Jueves 24 de diciembre del 2020

Escribe: Mauro Fernández

—No os pongais de mal humor, tío mío, exclamó el sobrino.
—Y cómo no ponerme, cuando se vive en un mundo de locos cual lo es este. ¡Una regocijada Noche Buena! Váyanse al diablo todas ellas. ¿Qué es la Navidad, sino una época en que vencen muchos pagarés y en que hay que pagarlos, aunque no se tenga dinero? ¡Un día en que os encontrais más viejo de un año, y no más rico de una hora! ¡Un día en que después de hacer el balance de vuestras cuentas, observais que en los doce meses transcurridos no habeis ganado nada. Si yo pudiera obrar según pienso, continuó Scrooge con acento indignado, todos los tontos que circulan por esas calles celebrando la Noche Buena, serian puestos á cocer en su propio caldo, dentro de un perol y enterrados con una rama de acebo atravesada por el corazón: así, así.

Escena ilustrada por Arthur Rackham para la edición de 1915 de “A Christmas Carol”, obra de Dickens.

Se le atribuye al libro “Canción de Navidad” de Charles Dickens el incremento de la popularidad del festejo de la navidad. Fue luego de este gran éxito, que se publicó una semana antes de la navidad de 1843, en que estas fiestas comenzaron a cobrar mayor notoriedad al punto de superar a las pascuas, que hasta entonces eran la principal celebración de Gran Bretaña y Estados Unidos. Dicho festejo comenzó a expandirse por el resto de occidente, cobrando mayor sentido y adaptando varios de los símbolos.

Dickens (1812-1870) es considerado el autor más influyente de la literatura victoriana y sus obras siempre buscaron plasmar el pulso social y las desigualdades de la época, siendo “Canción de Navidad” una obra que buscó exponer una realidad que había salido a la luz poco antes en Inglaterra: el gobierno británico había publicado un informe sobre la gravedad del trabajo infantil en el país.

Dickens había tenido una infancia pobre también y buscó exponer esta situación mediante el libro que se agotó en vísperas de navidad de 1843 y que ni el gobierno ni la iglesia dejó pasar desapercibido.

Adaptación de 1938 al cine, del clásico de Dickens, con Reginald Owen en el papel de Scrooge.

El término “trabajo infantil” suele definirse como todo trabajo que priva a los niños de su niñez, su potencial y su dignidad, y que es perjudicial para su desarrollo físico y psicológico, por lo que no tiene que ver necesariamente con una edad definida.

Según UNICEF, “se calcula que 151,6 millones de niños y niñas son víctimas del trabajo infantil. Casi la mitad (72,5 millones) ejercen alguna de las peores formas de trabajo infantil, como esclavitud, trata, trabajo forzoso o reclutamiento para conflictos armados”. El mayor porcentaje de ellos se ubican en África, Asia y el Pacífico, pero Latinoamérica también posee un gran número: 17,4 millones de niños y niñas.

El problema sigue siendo global debido a que son diferentes multinacionales las que recaen sobre esta forma de explotación mediante su cadena de valor. Por ejemplo, Nestlé y Cargill enfrentan demandas por trabajo infantil luego de haber comprado granos de cacao procedentes de África teniendo conocimiento de que eran producto de la explotación infantil. Empresas de semejante envergadura no pueden desconocer toda su cadena productiva, especialmente cuando se jactan de tener una profunda responsabilidad social corporativa.

El gobierno de Ecuador alertó sobre el incremento de trabajo infantil, principalmente al de niños y niñas pidiendo en las calles debido a la masificación de eventos y afluencia de personas en centros comerciales. El principal mensaje es no entregar monedas en la calle, ya que “es condenarlos a que se queden en estos espacios y aportar a situaciones de violencia” (Gabriela Quiroga, secretaria de Inclusión Social).

En México un grupo de especialistas advirtieron que las cifras de trabajo infantil aumentarán debido a la crisis económica y de desempleo derivadas de la pandemia de coronavirus. En la investigación de la UNAM, Esclavitud Moderna de la Infancia (2019), plantea que en México hay más de 2 millones 500 mil niños trabajadores, donde son explotados con jornadas de trabajo de 12 horas, condiciones precarias y salarios bajos.

Según la Encuesta de actividades de niñas, niños y adolescentes (EANNA), en Argentina alrededor de un 1.2 millones de niños y niñas realizan diferentes tipos de trabajos: 764.000 entre 5 y 15 años y 430.000 entre 16 y 17. En un informe publicado hace pocos días por UNICEF, el 16% de los adolescentes en el país trabaja y de dicha cantidad el 50% comenzó a hacerlo durante la pandemia.

La pandemia contribuye con esta realidad debido al incremento de la pobreza y la falta de escolaridad, un combo de doble impacto. Las últimas proyecciones de UNICEF Argentina indican que el número de niños en niveles de pobreza llegaría a casi 63% para fin del año 2020.

Muchas personas esperan las fiestas para celebrar en familia y de alguna manera ponerle fin a este año que en líneas generales no dio demasiadas alegrías. Sin embargo, ¿qué festejamos cuando festejamos navidad? ¿Hay algo real en esta celebración?

Existen múltiples relatos sobre el surgimiento de la navidad, pero en el que más coinciden los historiadores se relaciona con la necesidad de la religión cristiana de imponerse sobre los tradicionales cultos paganos romanos que celebraban -en el gran espacio ocupado por el Imperio Romano- el culto a Saturno, dios de la agricultura (principal sustento y actividad económica de estos pueblos). Las Saturnales se realizaban del 17 al 23 de diciembre, los días más cortos del año, y luego el 25 de diciembre se consideraba en nacimiento del nuevo sol.

Saturnalia, escultor Ernesto Biondi, de 1899. Una copia en bronce del 1909, escultura en el Jardín Botánico de Bs.As. (Foto).

Según diferentes análisis, es imposible que el niño Jesús haya nacido un 25 de diciembre ya que la única información que asocian su nacimiento con una fecha lo ubican en el otoño de su lugar de origen, lo que sería nuestra primavera.

El relato plasmado en History Channel indica que “la razón que se explica es que los judíos enviaban a sus ovejas a los desiertos cerca de la Pascua y estas volvían cuando llegaban las primeras lluvias, que comenzaban durante el otoño. Cuando Jesús nació, las ovejas pastaban al aire libre, por lo que todavía no había llegado octubre, por lo que es difícil encajar al nacimiento de Jesús en el 25 de diciembre y este ha tenido que ser a finales de septiembre o principios de octubre”.

La iglesia cristiana eligió entonces, 350 años luego del nacimiento de Jesús, al 25 de diciembre como el día en que Jesús llegó a la vida, como estrategia en su proceso de expansión, en el que sistemáticamente buscó absorber y fusionar sus celebraciones con los ritos paganos de los diversos pueblos convertidos. Inicialmente, las fiestas navideñas se convirtieron en días para beber y estar de juerga de la mañana a la noche, luego se volvió una celebración de intercambio de regalos.

Fue una estrategia política, fue una jugada de marketing. La navidad mutó en estos 1700 años y son muy pocos los que realmente saben qué se festeja. ¿Estamos en condiciones de festejar en este 2020? ¿Recibirán regalos esos millones de niños que viven en la pobreza?

Según la organización Save the Children, mueren 22.000 niños y niñas por día debido a los impactos de la pobreza. Estiman que debido a la pandemia otros 150 morirán por día de hambre en los próximos dos años. A su vez, el informe presenta que 9,3 millones sufrirán pérdida de peso grave debido a la reducción en la alimentación que podría complicar su vida.

“Toma Luis mañana es Navidad. Un pan dulce y un poco de vino, ya que no puedes comprar. Toma Luis llévalo a tu casa y podrás junto con tu padre la navidad festejar. Mañana no vengas a trabajar, que el pueblo estará de fiesta, y no habrá tristezas. Señora, gracias por lo que me da, pero yo no puedo esto llevar, porque mi vida no es de Navidad. Señora, ¿cree que mi pobreza, llegará al final comiendo pan, en el día de Navidad? Mi padre me dará algo mejor, me dirá que Jesús es como yo, y entonces así podré seguir viviendo” (León Gieco, La Navidad de Luis).

Quizás la gente solo quiera algo para celebrar, quizás merezcan olvidarse de todo por un rato y disfrutar, en familia, una celebración, por más ficticia que sea. Quizás la navidad sea una frustración más para todos aquellos que no tienen con qué festejar, o, mejor dicho, con quién hacerlo. Es una carga social más, en un sistema que excluye constantemente y que distrae a la sociedad de lo que ocurre en el mundo, en la región, en el país, en el barrio.

Sin culpar, porque todos los niños y niñas son inocentes, mientras millones esperarán que sean las doce para ver si llega Papá Noel con los regalos (por la chimenea quizás), otros millones esperarán que alguien les de una moneda afuera de un shopping de alta gama, o en las estaciones de tren y subte. Mientras algunos padres se pondrán el traje rojo y la barba blanca para sorprender a sus hijos e hijas, otros estarán deseando volver a sus madres y padres que alguna vez vieron partir.

Ese traje rojo, hecho por Coca Cola, es otra parte de la ficción navideña que nos trajo el nacimiento de Jesús y la eliminación de los festejos romanos por el dios del sol. Ese traje rojo, que solía ser verde, apareció por primera vez luego de una importante publicidad que hizo Coca en 1920. La figura de Papá Noel había nacido a mediados del Siglo 19 y la imagen tal cual la conocemos ahora surgió en de la mano de la agencia publicitaria D’Arcy en 1931, donde el dibujante Haddon Sundblom creó a Santa Claus en base al poema “Una Visita de St. Nicholas” redactado por Clement Clark Moore en el año 1823:

 

“Todo envuelto estaba en pieles, de los pies a la cabeza, su ropa estaba manchada del hollín y la ceniza. Una bolsa con juguetes de su ancha espalda colgaba, parecía un vendedor que su mercancía cargaba. ¡Qué alegría en su sonrisa! ¡Qué brillo había en sus ojos! ¡Qué color en sus mejillas! ¡Qué nariz con tonos rojos! Su boca, en un amplio arco, se abría en sonrisa leve y la barba en su barbilla más blanca era que la nieve. Una pipa ya gastada en sus dientes sujetaba y alrededor de sus sienes el humo lo coronaba. Su cara era ancha y redonda, y un vientre grande tenía que como la gelatina temblaba cuando él reía. Era un duende muy alegre, un viejo gordo y bajito, y me tuve que reír, ¡aunque lo hice muy quedito! Un giro de su cabeza y un guiño casi secreto hicieron que mis temores se esfumaran por completo”.

El arbolito navideño, la comida típica (que significa la cifra récord para el asesinato de animales a nivel mundial en un solo día), la reunión familiar, la carta para papá Noel y sus regalos, el uso de pirotecnia y demás, todos aderezos que nada tienen que ver con el nacimiento de Jesús. Mientras tanto, el número de niños en la pobreza, en la desnutrición, en el trabajo infantil sigue en aumento.

Charles Dickens intentó denunciar lo que estaba ocurriendo en relación a la explotación de niños y niñas, utilizando la navidad como excusa para reflexionar. 180 años después la situación es igual de grave y las fiestas una excusa para olvidarse de ello y celebrar algo que en realidad no existe, solo para sentirnos un poco mejor. Felices fiestas, y un próspero año nuevo.