Escribe: Ing. Enrique Mario Martínez

Fotos/Ilustración: Matías Chenzo

Enrique Mario Martínez es miembro del Instituto para la Producción Popular, una Asociación Civil que, día a día, busca entablar su compromiso con quienes más lo necesitan a fin de generar herramientas para liberarse de las ataduras económicas y culturales dentro del mundo del trabajo. En esta oportunidad, Martínez nos acerca un análisis sobre los modos de producción que ejercen los sectores conservadores en nuestro país, el impacto que estos generan y la importancia de transformación en perspectiva a la polémica que atañe a la empresa Vicentín. Un planteo sobre cómo trabajar, pero para los nuestros.

Dueños de la tierra, pero poco responsables de los frutos obtenidos de ella y nada responsables del valor agregado a las lanas, los granos, las carnes o los minerales, los sectores conservadores de la Argentina han construido su imaginario colectivo mirando fuera de las fronteras, a pesar de su origen asociado a la propiedad de enormes extensiones del territorio nacional. A tal punto lo han hecho, que se encuentran rogando, desde hace apenas 90 años, que los frigoríficos de capital inglés o norteamericano procesen sus novillos; que exportadores extranjeros lleven sus granos y la lana sucia, aceptando, mansamente después, que una multinacional les instale un patrón tecnológico para sembrar con labranza mínima y hasta les cobre una regalía ilegal por el uso de su semilla transgénica. Total, los problemas los generan solo el Estado y los peones.

Afuera van sus ahorros, vaya a saber a qué cuentas cifradas. Afuera se concretan sus vacaciones a destinos cada vez más sofisticados, compitiendo por lugares cuya historia nunca conocerán y cuyos nombres olvidarán poco tiempo después de haberlos visitado.

Por generaciones, la aspiración de gran parte de los exitosos del país ha sido repetir esa lógica ¿Y la inversión necesaria para crecer; para atender las necesidades comunitarias que van quedando por el camino? “Debería venir de afuera, si allí está todo lo bueno”. Esta convicción del núcleo duro, que lideró el crecimiento del país y los vínculos con el exterior por casi un siglo, tuvo fisuras.Aparecieron los inmigrantes pobres y se sumó la industria nacional, a través de la cual, y desde el subsuelo invisible, emergió una masa pobre apalancada por el Estado que se hizo clase trabajadora y clase media.


Con todas las contradicciones imaginables, la complejidad superlativa del mundo actual pone a disposición del poder económico herramientas para extorsionar a los más débiles, especialmente, a través del denso entramado financiero. También, le permite a ese poder manipular a los que están dos escalones más arriba del fondo, sobre la base del temor de caer desde esa altura. Sin embargo, y a pesar de esto, aparecieron hace más de medio siglo, alternativas al pensamiento colonizado que pretendieron y consiguieron acceder a posiciones de gobierno.

La globalización se encargó de implantar con fuerza la hegemonía financiera. Y, al mismo tiempo, los conservadores locales se colocaron en su papel de mero engranaje de un sistema en que siembran lo diseñado a decenas de miles de kilómetros y lo venden a precios que define un paquete de especuladores en una cueva a otra distancia similar. Ese accionar reaparece cuantas veces puede. Inmutable en su discurso, pero cada vez más primario en su práctica.

Ninguna iniciativa que atenúe los efectos de la decadencia moral y de propuesta del capitalismo concentrado se puede esperar de ellos. Ninguna. En este sentido, la responsabilidad de los pensadores nacionales que quieran comprometerse con una mejora general de la calidad de vida se hace más aguda en el contexto actual.

Para una economía de esfuerzos básica, la primera tarea es evitar subirse a la calesita en la que se discute el pretendido discurso único y todas las variantes que se imagina desde el statu quo que cuestiona al gobierno popular. Es probable que ésa sea una tarea seductora para las nuevas generaciones, que se suman al escenario político y social: habitar un campo de auto-aprendizaje y de formación popular. Pero, ése es el plano previo, casi introductorio, para la responsabilidad de las generaciones que han andado por un par de décadas o más de la vida política argentina. Quienes han tenido oportunidad de transitar por la vuelta de Perón, el proceso genocida, la guerra de Malvinas, la recuperación de la democracia, dos hiperinflaciones, la parodia menemista y la reiteración del discurso único, el fracaso del progresismo frepasista, los avances de 2003 a 2015 con sus límites de propuesta, el robo de los financistas organizados en banda, necesitan hoy ordenar la bitácora levantando la mira. La mera enumeración de los grandes traumas enfrentados es agotadora, pero debería ser aleccionadora y de alta capacidad didáctica. Bajo esta perspectiva, ¿a qué podemos aspirar en la Argentina de la próxima década?

Simplifico y pongo el título: a muchas cosas valiosas, si colocamos los factores de producción en distintos lugares relativos que los que han ocupado hasta ahora durante gran parte de la historia argentina. Es una frase enigmática, lo admito. Aclaremos. Lo que señala es la necesidad de reducir la importancia del patrimonio y de las finanzas, o sea del capital inmovilizado y del dinero en todas sus formas, para definir los proyectos. Simétricamente, indica la necesidad de aumentar la importancia de la atención de las necesidades comunitarias y el aporte, para ello, de conocimiento
productivo, tanto orientado a la formación humana, como en el desarrollo de productos, procesos y servicios.

Sin embargo, ¿cómo se traduce eso en los cursos de acción alrededor de los cuales se organiza la vida económica y social de un país? En pocas palabras, nos obliga a tener proyectos concretos de desarrollo comunitario. Con estos en la mente, en el papel y en el imaginario colectivo, la pregunta pasa a ser, cómo se financian. El capital se debe pensar detrás de un fin que previamente se ha establecido, en las antípodas del latiguillo de décadas que reclamó estimular la venida de capital externo, como condición de crecimiento y hasta de supervivencia, sin especificar destino, ni relación con comunidad alguna. Esta mirada es imprescindible en un país que ha llegado a niveles de pobreza que se acercan peligrosamente a la mitad de la población; al déficit de vivienda que ya
alcanza el 25% de las familias; a la infraestructura ferroviaria destruida. No hace falta agobiar con enumeraciones, basta mirar en derredor cada uno de los componentes de un tejido social necesario. Esto va más allá, mucho más allá del conocido reclamo de vivir con lo nuestro, que es una sana propuesta derivada de asumir las fuertes limitaciones macroeconómicas originadas en la fragilidad del frente externo y nuestra condición de país donde circulan dos monedas desde hace más de 40 años. No es mi intención desvalorizar un concepto política y técnicamente valioso, que sirvió para meter una cuña importante en la cantinela del discurso único. Solo se quiere mostrar que el diseño de un camino productivo, para evitar las limitaciones del frente externo, es solo una
parte de lo que se requiere para dotar a una comunidad del entorno que se requiere para alcanzar una adecuada calidad de vida.

Ahora bien, los planteos transgresores como el que aquí se pretenden, necesitan ser referenciados en situaciones concretas, que ayuden a tirar el ancla.Veamos el conocido caso de la empresa exportadora Vicentín, integrante del muy selecto grupo de responsables de la exportación de granos y aceites de la Argentina.

Frente a una convocatoria de acreedores, que a todas luces es un vaciamiento, en perjuicio de bancos nacionales y privados, nos encontramos con miles de productores agropecuarios y hasta grandes corporaciones financieras internacionales con reacciones disímiles. Detrás de cada una, es necesario visibilizar un proyecto de país. Primero, hay quienes se alinean mansamente detrás de los responsables del desaguisado. El capital, se asume, es quien tiene la capacidad de ordenar nuestra vida. De este problema, dicen, se saldrá con negociaciones entre capitalistas. Y los demás, en toda la región, se adaptarán a ello.

La variante más simple, que admite la participación del Estado, es que, una vez más, se establezca un sistema de salvataje donde no haya sanción moral ni material para quienes provocaron el problema.

Tanto la intervención estatal para rescatar la actividad, sin los actuales propietarios, como la intención de investigar a fondo los posibles delitos cometidos, como fundamento para desapoderar a los propietarios, busca poner en otras manos el emprendimiento ¿Para qué? Por un lado, para que haya un castigo legal adecuado. Por el otro, y aprovechando esa oportunidad, para tener una empresa testigo que ayude a combatir y hasta eliminar todas las elusiones y evasiones fiscales y patrimoniales a las que da lugar el intenso contacto con ámbitos externos. Esto ayudaría a vivir con lo nuestro.

Existe otra mirada, que no tiene carnadura alguna en los protagonistas políticos actuales y que representaría lo que se intenta señalar en este documento. Es hacerse cargo de la empresa, no solo para operarla con honestidad, lo cual es básico, sino para convertirla en un pivot de desarrollo comunitario regional. Es transformar una empresa promotora y beneficiaria del monocultivo exportador, maximizar la ganancia que le permitió expandirse a multitud de otras actividades, en varios casos, desplazando a productores previos a los que absorbió. Es decir, en lugar de buscar llevar la ganancia al límite posible para un grupo inversor, optimizar todas las posibilidades de mejora en el territorio de influencia de una unidad productiva y comercial tan grande.

Si Vicentín es la productora más grande de biodiesel del país, transformar es transferir tecnología, al menos, a media docena de pequeñas empresas del norte argentino, para que generen y abastezcan el combustible agrícola sin necesidad de trasladar el grano desde Salta a un puerto sobre el río Paraná y volver con su producto. Transformar es usar un elemento tan potente en la alimentación animal, como la harina de soja y sus concentrados proteicos, para desarrollar la industria avícola en Chaco; la actividad tambera y la industria láctea en todo el norte; la producción de cerdos a escala media en la Mesopotamia. Además de no limitarse a estos usos tradicionales. Avanzar en los usos industriales de la lecitina; pensar la producción de carne en forma integral para la región, pero diseminada en decenas de industrializadores en media docena de
provincias.

Todo lo dicho y mucho más está al alcance de una empresa de la dimensión de Vicentín en una región postergada hasta ahora.

¿Qué se necesita? Trabajar reproduciendo el capital de manera ampliada, sin acumular beneficios en un conglomerado, sino expandiéndolos a miles y miles de beneficiarios.

El resultado: trabajar para los nuestros.

Nota publicada en Revista Hamartia #35. Conseguí tu edición papel acá.