Viernes 13 de noviembre del 2020

Escribe: Carlos Caramello

Ilustra: TORRESCATIVA

“Señores, yo estoy cantando
Lo que cifre en el nombre”
Jorge Luis Borges

La regla, nunca escrita pero largamente aludida, dice que el Hombre es progresista en la juventud y conservador en la vejez. Arturo Martín Jauretche -don Arturo, para nosotros- fue LA excepción en eso… y en muchas cosas más.

Nació en el amanecer del siglo XX. En Lincoln. Un tórrido 13 de noviembre de 1901. Murió el 25 de mayo de 1974. Pocos días antes que Juan Perón. Acaso para tener todo organizado a la hora de recibir al General en ese lugar al que van los hombres que aman a la Patria.

Acérrimo defensor – en sus años mozos – del Partido Conservador, solía ironizar sobre el asunto con una frase que lo pinta entero: “Al revés de tantos políticos, yo subí al caballo por la derecha y termino bajándolo por la izquierda“. Porque esa desviación conservadora no le iba a durar mucho. Una reunión con estudiantes reformistas le permitió tomar contacto con Yrigoyen un 12 de septiembre de 1919 y esa tenida con “El Peludo” torció para siempre su destino. Abandonó todo y se trasladó a Buenos Aires. A vivir malamente. A estudiar derecho “como se podía”… a seguir defendiendo siempre a “sus paisanos”, como gustaba llamar a los boyeritos entre los que había crecido y a las gentes del Pueblo en general.

La revolución del ‘30 lo encontró en plena militancia activa en el radicalismo, tiroteándose en las escaramuzas callejeras con aquellos que apoyaban a José Félix Uriburu y Agustín Pedro Justo. Perdieron. Pero Jauretche no retrocedía ni para tomar carrera. En diciembre del ‘33, empuñó un fusil y se sumó a las revueltas de San Agustín y Paso de los Libres, donde cayó preso. Durante sus días de detenido, escribió un poema gauchesco que defendía el accionar radical y que dio a llamar “El Paso de los Libres”. El prólogo de la primera edición fue firmado por un amigo y correligionario: Jorge Luis Borges, el mismo que muchos años después, renegaría de aquel pecado de juventud.

Concluía con los versos:

“Les he dicho todo esto
pero pienso que pa’nada,
porque a la gente azonzada
no la curan con consejos;
cuando muere el zonzo viejo
queda la zonza preñada”

Casi premonitorias, esas palabras ya acunaban su obra más difundida: el Manuel de Zonceras Argentinas.

La Aventura de Forjar

Controlada por el alvearismo (una suerte de antecedente de esa UCR que, en la actualidad, convive con la derecha ultramontana) la Convención Nacional del radicalismo de mayo de 1935 decide disolver la Convención Metropolitana, tratando de asestarle un golpe definitivo a los opositores internos. Jauretche se reúne con algunos amigos y pone una idea en debate: forma una agrupación que enfrente a los acólitos de Alvear. El nuevo grupo busca su nombre hasta que se les aparece una frase de Yrigoyen: “Todo taller de FORJA parece un mundo que se derrumba”. El 29 de junio de 1935, en un lóbrego sótano de la calle Lavalle -a la altura del Congreso-, nace FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina). Nadie imaginó esa noche el rol fundamental de aquella agrupación en la construcción de nuestro país.

Jauretche redacta el acta fundacional de la cofradía. Y la principia con una frase que hoy readquiere sigular vigencia: “Somos una Argentina colonial. Queremos ser una Argentina Libre”. Luis Dellepiane, Amable Gutierrez Diez, Juan B. Fleitas y el mismísimo Homero Manzi, eran parte del grupo de soñadores que se proponía luchar “contra las oligarquías como agentes de los imperialismos en su penetración económica, política y cultural, que se oponen al total cumplimiento de los destinos de América”. Al revés de lo que suele creerse, Raúl Scalabrini no fue parte de la nueva agrupación en sus primeros tiempos porque no aceptó afiliarse al radicalismo (que era una de las condiciones básicas para integrarla). Finalmente, en 1940, luego de un cisma dentro de FORJA, Jauretche asume la presidencia e incorpora a Scalabrini como Director del Departamento de Economía. La ruptura definitiva con el radicalismo había sido consumada.

La Vida por Perón

Hacia 1942, momento de la formación del GOU (Grupo Obra de Unificación), Jauretche toma contacto con Juan Perón, el hombre más relevante de este puñado de oficiales del Ejército disconformes con el gobierno de Ramón Castillo. La relación política y humana que nace entre estos dos protagonistas de su tiempo se afinca en la certeza de Don Arturo de estar frente a un “militar distinto”. Esto lo lleva a recorrer el país entrevistándose con dirigentes radicales entre los que se contaba el cordobés Amadeo Sabattini. A todos ellos los impone de los nuevos momentos que él vislumbra y los invita a subirse al tren de la Historia. Pero ninguno tiene ni el enfoque ni el análisis de prospectiva de Jauretche. Don Arturo se molesta ante tanta ceguera: “Sepa, Doctor Sabattini, que la oportunidad ha pasado al lado suyo y usted no la agarró por la única trenza que tiene, ya no hay otra alternativa para el país que Perón o la oligarquía. Nosotros vamos con Perón. No le extrañe que el pueblo haga lo mismo…”, escribe.

Llega el 17 de octubre de 1945 y encuentra a los “Forjistas” en un debate interno. Jauretche ha dicho que esa jornada, “… más que representar la victoria de una clase, es la presencia del nuevo país con su vanguardia más combatiente y que más pronto tomó contacto con la realidad propia”. No es un esclarecido, es un pensador. Un hombre que expresa los tiempos que se vienen. FORJA se disuelve o, mejor dicho, se subsume al Movimiento Nacional y Popular que está naciendo. De esta manera, muchas de las políticas que dan forma al primer gobierno de Perón (la expropiación de la Compañía de Gas y la creación del Banco de Crédito Industrial, entre otras) detentan el innegable sello del forjismo: las cabezas de Scalabrini y Jauretche emergen entre sus líneas.

Jauretche. Ilustra TORRESCATIVA.

El Funcionario, el Polemista

Luego del tiunfo de Perón en 1946, Jauretche es nombrado presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires. Bajo su conducción, la entidad se pone al servicio de la empresa y la producción nacional. Hombre de pocas pulgas, llegados los ‘50s, interpreta que el nuevo equipo económico de Perón no garantiza el cumplimiento de las banderas históricas del Movimiento Peronista… y renuncia.

Se retira de la vida pública para no molestar pero, cuando la Fusiladora derroca a Juan Perón en el ’55, Jauretche retoma su participación política ya definido como ese pensador que encabeza la militancia pedagógica destinada a impedir que “la derrota política de las masas se convirtiera en una derrota ideológica”. Ese es su principal papel en la Resistencia: palabras con filo; poesías con metralla. Escribe, por esos días, la bella y combativa “Canción del No me Olvides”

¡No me olvides, no me olvides,
No me olvides!…
Canta el pueblo de Perón.
No me olvides sobre el pecho,
no me olvides pegadito al corazón.

Porque los peronistas, prohibidos como sus símbolos y sus voces, habían elegido, para identificarse, una pequeña flor silvestre que crecía casi como yuyo en las barriadas de la suburbanía y que tenía la particularidad de adherirse a las prendas hasta que se marchitaba.
Jauretche, lleno de signos y de certezas, inicia el camino del escritor, del polemista que defiende aquello que los golpistas atacan. Y otra vez, como en 1930, se tirotea con la flor y nata de la derecha destituyente. Solo que ahora se arma de palabras: una docena de libros e incontables artículos, son la munición gruesa de esta nueva militancia que inicia con El Plan Prebisch: retorno al coloniaje, de 1956, donde denuncia la entrega de nuestra economía al FMI.

No cometeré el desatino de hacer una lista de títulos. Destaco, de manera absolutamente arbitraria -a la manera de Jauretche-, los que más me entusiasman: Los profetas del odio y la yapa, de 1957, que aborda el tema de “la traición de la intelligentzia“, léase: el gorilismo de los intelectuales argentinos; El medio pelo en la sociedad argentina, de mediados de los 60s: una crítica profunda a la burguesía en ascenso que tiene tanto que ver con nuestros actuales pobres de derecha; y el célebre Manual de Zonceras Argentinas, de 1968, en donde denuncia las tonteras y necedades con las que la sociedad argentina es inoculada (hasta hoy) con el fin de colonizar sus mentes. Funda, además, el periódico “El Líder” y el semanario “El 45”, donde critica el régimen de facto y, como suele suceder en estos casos, es perseguido y obligado a exiliarse en Montevideo desde donde continúa con su prédica.

Aunque está distanciado del hombre, saluda el regreso de Juan Perón a la Argentina e integra el gobierno de Cámpora y Solano Lima en 1973, poniéndose al frente de EUDEBA, la editorial de la Universidad de Buenos Aires. Pero siente que el viejo General está demasiado volcado hacia la Derecha a la vez que la juventud del “luche y vuelve” ha emprendido un camino violento con mal pronóstico. Además, la idea del socialismo nacional no armoniza demasiado bien con su prédica sobre el capitalismo nacional, lo que, como tantas veces, los lleva a chocar a dos bandas. El peronismo, que tanto le debe, lo ignora, y los jóvenes, que citan sus textos como máximas, hacen caso omiso a su existencia real. Y así, Jauretche, se apaga.

Juan Carlos Córica, uno de sus más certeros biógrafos, ha dicho que “olfateaba la verdad”, que usaba, más que la razón, la intuición. Yo le agregaría la vehemencia dispuesta como trueno; la valentía ejercida en carne viva; la tozudez empuñada como talento y la sabiduría frecuentada como resistencia. Porque, cuando se lee a Jauretche, siempre se lee en pasado mañana.