Jueves, 12 de noviembre de 2020

Escribe: Silvana Jáuregui

Pablo “Kalaka”, muralista de origen chileno residente en Venezuela desde hace más de 40 años, resiste los embates de la pandemia con las herramientas que tiene a mano. Su nueva vida transcurre hoy lejos de los muros, entre escritos, lecturas olvidadas y discusiones profundas sobre el porvenir del arte. Entablamos una enriquecedora charla que, aunque lejana por lo virtual, iluminó la mirada y la perspectiva de quien escribe. Imaginé a un gran artista, comprometido con lo que vendrá. Resuelto, decidido y locuaz, sobre todo esto nos inquietó ahondar. Aquí sus reflexiones.

Cómo nace tu interés por el arte, en especial por lo Mural y qué fue lo que te llevó a dedicarte a esto.

Vengo de familia de artistas. Eso y la militancia de exiliados chilenos era lo que se comía en casa a diario. Creo que no me quedaba de otra. En un acto de rebeldía contra mí mismo, estudié Letras y no Bellas Artes, pero al terminar la carrera me di cuenta de que el futuro como Licenciado en Letras te deparaba un futuro académico, editorial o intelectual de oficio. No sé cuál de las tres posibilidades me causaba más terror. Retomé el arte, con su dificultad, pero de allí ya no me fui más. Ya sabía que era necesario incidir sobre el espacio público, era una apuesta política quizás. Fue en Barcelona, Cataluña, que me lo terminé de tomar muy en serio. Allí estaba ocurriendo TODO en arte urbano. Era tanto y tan avasallante que me intimidaba mucho, pero como me suele pasar, cuando ya me atreví a ir con todo en esto, la ciudad viró a una suerte de control orwelliano sobre el espacio público y todo se fue a la mierda. Entonces mi tiempo allá consistió en arte y militancia por la recuperación del espacio público.

Contanos si estudiaste y quiénes fueron tus maestros. Nombranos algunos artistas referentes que marcaron tu obra y tu accionar.

Como te contaba, estudié Letras. En Barcelona estudié en una afamada escuela de ilustración. Maestros tuve que me enseñaron mucho, pero recuerdo sobre manera a los artistas que me influenciaron y que creo que aún hoy se puede rastrear su influjo en las cosas que hago. Como tiene que ser, mi acervo es una mesa de veinte patas, todas distintas: Moebius, Mattotti, Sergio Toppi, Grenaway, Tom Waits, Irakere, Eddie Palmieri, Silvio, Terry Gilliam, Pink Floyd, Francis Bacon, David Lynch, el libro Todo lo Sólido se desvanece en el aire, de Marshall Berman, Brecht, Robert Wilson, los muralistas mexicanos como cabe esperar, pero también los muralismos que estaban emergiendo en aquellos años: me marcó mucho el salto que dieron Os Gemeos de un graffiti callejero a una suerte de arte pop con realismo mágico muy hermoso y potente. Ese tipo de iniciativas me enseñaron la dirección en la que quería ir. Crecí en una casa donde Violeta, Silvio, Amparo Ochoa, sonaban todo el día. Mi vieja si no pintaba hacía macramé, mi viejo eternamente dibujando en su escritorio. No éramos una familia feliz, pero esos momentos de paz y creación eran islas de felicidad y plenitud totalmente autosuficientes.

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Pablo “Kalaka”. Imagen cortesía del artista.

¿Cuál crees que es la importancia del arte en el espacio público?

Justo en estos días participo de un lindo debate por Facebook sobre este asunto. Digo lindo, porque es muy inusual que un debate no degenere en improperios y trogloditismos de toda índole. El derribo de los monumentos a íconos de la Colonización nos ha puesto a pensar a todos sobre qué hacer con el espacio público. Es innegable que la calle, la plaza, esos intersticios que son la unidad mínima de la ciudad, son nodos que contribuyen al relato histórico, que obviamente siempre estarán cargados de una línea ideológica u otra. Esto hizo reaccionar a los fascistas como cabía esperar. La artista peruana Daniela Ortiz, residenciada en España, tuvo que salir del país por amenazas a su persona luego de defender la vandalización de estos monumentos en la tele. Los gobiernos locales invierten ingentes cantidades de energías en reprimir o condicionar el uso del espacio público. Ante este relato nacional construido por una línea oficial se le contraponen otras formas espontáneas de apropiación simbólica y experiencial del espacio público. El arte urbano sigue pareciendo cosa nueva, pero ya son generaciones de artistas tomando el espacio público y generando relatos alternativos en donde la imaginación se apodera del espacio y lo resignifica constantemente. Estas iniciativas provienen de otros lugares muy distintos a los espacios de decisión o de poder, y pueden ser muy difíciles de controlar. Las ciudades más felices al respecto han sido aquellas que han sabido integrar el arte urbano a su dinámica. Y ahora asistimos a un nuevo problema, que es que el prestigio creciente de nuestra disciplina ha sido advertido por el mercado del arte y el inmobiliario y ahora parecemos ser el primer frente para lavarle la cara a la gentrificación. El capítulo 6 de la serie de Netflix, Gentifeid, explica esto con mucha sencillez.

¿Qué marca deja el arte urbano en la ciudad y en aquél que lo transita?

El arte urbano es insolente, porque no necesariamente solicita el permiso para ocurrir. Sin embargo, el frente de los artistas con un perfil militante, comunitario, sí requiere de un encuentro con la comunidad donde ese arte se va a producir. Esa relación suele ser fluida o tirante dependiendo de los actores y las circunstancias. El otro frente que necesita un acuerdo total con los gobiernos locales, y hasta con los financistas, es el arte más monumental, que suele tener preferencias muy concretas y marcadas. Este arte yo no creo que incida mucho sobre la vida de la gente, lamentablemente. Cuanto más enorme el mural, menos se relaciona de un modo afectivo con las personas. El arte más espontáneo y vandálico yo creo que tampoco busca incidir más que sobre su tribu particular. El arte público comunitario tiene una preocupación fundamental por la gente y muchos artistas buscan modos para que el arte no solo incida sobre la gente, sino que participe del proceso de creación.

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Crees que el arte urbano es apreciado en Latinoamérica respecto de lo que vemos en Europa.

No puedo hablar de Europa ahora, pero de lo que conozco está todo demasiado controlado, y no hay mucho respeto o cuidado por los artistas de profesión, a los que les cuesta muchísimo vivir de su trabajo. En Latinoamérica hay otra realidad. El espacio público es un lienzo lleno de artistas incombustibles en ciudades como Santiago de Chile (que es a mi juicio donde ocurre el arte público más vivo, hermoso y explosivo del continente), Lima, Buenos Aires, Bogotá, CDMX, etc. Incluso en La Habana, donde hasta hace unos años era sumamente difícil intervenir el espacio público, ahora está ocurriendo y con mucha fluidez. Tuve la inmensa fortuna de haber sido uno de los primeros en pintar en esta nueva oleada de La Habana, pero nadie lo registró así que quedó en el olvido.

Y en Venezuela, ¿cuáles son las experiencias colectivas o individuales que puedas resaltar?

En Venezuela el arte público tuvo un empuje muy potente durante los años de Hugo Chávez. El circo, el mural, todas las propuestas que convocaran lo colectivo desde lo público estuvo en su mejor momento. Eran tiempos en que TODO era urgente. Veníamos de tiempos muy enfermos, toda la nación estaba profundamente intoxicada y nos correspondía participar de lo que era un proyecto nacional. Se hicieron grandes murales, había muchísimo apoyo. Da risa contarlo ahora, y sobre todo a muralistas de otras latitudes, de que en Venezuela en aquellas épocas teníamos apoyo militar para realizar murales. Por aquel entonces, Venezuela era una utopía en la que todo parecía posible e indetenible. Tanto yo, como todos los muralistas que estábamos en esa sintonía histórica, no solo éramos artistas, también éramos formadores, talleristas, era muy habitual ir al fin del mundo a realizar un proyecto y llevarse a un videorrealizador para que hiciera un pequeño documental, el cual no se hacía, porque el compañero terminaba realizando un taller de audiovisual con los niños o jóvenes del sector. Ese tiempo y los años posteriores a la partida del Comandante me permitieron conocer lugares remotos en donde los logros llegaban tarde, poco y mal, y aun así podía conocer gente que te encendía el alma con su entusiasmo y su fuerza organizativa. Esos tiempos te permiten perder la inocencia, eran tiempos difíciles pero había un amor en común. Pude pintar mucho en el distrito cultural de Caracas y particularmente, los últimos años, en el barrio Marín de San Agustín, un sector hipertrofiado de historia y magia.

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¿Cómo es desarrollar tu arte en medio del bloqueo?

¡Respecto del bloqueo, bueno… todo mal! Como estamos viviendo en pandemia global, el primero en caer es la cultura. Y mucho peor para el muralismo que necesita grandes dotes de pintura, la cual no llega o es muy cara, dadas las circunstancias. Los muralistas sin apoyo del Estado prácticamente han desaparecido. Quedan los que aún consiguen apoyos puntuales de instituciones que se la juegan por el mural.

A esto se añade la tendencia eterna venezolana de privilegiar las artes escénicas por encima de las plásticas, por parte de los gobiernos locales porque, creo yo, la inmediatez de la respuesta es totalmente mesurable. La incidencia en la gente de los murales o el arte público es muy difícil de cuantificar. Puedes determinar que un concierto gratis en un parque, algo que se hace mucho, tuvo dos mil personas, ¿cómo mides el alcance de los murales? ¿Cómo le sacas rédito político inmediato a eso? Los proyectos murales más exitosos, que cambian la vara y la dinámica de su entorno, suelen ser proyectos a largo plazo, que necesitan un compromiso férreo y constante. La tenemos difícil en tiempos de crisis.

Tus obras emplazadas en EEUU, Cuba, Argentina, Chile, Francia, España y en algún pueblo de Alemania, ¿qué pretenden decir? ¿Qué las caracteriza?

Creo que en todos los murales intento lo mismo: una recreación o celebración de las personas y sus culturas que los hacen humanos. Esto se vuelve más difícil cuanto más te alejas de tu centro. En Cuba me siento como en casa. En Colombia, en Chile no tanto, aunque haya nacido de allí. Europa y EEUU son dos planetas totalmente distintos para mí. Sin embargo, con los gringos he encontrado para mi sorpresa mucha gente afín, que viene de mi mundo o que son de ese mundo tan distinto al mío, pero coincidimos en lo humano y ese es uno de los pueblos más agradecidos y respetuosos con el arte mural que haya conocido.

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Contanos alguna experiencia sobre algún mural que pueda enriquecer nuestra mirada crítica.

Venezuela me ha deparado historias maravillosas y otras terribles. Pero, finalmente, es mi casa, mi centro, es como la casa donde creciste, en donde vive toda tu familia tóxica y disfuncional pero tu familia al fin. Venezuela ya ni siquiera se trata de una cuestión de amor. Es una cuestión fundacional. Una vez, hice una exposición que llamé “Cuestión Caribe”, frase robada a García Márquez, que decía eso de la Revolución cubana. Para mí Venezuela es mi cuestión caribe, es mía, soy de ella. Digresión, digresión. Es en estas comunidades donde aprendes, a golpe y porrazo, cómo se bate el cobre. Recuerdo un mural que hice en Minneapolis, en la que pintaba unos personajes muy obreros ellos, y un tipo llegó a elogiar en inglés el mural, y andaba por ahí contento, quizás medio ebrio, mirando divertido. Yo subido a mi escalera, el tipo de pronto cambia el modo y empieza a vociferar, señalando a uno de los personajes, justamente un carpintero: ¡Oh my god! ¡Oh my fucking god! That guy is exactly just like my father! Y ahí el tipo se desmorona, balbucea cosas en inglés que no entendí, y se fue de allí para no compartir conmigo emociones que ni él ni yo sabríamos explicar ¿Tú crees que yo andaba pensando en que mi personaje se pareciera a alguien? Eso ocurre o no ocurre. En Venezuela, cuando estábamos TODOS involucrados y mezclados y organizados, a nuestro modo caribe, disperso e improvisado, pero organizados al fin, hacíamos talleres y formaciones para personas de todas partes del país. Eran lindos tiempos, no logramos que cuajaran del todo. Estábamos empeñados en darle forma al relato épico de la Revolución, cosa que tampoco logramos cerrar del todo.

Creo que como experiencia también fue muy lindo el reencuentro en 2018 con los compañeros y compañeras muralistas de Chile, que como te decía, es uno de los países más explosivamente creativos y coherentes en lo que a mural se refiere. Un festival llamado Puerta del Sur, al que fui invitado, y participé con algunos artistas que he admirado siempre y otros que son como hermanos, y con otros que no conocía pero que ahora considero hermanos y hermanas. Ese festival fue muy lindo de vivir, porque se realizó en el interior del Río Mapocho, que puede ver que está encajonado entre piedras muy antiguas. En pleno verano meterse en esa gigantesca urna de piedra era maravilloso. Realicé un mural que me permitió hablar desde la cultura de una realidad que están viviendo con mucha rudeza allá que es la hostilidad con la que reciben a la migración venezolana.

Para plasmar estas obras en el muro, ¿cómo lo haces? ¿Cuáles son algunas de tus técnicas y materiales?

Para los murales trabajo con pintura acrílica o con pintura al agua, más o menos como trabaja todo el mundo. Yo suelo requerir colores potentes, porque mi trabajo es muy colorido. Y para ir al muro, me gusta trabajar con poco o nada de boceto, o crearlo una vez que me enfrento al muro, pero eso suele ser posible contadas veces. Sin embargo, creo que es el modo más honesto y retador para trabajar.

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En tiempos de pandemia, ¿dónde está puesta tu mirada artística y tus proyectos?

Como soy un artista del espacio público, y por las condiciones de mi confinamiento, estoy más confinado que los demás, me tocó improvisarme un pequeño taller y estoy en modo experimentar y estudiar cosas que siempre quise y no tuve tiempo. Espero que al retomar la vida pública esos aprendizajes se vean en mi trabajo. Digamos que estoy en modo estudiante de nuevo, sacándome a la fuerza de toda zona de confort, que es el único modo de aprender.

Estoy hospedado en la casa de unos compañeros que me la cedieron muy amablemente por estos tiempos. Estoy en Punta Lara, que es como un confín de Ensenada que ya es un confín de por sí. Tengo una linda relación con esta ciudad y su astillero y varios de sus habitantes me han tratado siempre muy bien.

Y aunque no lo podamos transitar ni vivenciar, ¿cómo es tu taller, ese lugar (por lo que esta sección se llama “el taller de los artistas”) donde tu arte y tus saberes se despliegan?

En mi taller o lo que se parece a un taller encontrarán muchas cosas. Libros de arte, cómic e ilustración a montones que vengo acumulando desde mis años en Barcelona. Materiales, muchos materiales que se van acumulando con el tiempo también. Los cuales sirven para otros murales, con lo que sobra de un mural pagado, haces cuatro para la comunidad o por amor a lo que haces. También encontrarás repuestos de Volkswagen escarabajo de todo tamaño: todo vochero que se precie tiene su auto y mil refacciones guardadas.

Ahora mismo, en mi ausencia, ese mismo local está siendo aprovechado por la comunidad para guardar los insumos de las Misiones alimenticias nacionales, así que en este momento algunos cuadros inconclusos, libros viejos de arte, materiales, están conviviendo con sacos de legumbres.

Tengo mi espacio sibarita y más íntimo dentro de casa donde hago trabajos pequeños en una mesa de dibujo antigua que conseguí, hermosa por antigua, y sobre la que guardo pequeños tesoros como unas tintas en polvo de Marruecos que me regaló una persona muy querida, un Joker de colección y un San Juan Bautista que se ilumina en la oscuridad, re kitsch, ¡jaja!

 

Nota publicada en Revista Hamartia #35. Conseguí tu edición papel acá.