Viernes 20 de noviembre del 2020

Escribe: Gabriel Rocca.

Publicada originalmente el miércoles 18 de noviembre del 2020 Fuente: NeX Ciencia.

Los sectores políticos, sociales y mediáticos que las impulsan son siempre los mismos, pero las temáticas se van actualizando según el devenir de la pandemia. De los mismos autores de “el virus no existe”, “la cuarentena no sirve” y “no hay muchos muertos”, ahora llegó “yo no me vacuno”, y menos aún si se trata de la vacuna proveniente de Rusia.

A principios de noviembre, el gobierno argentino anunció un convenio con la Federación Rusa por el cual millones de dosis de la vacuna Sputnik V llegarán entre diciembre y enero a nuestro país. Lo que, sin dudas, constituye una gran noticia, en el marco de una carrera emprendida por todos los países para asegurarse la provisión más rápida posible de la herramienta más eficaz para enfrentar la pandemia de COVID-19, disparó una abrumadora campaña en busca de la demonización de la vacuna.

A principios de noviembre, el gobierno argentino anunció un convenio con la Federación Rusa por el cual millones de dosis de la vacuna Sputnik V llegarán entre diciembre y enero a nuestro país.

Los argumentos son múltiples y variados. Desde las teorías conspiranoicas -“quieren usar a los argentinos como conejillos de indias”-, pasando por el odio político -“yo no me vacuno porque es lo que quiere Cristina” o “solo acepto vacunas de países democráticos”-, la mentira lisa y llana –“vacunaron a menos de cien personas” o “las mujeres no participaron de los ensayos”- hasta supuestos ocultamientos –“nunca publicaron los resultados”-.

“Bastardear las vacunas confundiendo con elementos que no son científicos, que no tienen que ver con la salud pública sino con chicanas relacionadas con el origen ruso o chino de la vacuna, la verdad, es de cuarta. Es meter la grieta en un tema totalmente inadmisible porque estás hablando de vida o de muerte”, sentencia con cierta indignación Jorge Geffner, profesor de Inmunología de la Facultad de Medicina de la UBA e investigador del CONICET.

En una extensa charla que mantuvo con NEXciencia, Geffner aseguró que las vacunas, incluida la Sputnik V, son “la mejor herramienta que tenemos para que la segunda ola de contagios no se convierta en un tsunami”.

En relación con el futuro, sus proyecciones resultan inquietantes. “Este virus es muy jodido pero nada impide que pueda aparecer uno mucho peor”, vaticina con preocupación. Y completa: “Van a venir desafíos iguales o más difíciles. No sabemos cuándo, pero van a venir y tenemos que estar mejor preparados”.

Jorge Geffner.

– ¿Te sorprendió la reacción de rechazo que la vacuna rusa generó en algunos sectores políticos, mediáticos y sociales?

– Yo creo que hay dos aristas distintas. Por un lado, para la gente que no está en el tema es lógico que surjan dudas. Por eso hay que hacer un esfuerzo para comunicar claramente, basados en evidencia científica. Esa es la parte genuina. La otra es meter lo peor de la política en la vacuna. Es meter la grieta en un tema totalmente inadmisible porque estás hablando de vida o de muerte. Europa está sufriendo una segunda ola catastrófica. Y nosotros tenemos que prepararnos para la posibilidad de una segunda ola. Entonces, bastardear las vacunas confundiendo con elementos que no son científicos, que no tienen que ver con la salud pública, sino con chicanas relacionadas con el origen ruso o chino de la vacuna, la verdad, es de cuarta. Recuerdo intervenciones que decían que iban a usar a los argentinos como conejillos de indias, o declaraciones de políticos diciendo “ni loco me vacuno”. Yo creo que hay que llevar un mensaje basado en la evidencia científica. Y la evidencia científica indica que hay 11 vacunas en fase 3, todas están publicadas muy bien, incluidas las chinas y la rusa, y están empezando a revelarse los primeros resultados de la fase 3 que indican una eficacia en torno al 90 por ciento. Todas estas vacunas son seguras. Así que realmente la base es buena. Pero no se trata de una problema puramente local: en Europa y en Estados Unidos también hay sectores importantes de la población que tienen resistencia y que van más allá de los movimientos antivacunas. Entonces, es preocupante. Yo creo que las estrategias de comunicación pasan a jugar un rol crítico, tan importante como la vacunación en sí.

– Una de las cosas que se repiten es que en el desarrollo de la vacuna rusa hay ocultamiento, falta de información, como si fuera un proceso oscuro en comparación con otras vacunas. ¿Esto es así?

– Rusia publicó su trabajo hace un mes y medio, en una de las dos revistas de medicina más importantes del mundo, The Lancet, con una cohorte de alrededor de 100 casos. Ahí se presentaron los resultados de fase 1 -seguridad-, y fase 2 -inmugenicidad-. La verdad es que los resultados son totalmente comparables con los de las otras vacunas. El modelo de la vacuna rusa Sputnik trabaja sobre adenovirus que incorporan el gen de la proteína S o un fragmento de la proteína S del SARS-CoV-2. Es la misma estrategia, en términos generales, que utilizan otras vacunas que no han sido cuestionadas, como Oxford AstraZeneca, Johnson & Johnson y CanSino de China. Con sus diferencias, el principio de estas vacunas es el mismo. Por otro lado, el Instituto Gamaleya de Moscú es uno de los centros mundiales con mayor experiencia en vectores adenovirales, porque ellos trabajaron mucho en vacunas contra otros coronavirus que nos afectaron con focos epidémicos años atrás, como el SARS y el MERS, y también contra otra afección que es el Ébola. En los tres casos desarrollaron vacunas sobre la base de vectores adenovirales. Es decir que tienen décadas de trabajo con esos vectores. Entonces, a vos te puede gustar Putin o puede no gustarte, podés criticar lo que quieras de Rusia, pero es un desarrollo científico de gente que sabe del tema, que ha publicado y que, por los trascendidos periodísticos, va a publicar el primer balance de sus resultados de fase 3, también en una revista importante. Así que la información sobre la vacuna rusa es confiable, por lo menos tan confiable como la que tenemos de las demás.

– Otro tema muy meneado es el de la seguridad. Si bien hace eje sobre la vacuna rusa, alcanza a todas las vacunas. El argumento es que el desarrollo ha sido tan rápido que se saltaron etapas y, por lo tanto, nadie puede garantizar que sean seguras. ¿Qué dirías al respecto?

– Primero, que en los últimos 4 ó 5 años hubo una revolución tecnológica tremenda que es lo que permite diseños y la concreción de esos diseños en tiempos mucho más acotados. Segundo, todos los trámites burocráticos se han agilizado, no «alivianado», no «salteado», pero sí agilizado. Antes, en situación de no emergencia, para presentar un protocolo tenía que estar completamente terminado. Ahora, se los pasás a la autoridad regulatoria en la medida en que van saliendo. Y también se los pasás a la OMS, y vuelve a haber autorizaciones de emergencia. Pero no es la primera vez, es propio de situaciones de pandemia. Por ejemplo, la OMS hace 30 ó 40 años jugó un papel muy importante frente a la pandemia por VIH, cuando brindó autorizaciones de emergencia a los fármacos que componen el tratamiento antirretroviral de alta eficacia que salvó millones de vidas. Entonces, yo creo que se trata de un combo que conjuga una tremenda concentración de gente y recursos, la facilitación de los trámites burocráticos y una revolución tecnológica.

– ¿Por qué razón la mayor parte de las vacunas son de dos dosis?

– Casi todas van con dos dosis. La única que iría con una sola dosis es la de Johnson & Johnson. Cuando vos estudiás lo que fueron las fases 1 y 2, que es donde se describe por qué llegan a un determinado esquema de dosis, lo que se vio es que con una sola dosis el 90 por ciento de la gente responde y alcanza títulos o niveles de anticuerpos importantes. Pero, con dos dosis, llegás al ciento por ciento de las personas, y encima los títulos son más elevados. Entonces, un esquema de dos dosis, que es un poco más trabajoso pero no más que eso, te garantiza una respuesta cercana a lo que uno podría pensar como óptima. ¿Perdura más en el tiempo? No lo sabemos. Lo más probable es que cualquier régimen de vacunación para SARS- CoV-2 sea anual, porque lo que vemos con la experiencia de los pacientes que tuvieron la infección y se curaron es que los niveles de respuesta, básicamente de anticuerpos, decaen en el tiempo. Lográs mantenerlos por seis o siete meses y comienzan a decaer. Entonces, si lo extrapolamos, pensamos que las vacunas van a otorgarnos una protección de tipo anual. Y te hago una aclaración: no habría ningún problema para cambiar de vacuna de un año a otro.

– La persona que se aplique la vacuna, ¿puede enfermarse igual de COVID-19?

– No lo tenemos del todo claro. El asunto es así: si yo tomo los resultados de la fase 3 de la vacuna de Pfizer, dicen que en todo el estudio que reúne 20 mil personas vacunadas y 20 mil grupo placebo, se registraron 94 casos de infección. ¿Cómo están distribuidos? 88 u 89 son del grupo no vacunado y 4 ó 5 del grupo vacunado. Quiere decir que algunos de los vacunados se pescaron la infección. Ahora, la idea que tenemos es que la incidencia de la infección va a bajar muchísimo, es decir, si vos estás vacunado lo más probable es que no te infectes y, si te infectás, vas a tener una infección leve que va a involucrar la vía aérea superior: rinitis, dolor de garganta, pero no vas a padecer de la infección severa que se traduce como neumonía. Lo mismo pasa con la vacuna antigripal. ¿La vacuna antigripal evita que te infectes? Sí, pero no en forma absoluta. Y, si te la pescás, te pescás una forma leve y no una gripe machaza que te deja diez días tirado en la cama. Entonces, va a haber un menor nivel de infección. Y si bien no vas a bloquear la infección en todas las personas que se vacunan, la inmensa mayoría de los que sí se infecten estando vacunados van a cursar formas leves. Ese es el pronóstico que tenemos.

– ¿Qué pasa con la población muy mayor o con los niños pequeños? ¿Cualquiera de las vacunas les puede servir?

– Los primeros grupos que se van a vacunar son el personal de salud y las personas mayores de 65 años. O personas de menos edad pero que arrastran comorbilidades que plantean la posibilidad de que, si se infectan, hagan un curso severo. Para estas personas y para el resto de las personas adultas no hay diferencias entre una vacuna y la otra. Las personas mayores ya fueron incluidas en la fase 3. La que no ha sido incluida es la población pediátrica. Entonces, no vamos a empezar la vacunación por ese grupo. Habrá que esperar a que se incorporen a fase 3 para definir el esquema de dosis que hay que darle a los chiquitos. Igual, con los chiquitos tenemos una ventaja importante en esta pandemia y es que el 99 por ciento tiende a desarrollar formas leves. En algún momento se incorporarán, en el transcurso del año, al calendario de vacunación pero nos faltan datos todavía.

– ¿Sos optimista en cuanto a lo que va a ocurrir con la pandemia a partir de la llegada de las vacunas a la Argentina?

– Sí, yo soy francamente optimista en cuanto a las vacunas. Es la principal herramienta que tenemos, no sé si para evitar pero, por lo menos, para enfrentar una segunda ola. Porque tenemos que trabajar muy bien para que no sea un tsunami sino que sea una olita. Ahora, no volvemos a la normalidad prepandémica durante todo el año 2021, es decir, las medidas de distanciamiento, el uso de barbijo, las medidas higiénicas, tienen que continuar. El virus va a convivir con nosotros más allá del 2021, aunque con una incidencia menor. Pero además, yo creo que tenemos que sacar otra conclusión. Vos fijate lo ocurrido en relación con los coronavirus: una epidemia por SARS veinte años atrás, rápidamente controlada; una epidemia por MERS diez años atrás, rápidamente controlada. Además, en 2009 estábamos todos preocupados con una posible pandemia del virus H1N1, el de la gripe A. Por lo tanto, este tipo de desafíos se van a repetir. Y este virus es muy jodido pero nada impide que pueda aparecer uno mucho peor. ¿Qué hubiera pasado con un virus, con este largo período de incubación, pero con un porcentaje de mortalidad del 10 por ciento? ¿Puede existir un coronavirus así? Sí, puede existir. Pero ya no estaríamos hablando de 30 ó 40 mil muertos sino de un millón de muertos en Argentina y de cien millones de muertos en el mundo. Se trata de uno de los grandes desafíos de la humanidad y que, si no nos preparamos, puede tener consecuencias devastadoras. Por eso tiene que haber una inversión sostenida en ciencia y tecnología como política estratégica a nivel global. Y también en todo lo que es el sector de salud, porque que van a venir cosas iguales o peores en el futuro. No sabemos cuándo, pero van a venir y tenemos que estar mejor preparados.

– ¿Qué proyectos considerás que serían prioritarios en nuestro país?

– En Argentina tendríamos que desarrollar dos o tres megacentros de diagnóstico. A nosotros nos costó mucho avanzar en el diagnóstico. Al principio solo contábamos con el Malbrán y hubo que poner a punto, de apuro, un montón de otros lugares a lo largo del país. Tenemos que crear una mejor infraestructura. También tenemos que desarrollar grandes plantas productoras de vacunas. Y eso requiere una inversión de recursos y esfuerzos humanos sostenidos en el tiempo. Porque venir, se viene, no sabemos cuándo y esperemos que cuanto más tarde mejor. Tenemos que aprovechar ese tiempo.