Sábado 7 de noviembre del 2020

Escribe: Leandro Soto (*)

Imagen de ijmaki en Pixabay

El modo poco igualitario en que se aplican los algoritmos y las normas comunitarias para borrar contenidos de las redes digitales, se ha transformado en un modo de administrar la visibilidad de ciertos cuerpos y discursos. El desafío de repensar la diversidad, el reconocimiento y la verdadera participación en el espacio digital.

Gran parte de las reflexiones sobre la vida cotidiana y la centralidad de la tecnología, que es sólo un actor dentro de un complejo sistema de intercambios sociales, oscilan entre la esperanza y el desencanto. Pese a ciertos antagonismos, es un hecho que las mediaciones tecnológicas han modificado la vida de los sujetos en múltiples sentidos. Estos cambios pueden ser comprendidos desde diversas dimensiones: técnicas, políticas, económicas, sociales o afectivas. Al mismo tiempo cada una de ellas producen nuevos tipos de relaciones entre sí, lo cual desdibuja sus límites y abre la posibilidad a otras nuevas categorías. Por ejemplo el modo en que ciertos cuerpos adquieren o no visibilidad en las redes digitales puede ser visto desde su dimensión técnica pero también es un fenómeno socio-político.

Uno de los problemas en torno a las transformaciones producto de las mediaciones tecnológicas es la redefinición entre lo público y lo privado. Es decir, el modo en que se construye un mecanismo de lo que puede ser o no visible. Esto ocurre en un complejo escenario mediático donde conviven grandes caudales de información, redes digitales y medios masivos de comunicación y múltiples formas de producción y consumo. Así, en comunidades fuertemente atravesadas por la virtualidad y la digitalización, aquello que puede ser señalado como los algoritmos constituyen también una parte importante del problema.

Existen tres tipos de algoritmos: los deductivos que infieren información por medio de modelos probabilísticos, los abductivos que buscan explicaciones sobre determinadas acciones y los algoritmos inductivos que partiendo de una gran base de datos construyen patrones. En sociedades donde la obtención, el almacenamiento y el procesamiento de los datos constituyen la base de un nuevo modelo industrial y de acumulación, las plataformas y las redes digitales cobraron centralidad como la infraestructura que permite obtenerlos. Si bien se advierte cierta opacidad en saber con certeza cómo operan los algoritmos al interior de las redes. Es posible advertir que los consumos digitales dejan huellas, recurrencias, que luego predicen o guían aquello que será mostrado a cada usuario.

La verdadera identidad de un perfil se reduce a los límites que supone una evaluación difuminada de ciertos parámetros. Quienes los diseñan y programan, toman decisiones desde una visión muchas veces hegemónica y poco neutral. Sin perder de vista el anclaje cultural y social que poseen los discursos y las imágenes. Basta un recorrido general sobre el contenido de las redes sociales, como el caso de Instagram, para notar que se privilegian por ejemplo ciertos estereotipos de género y belleza. En este punto vale plantear el interrogante: ¿el funcionamiento de las redes digitales se corresponde con lo que cada sociedad construye como lo visible o es el algoritmo el que determina esa posibilidad?. En el pasaje de los cuerpos tangibles hacia la inmaterialidad de códigos, números y letras, ocurre también un proceso de selección. Un complejo aparato de legitimación, reputación y reconocimiento que supone también una dimensión política. La misma tiene como pretensión administrar las intervenciones en el espacio de las redes digitales y por tanto de lo público.

Si se pone el foco en las lógicas que permiten que ciertas imágenes sean o no mostradas es posible recuperar la experiencia de ciertas usuarias de las redes digitales. Si bien, como ya se dijo, el modo en que funcionan los algoritmos no son del todo transparentes. Los criterios que aplican los algoritmos, diseñados por humanos, suponen cuerpos más visibles que otros. En este marco la fotógrafa Florencia Blanco sostiene: “La primera vez que Instagram sin consenso y previo aviso decidió bajar una foto de mi cuerpo gordo y desnudo, tirado en el pasto de una quinta con la excusa que mi contenido va “en contra de las pautas de la comunidad sobre desnudez o actividad sexual” sentí muchísima injusticia, porque en verdad lo que molesta es la exposición libre de un cuerpo no hegemónico. Un supuesto cuerpo que no vende, que no es saludable y muchos menos bello. Cuesta digerir el nivel de censura moralista e hipócrita que vivimos, ya que si se detienen a buscar el hashtag “#Desnudo” van a encontrar muchas fotos de mujeres hegemónicas que muestran sin ningún tipo de censura sus cuerpas”.

Por su parte la fotógrafa y activista Candelaria Deferrari Piccione afirma que recibe constantes advertencias sobre el posible cierre de su cuenta por incumplir con las normas de Instagram. En este sentido, advierte que aquello que se ve en la red social supone una construcción, la cual considera como una política de lo visual. Sobre los algoritmos y los criterios que aplican al momento de bajar un foto sostiene: “honestamente creo que no hay un criterio claro. En principio el algoritmo registra cantidad de piel a la vista y en base a eso hay bajadas automáticas. Esto pasa incluso cuando la foto esta censurada en genitales y areolas. También por eso bajan mas fotos de cuerpos gordos y grupales. Y por eso hay clips porno que no son bajados. Porque quizás la escena es claramente sexual pero el recorte hace que se vea menos piel”. En un revelamiento disponible en la cuenta de la artista visual, es posible observar ejemplos de contenidos sexuales explícitos y desnudos subidos en diversas cuentas que, a diferencia de otros, si permanecen en la red social.

Una tramitación de lo visible y de lo dicho en cada sociedad es un hecho en si mismo conflictivo. En ese caso cada vez que un sector pretende aumentar -en el marco del derecho y la defensa de las libertades- la pluralidad de voces, la igualdad de cuerpos y las identidades que participan en el espacio público-mediático debe estar dispuesto a entrar en conflicto, de forma desigual, con sectores de poder que pretenden preservar su dominio sobre las representaciones. Un hecho que pone en escena la discusión en torno al modo en que las grandes empresas tecnológicas y compañías de redes digitales administran por ejemplo los discursos de violencia y discriminación. En muchos casos también lo hacen con imágenes de manifestaciones artísticas, personas que representan a las disidencias y diversidades sexuales, grupos con cuerpos no hegemónicos y pluralidades étnicas.

La decisión sobre la legitimación de los cuerpos y las palabras supone un elemento fundamental para el control del imaginario social y del poder. Al mismo tiempo pone en escena prejuicios y sesgos sociales. Más que nunca el problema sobre lo no mostrado, en un contexto donde en apariencia todo puede ser dicho con un simple click, resulta vital para comprender el tiempo actual y poner en disputa el verdadero significado de la pluralidad. Los cuerpos expuestos en las redes digitales no suponen el fin de las desigualdades estructurales. Pero la puesta en discusión sobre aquello que es o no legitimado pretende evidenciar el conflicto por el reconocimiento. Es necesario transparentar aquello que limita la representación mediática de los cuerpos para construir los cimientos de nuevas formas de participar en el espacio público.

(*) Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA), Maestrando en Periodismo (UBA).