional”.

Ya se dijo, la pandemia puso en evidencia las múltiples desigualdades en las sociedades. Al respecto los primeros párrafos sobre la actual situación de Estados Unidos intentaron marcar que las principales industrias y sectores que concentran el poder no pierden el tiempo. Sin embargo frente a esta situación se presenta un punto de quiebre, otra gran parte de la sociedad debería sentirse convocada a la necesidad de abrir nuevos debates para alcanzar un horizonte más justo, o al menos más prometedor.

El contexto actual ha llevado a una súper exposición a las pantallas a hombres y mujeres por igual pero como espectadores. Lo que se pone en evidencia, y no de forma anecdótica, es la hegemonía de y en la pantalla. Allí las mujeres y las identidades feminizadas, al igual que en otros espacios, no ocupan un lugar igualitario o en todo caso deben responder a ciertos estereotipos para reafirmar su permanencia.

Todo esto obliga a una pregunta final: ¿La pandemia sentará las bases para una lucha por nuevas construcciones más igualitarias?. Una vez más, el intento de reflexión sobre lo que vendrá deja más incertidumbres que certezas. Quizás aquella esperada nueva normalidad, que lleva a algunos a reafirmar su interés individual contra viento y marea, sea en verdad el regreso a lo que trajo al mundo hasta este estado.

(*) Licenciado en Ciencias de la Comunicación – Universidad de Buenos Aires. Maestrando en Periodismo – Universidad de Buenos Aires.