Domingo 22 de noviembre del 2020

Escribe: Marina Porcelli (*)

Ilustra: Ernesto Pereyra

Ni aunque el Oso se fije todo el tiempo en la puerta que está al lado del almacén de Cristóbal, la puerta que nomás abrirla topa con la escaleras que da a las habitaciones del primer piso (donde la Camelia, de hecho, alquila una habitación desde que llegó al barrio), ni aunque mire, sabe, la Camelia saldrá por ahí. Al Oso le dijeron que hoy no toca vigilarla, sino quedarse de pie, de espaldas y tipo muralla, junto a la mesa en la que Fernán está sentado ahora mismo con toda la crema barrial. Ahora mismo, que ya son las siete de la tarde, que ya comenzó la fiesta en la calle, mientras Fernán, de hombros anchos y manos anchas y voz ancha, mastica sándwiches de carne y traga cerveza como para agigantarse, y otros hombres lo imitan (y son solo hombres los sentados a la mesa junto a él, con los labios húmedos y el sudor en el cuello, algunos se llegan hasta Fernán y se inclinan a hablarle como si en realidad se hincaran, hablan en voz baja y pasan información sobre lo que sucede ahora).

Pero cuando Jacinto le dijo a la Camelia que lo espere a las siete en punto en su habitación, que él la vendría a recoger, ella un poco protestó. Contestó que no quería quedarse encerrada hasta esa hora, que era un fastidio ponerse el vestido de lentejuelas en pleno diciembre, perderse el discurso de arranque y los gritos y la primera música, con el rímel que se pegotea por el calor y las mejillas hirvientes. De hecho, ahora mismo, que ya son las siete y retumban los Alcíades en los altoparlantes (boquita de almendra, tú me vuelves loco), todo muy cerca de donde está el Oso (con las manos cerradas sobre la barriga, con la tensión en la nuca, atento a lo que sucede en la mesa de Fernán), los jóvenes emparejados enfilan al medio de la calle para bailar, y a cada vuelta se levanta un poco una pollera sobre los muslos, y de a poco también las camisas se marcan de sudor.

Ilustra: Ernesto Pereyra.
Ilustra: Ernesto Pereyra.

Entonces, mientras crece la humareda desde las parrillas, y se encienden las primeras lucecitas enredadas a los árboles, aunque todavía haya algo de sol (me matas de a poco, tú me desesperas), el Oso distingue un perro sucio que se mete de golpe en la pista. El perro sigue a una pareja que baila, va de acá para allá, se mueve alrededor, ladra, hasta que la chica de vestido con flores se gira y hace un gesto para espantarlo. Pero al Oso le pagan por vigilar, no por escuchar. Él se siente como metido en una caja, que de tanto ruido ensordece. Hace dos semanas sí escuchó. También de espaldas, esta vez fuera de la habitación de la Camelia. Escuchó a Fernán, adentro, escuchó que ella no quería y que Fernán dijo que estaba harto, y dijo, para esto, me masturbo. Después Fernán no dijo más, y pasó un rato lago y luego salió y la semana siguiente dio la orden. En la fiesta, había dicho Fernán, porque hace más calor y el ruido colma la calle, y todo es más confuso, y los gritos y la música sofocan cualquier disparo.

Así que Jacinto, el amigo de la Camelia, le mintió a la Camelia, y le dijo que ella esperara en su habitación, que él pasaría a las siete. Ella protestó un poco, porque a las siete le parecía tarde, y con este calor. Y el Oso sabe que, ahora mismo que son las siete, y cuando Cristóbal entregue una llave, que uno de los hombres de Fernán va a subir por la escalera hasta las habitaciones del primer piso. De hecho, son más de las siete cuando Cristóbal ya tiene baja la persiana del almacén y ya ha hecho un gesto con la mano para pasar la llave al hombre que, con el arma en el bolsillo, acaba de asomarse a la puerta. Después, Cristóbal camina un tramo en dirección a la mesa central.

Un rato antes, se había agarrado a las puteadas con su mujer, porque con este treinta grados, quién se aguanta. El sudor se le pega al cuello y le acartona las axilas mientras camina. Había sido él, Cristóbal, el que pasó el dato de que la Camelia había llegado al barrio y le alquiló la habitación de arriba. Él contó de las curvas y los polvos de maquillaje y el color violeta del pintalabios de la Camelia. Que ella tenía la cara muy huesuda y unos ojos preciosos. Que cuando nació le pusieron nombre de varón.

Así lo dijo Cristóbal y ahora, mientras se va acercando a la mesa de Fernán, después de putearse con su mujer, después de pasarle la llave al hombre que se asomó en la puerta, con el arma en el bolsillo, se perdió escaleras arriba, ahora, piensa Cristóbal, qué increíble que la gente quiera bailar con este calor. Pero diciembre es época de fiesta. Cristóbal roza el mantel sin levantar los ojos, alcanza la orilla opuesta de la pista, donde el Oso ya no mira hacia la puerta, donde el Oso sabe que son más de las siete, y se detiene un momento, acá, de este lado. Cristóbal se corre el puño de la camisa, también se fija en la hora. Me matas de a poco, tú me desesperas, resuena. Una gota ancha de sudor le resbala por el borde del cuello. Después, cuando ya casi dan las ocho, alza la mirada hacia Jacinto, que acaba de llegar al barrio. Jacinto lo observa con lentitud y enseguida le hace un gesto con la cabeza, preguntando qué tal van las cosas, cómo ha salido todo. Cristóbal no dice nada, pero asiente.

 

(*) Marina Porcelli nació en Buenos Aires, 1978. Tanto su obra de ficción como ensayística ha sido publicada en diversos medios y antologías de Argentina, Chile, Cuba, México, Nicaragua,Estados Unidos y China. Su primer libro de cuentos, De la noche rota, fue editado en Buenos Aires en 2009; su segundo libro, La cacería, en México DF, en 2016. Obtuvo residencias artísticas en México (2010, 2012); en Québec, Canadá, (2016), y en Shanghai, China (2017). Fue galardonada con el Premio Iberoamericano de Cuento Edmundo Valadés de Puebla en 2014. Colabora regularmente con diarios y revistas latinoamericanas. Varios de sus cuentos fueron traducidos al inglés, al alemán y al chino. Es responsable del proyecto, junto con Marina Arias, denarrativargenta.wordpress.com.

Nota publicada en Revista Hamartia #35. Conseguí tu edición papel acá.